Domingo, 12 de agosto de 2012
Por tercera vez en apenas unos minutos, sonó la sintonía de su móvil.
Como en las otras dos ocasiones anteriores, era Bruno.
Le había enviado otros tantos wasaps («dnde sts?
») a los que Mario no había respondido. Sabía que su amigo no descansaría hasta dar con él y decidió no aplazar más el encuentro, así que descolgó el teléfono.
—¿Qué quieres? —le preguntó Mario a Bruno.
—¿Por qué no me contestas a los wasaps? Me dices que no vas a salir y resulta que has estado por ahí de fiesta tú solito, cabronazo. ¿A quién te has estado tirando?
—¿Qué quieres? —volvió a preguntar Mario con tono hastiado.
—Saber dónde estás, cabronazo.
—De camino a casa —contestó Mario.
—Dime dónde estás y vamos a buscarte, cabronazo. La noche todavía no ha terminado.
—Lo primero, deja ya de llamarme cabronazo. Me voy directo a casa. Estoy roto.
—De eso nada. Tienes que contarme qué ha pasado esta noche. Tengo que saber el nombre de ese chochito que te has estado beneficiando. ¿Ha sido la guarra esa de las clases de Mates?
—Que te den —dijo Mario colgando a su amigo.
Su orgullo varonil le impedía enfadarse, más bien todo lo contrario.
El que Bruno intuyera lo que había pasado con Susana le hacía sentirse bien.
Nunca le habían gustado los chicos que se pasaban horas hablando de los polvos que habían echado, pero en cierto modo ahora estaba disfrutando de la misma manera que lo hacían ellos.
Había sido su primera vez. Y aunque este fuera un tema que no le agobiaba —o al menos eso creía él—, tenía la sensación de haberse quitado un gran peso de encima.
Cuando estaba a cien metros de su portal, la expresión de felicidad se le borró rápidamente del rostro. Tomar una cerveza con Bruno mientras aguantaba sus bromas le parecía incluso una buena idea, pero tener que hacerlo también con Chucky no le hacía ninguna gracia.
—Bueno, ya está aquí el gran hombre. A ver, ¿a qué huelen esos dedos?
—Déjame en paz, hostias —le dijo Mario a Bruno mientras se libraba de las manos de su amigo.
—Pero qué mala hostia, chico —dijo Chucky empujando a Mario.
Mario se revolvió furioso contra él. Después de un breve intercambio de golpes y amenazas, Bruno se puso en medio de los dos para calmarlos.
—¡Parecéis dos críos, coño, dejadlo ya! Y tú, estate tranquilito. Hemos venido a darte una sorpresa y nos recibes de esta forma. Toma. Fuma un poco y deja ya de joder la marrana.
—Te he dicho por teléfono que me iba a casa.
—No puedes irte a casa. Eso es imposible —le dijo Bruno, sujetándole por los hombros.
—Que me dejes, hostia. Y baja la voz, que todavía se va a enterar mi madre.
Aunque Mario lo intentaba, era imposible zafarse; Bruno era mucho más fuerte que él y lo tenía bien agarrado.
—Te voy a contar el plan y luego, si tienes cojones, te marchas a tu casa con mamá.
Esto es lo que hay: tenemos una fiesta en un chalet de la urbanización con unas cuarenta personas, veinte de ellas tías, todas buenísimas, borrachas, drogadas y con ganas de follar; tenemos maría, speed, bombas y whisky del bueno.
Y lo mejor de todo, un coche que corre de la hostia esperándonos a la vuelta de la esquina: un Hyundai rojo de ciento cuarenta caballos; ¡gas, gas, gas!
¿Qué me dices ahora? —preguntó Bruno soltando a su amigo.
—Le he dicho a mi madre que iba para casa.
—Pues la llamas y le dices que todavía tardarás un par de horas. Cuéntale cualquier historia. Solo son las ocho de la mañana.
»Ah, y nada de chorradas con los del coche. Esos no son como Chucky. Ya conoces cómo se las gasta Nicolae —le dijo Bruno a su amigo al oído—. A esos les dices lo que le has dicho a este y te matan de una hostia.
—¿Ahora te juntas con esos?
—Esos son mis nuevos socios. Gente importante que quiere conocerte. Les he hablado mucho de ti, así que no me dejes en mal lugar.
»Vamos, Chucky —le gritó Bruno al otro—. Y que rule ese porro que te estás haciendo. Fumad la pipa de la paz. Ya verás, Mario, qué material tenemos. ¿Amigos? —preguntó Bruno a sus dos colegas, quienes asintieron de mala gana.
Los tres caminaron abrazados por la acera, aunque más bien era Bruno quien agarraba a los otros dos como un árbitro de boxeo que no se fía de que en el momento que deje libres a los púgiles, estos se vuelvan a enzarzar en un combate de golpes bajos.
En la manzana de detrás de la casa de Mario divisaron el deportivo rojo.
Fuera, apoyados en la carrocería, esperaban dos individuos con pinta de matones.
—Pon buena cara y nada de chulerías, Mario. Si esto sale bien, voy a empezar con grandes cosas. No lo estropees, hazlo por mí —le dijo en voz baja.
Si algo tenía claro Mario era que esos no eran la clase de tipos con los que se gastan bromas.
A Nicolae lo reconoció enseguida. Su brazo era igual de grueso que su pierna, aunque más musculado.
Sin embargo, Mario no tenía la menor intención de comprobar la fuerza de sus extremidades.
El cráneo rapado, las gafas de policía plateadas y la camiseta ajustada que le esculpía los abdominales le conferían un aspecto realmente temible.
Aunque lo que de verdad terminó por asustarle fue su voz, profunda y cavernosa, como la de una persona que tuviera veinte años más que su edad.
Mario no dudaba de la veracidad de las historias que de él se contaban en el parque.
—Así que tú eres el amigo de Bruno —dijo Nicolae después de estar un rato en silencio. Le extendió la mano y se la estrechó con fuerza—. Los amigos de Bruno también lo son míos.
—Estupendo —musitó Mario, intentando no gritar del dolor que sentía después del brutal apretón.
—Estupendo… Joder, tenías razón, Bruno, tu amigo es gracioso de cojones. Estupendo, dice.
Los dos rumanos se pusieron a reír a carcajadas mientras entraban en el coche.
Como era de esperar, Nicolae salió derrapando, con la música a todo volumen y dejando olor a goma quemada en un kilómetro a la redonda.
El camino hasta el chalet donde tenía lugar la fiesta no fue demasiado agradable: apretujado entre Bruno y Chucky, anestesiado por el pestilente aliento de este último, y sordo por el house hortera que hacía vibrar los cristales del coche.
Solo fueron diez minutos, pero a Mario le pareció toda una vida.
Cuando salió del vehículo, una arcada le subió de golpe desde la boca del estómago e hizo lo que pudo para evitar vomitar, pero, pese a sus esfuerzos, el amargo sabor de la bilis y algunos restos de comida se le quedaron flotando en la boca.
Volvió a tragárselos, con la confianza de que el aire fresco del exterior consiguiese tranquilizar a su barriga.
—¿Qué tal, Mario? ¿Estupendo? —le preguntó Nicolae mientras le cogía la cabeza con su poderoso antebrazo y le restregaba los nudillos por la coronilla.
De nuevo, otro chorro de bilis le recorrió el esófago. A duras penas pudo contenerse; vomitar encima de Nicolae no era la mejor idea del mundo, desde luego. Chucky lloraba de la risa.
Cuando por fin se vio liberado, le flojearon hasta las piernas.
Intentó disimular lo mejor que pudo y se unió a los demás en las risas, como si todo aquello que estaba pasando fuera muy divertido.
Desde luego, esa no era una situación en la que él quisiera verse envuelto, pero se sentía a gusto.
Quizá fuera por la explosión de endorfinas que había sentido la noche anterior después de estar con Susana o por llevar veinticuatro horas sin dormir, haber ingerido bastante alcohol y fumado maría en el coche.
Mario se preguntaba cómo era posible que no se hubiese pasado por allí la policía.
Llamaron a la puerta y los recibieron como si de Kanye West y toda su tropa se tratasen: abrazos, palmadas, apretones, casi hasta reverencias.
Todos se levantaban a su paso para saludarlos.
El volumen de la música hacía difícil saber qué era lo que decían esos forzudos en camisetas de tirantes.
Mario decidió que asentir y esbozar una ligera sonrisa era suficiente para comunicarse con ellos.
Llegaron a la cocina, donde enseguida les prepararon unas rayas de cocaína que mojaron con largos tragos de whisky.
A partir de la segunda ronda, todos los recuerdos de Mario flotaban en una nebulosa: el rumano que había ido de copiloto, del que no recordaba su nombre, contándole cómo le había cortado el cuello a un tipo en su país —por esa razón había tenido que marchar de allí—; las rayas kilométricas que se apilaban en la mesa de la cocina, del salón, del dormitorio…
; la pelea con Chucky en la piscina; ni siquiera conseguía tener un recuerdo claro de la chica rubia de las bragas rojas.
En solo doce horas había practicado sexo con dos chicas distintas o por lo menos eso creía, porque de la segunda vez poco conseguía recordar.
Afortunadamente, en un momento de lucidez, había decidido llamar a su madre antes de subir al coche de Nicolae.
La había avisado de que volvería más tarde, y así fue.
No apareció por el piso hasta las tres. De lo que no tenía ni el más mínimo recuerdo era de cómo había conseguido llegar hasta su casa.
Por suerte, su hermana y su madre iban ese domingo a comer donde su tía, y así se ahorraron el triste espectáculo de verle aparecer en unas condiciones tan deplorables.
Se despertó a las siete de la tarde: las náuseas le hicieron ir a la carrera al baño.
Agarrado al retrete, metió la cabeza dentro y vomitó hasta que no le quedó nada en el estómago.
Al acabar, las manos le temblaban. Se mojó la cara para ver si se despejaba, pero fue en vano.
Aturdido, intentó tomar conciencia de la situación.