La hora de los monstruos Lunes, 22 de octubre de 2012
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Lunes, 22 de octubre de 2012

Qué difícil había sido dar el paso y qué contenta estaba por haberlo hecho.

Lucía llevaba años soñando con aquel momento, con ese instante en que dejaría su casa de Burgos para ir a la universidad.

Para ella estudiar no había sido un problema.

Ni siquiera un esfuerzo. No había tenido que renunciar a nada, porque nada tenía.

Ni amigos, ni fiestas ni novios. Solo las artes marciales rompían con sus rutinas.

Era feliz entre derivadas y problemas de álgebra.

Con sus cascos puestos, a todo volumen, para no escuchar lo que cada noche le tocaba oír en aquella casa.

Cuando llegó a Madrid, se convirtió en otra persona.

No descuidó sus obligaciones, pero desde la primera noche que pasó sola sus prioridades fueron otras.

Sus compañeras de piso la habían invitado a salir, pero les dijo que ya tenía planes.

Mentir fue sencillo esa vez y lo sería también el resto de ese año.

Lucía descubrió un mundo nuevo en el que podía salir de bares, sola, tomar unas cervezas y pasar una noche de sexo, sin ataduras, sin tener que responder ante nadie.

Poco a poco, los resultados de los exámenes fueron empeorando. Le daba pereza levantarse para ir a clase, comprar comida, limpiar su parte del piso; solo tenía ganas de salir, de descubrir un nuevo amante en la barra de un bar cualquiera o en los baños de una discoteca.

Con los suspensos llegaron las amenazas.

Fue su madre la que se lo dijo, pero las palabras eran de su padre: «Si no apruebas todo, te vuelves a Burgos».

Lucía suspendió todas las asignaturas, pero no regresó a su ciudad.

Cambió de carrera, a un grado medio, más accesible que Matemáticas.

Necesitaba poder compaginar los estudios con su nuevo trabajo de camarera.

Se mudó a un piso más barato, alejado del centro, a una habitación diminuta con olor a moho.

Todo eso a Lucía le daba igual: seguía viva.

Ese iba a ser su propósito. Ni siquiera quiso volver a Burgos en verano y en Navidades, por mucho que le insistió su hermano.

Fue en Nochevieja cuando conoció a Javier.

En cuanto le vio, supo que eso no iba a ser solo una noche de diversión, que ese muchacho desgarbado, que acababa de tirar media docena de cubatas al suelo con su chamarra, podía ser la persona con la que compartir el resto de su existencia.

Todo fue fácil con Javier al principio, cuando no había grandes preguntas y su relación se limitaba a pasarlo bien y no preocuparse demasiado por el futuro.

Quizá es así como debía haber sido siempre.

Su relación no se basaba en el sexo, una fuerte atracción o un amor desbocado; el pegamento fue la amistad.

Lucía nunca se había sentido tan bien con una persona como con Javier.

Por eso le dolía tanto ver cómo había saltado todo por los aires.

Pronto los hijos pasaron de ser un tema hipotético a uno real.

Los dos habían conseguido pronto estabilidad en sus trabajos después de acabar la universidad.

Lucía preparó unas oposiciones que sacó en un tiempo récord y con una gran nota que le permitió elegir destino.

Javier sufrió más al principio: enganchó varias prácticas no remuneradas con un trabajo mal pagado en una emisora de radio.

A los pocos meses logró entrar en plantilla de un periódico importante; no tenía un gran sueldo, pero sumando las dos nóminas y una inesperada herencia de una tía de Javier, tenían la vida resuelta antes de cumplir los veintisiete.

Comprarse un piso era el siguiente paso, una ley no escrita, pero que todos seguían a rajatabla.

En la fase posterior estaban los niños. Javier rehuyó el tema cuanto pudo.

De esa brecha ya no se recuperaron nunca.

Llevaban un año en crisis profunda. Y lo peor es que ninguno se atrevía a ponerle nombre a lo que pasaba.

Javier prefería actuar como si no ocurriera nada, volcado en el trabajo, planeando unas nuevas vacaciones, aparentando que todo era como antes.

Lucía buscaba la forma de plantear su ultimátum —si no hay hijos, no tiene sentido que sigamos juntos—, pero al final acababan dormidos viendo una serie en el sofá del salón.

Lucía estaba convencida de que debía de haber actuado de otra manera.

Cuando empezó el insomnio, no tenía que haber ido al médico.

Quizá un terapeuta habría adivinado al momento la causa del insomnio, las palpitaciones y los mareos.

El camino fácil fue el más difícil. La paroxetina la distanció aún más de Javier, y también de sí misma.

Y entonces llegaron ellos a su vida. Recuerda perfectamente la llamada a Javier desde el periódico.

Acababan de volver de las vacaciones. Aquellos quince días en Tailandia habían sido un infierno.

Agosto es uno de los peores meses para ir al Sudeste Asiático.

Lucía lo había mirado en Google, pero no quiso discutirlo con Javier.

Él quiso hacer un viaje para aparentar normalidad y ella vio aquello como si fuera una última oportunidad.

Discutieron todos los días, se dijeron cosas feas y se echaron en cara —sobre todo ella— todas las frustraciones acumuladas en años de convivencia.

Pocos días antes del regreso, llegó la calma.

Las playas de Tailandia eran la recompensa después de unos asfixiantes días por la selva, pero no pudieron salir de la habitación del hotel de Phuket.

Una gastroenteritis los unió como no lo había hecho ninguna otra cosa el último año.

Cada uno tiritaba en su cama, compartían por turnos el baño y a ratos, cuando la colitis lo permitía, se daban la mano y se sonreían.

Lucía soñó con un nuevo principio, pero todo se frustró con aquella llamada.

Javier había prometido no obsesionarse con el trabajo y reservar tiempo para hablar de la pareja.

Lucía, por su parte, aseguró que no volvería a enfadarse cuando algo le pareciera mal, que lo hablaría.

Pero todos esos buenos propósitos se quedaron solo en eso: en propósitos.

Desde que Javier empezó a investigar la desaparición de Bruno y Mario, también se evaporó del piso.

Lucía no habló con él de ello, se limitó a poner mala cara, a estar siempre en silencio, esperando a que Javier se dignara a preguntarle qué le pasaba. Pero eso nunca ocurrió.