La hora de los monstruos Domingo, 21 de octubre de 2012
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Domingo, 21 de octubre de 2012

Habían quedado a las dos de la tarde. Severino vivía ahora en una residencia donde la comida era a la una y media, y luego salía a tomarse un desahogo a un bar cercano.

Un pequeño respiro para olvidar su nueva situación, a la que tanto le estaba costando acostumbrarse.

Según le explicó más tarde el expolicía, su profesión solo le había permitido un par de relaciones más o menos formales, pero de poco recorrido.

Un hermano en Cuenca, también soltero, al que no había visto en los últimos diez años era el único familiar que tenía con vida.

Severino estaba solo, jubilado y con demasiado tiempo libre.

La enfermedad solo estaba en sus comienzos, como le había contado en la conversación que habían tenido el día antes por teléfono, pero en breve se convertiría en un impedimento lo bastante importante para poder continuar viviendo solo en su viejo apartamento.

El miedo a perderse un día, el pánico que le producía la idea de que lo encontraran tirado en el suelo exudando putrefacción meses después de haber muerto, le había hecho tomarse en serio la idea de vivir en una residencia.

De esta forma se enteraría del momento en que su situación empezase a volverse irreversible y tomaría sus propias medidas.

Pese a que Javier había llegado unos minutos antes de la hora indicada a la cafetería, Severino estaba ya sentado a una mesa, la del fondo del establecimiento, al lado de un ropero donde se amontonaban a diario las raídas pellizas de los jubilados que allí acudían a jugar sus partidas de mus y tute.

Hoy sus habituales moradores no estaban en sus mesas y se habían visto sustituidos por parejas, familias y grupos de amigos.

Severino era al natural exactamente como se había descrito a sí mismo por teléfono: rechoncho, con el pelo canoso y un poblado bigote, también blanquecino, e iba vestido de domingo, tal como le había anticipado que iría: con traje y corbata, todo en azul marino.

En cuanto Javier hizo ademán de saludarlo, Severino se levantó de su asiento y le hizo gestos para que se acercara hasta su bastión.

—¿Severino? —preguntó el periodista dubitativo.

—Ese mismo soy yo, hijo. Te imaginaba más delgado y alto. No tienes buena cara. Dame un abrazo y no te quedes ahí parado, siéntate y dime qué quieres tomar —comentó exultante el expolicía mientras hacía gestos con las manos a los camareros de la barra para que se acercaran y atendieran el pedido.

Aunque el bar estaba en el apogeo de la hora del vermut, uno de ellos salió velozmente, dejó a medio hacer sus tareas y se presentó a su lado, bandeja en mano, para atender a Severino.

—A ver, Carlos, mira a ver qué va a tomar mi amigo y a mí me traes otro carajillo, que una Farias no me dejáis pedir.

—Severino, qué más nos gustaría a nosotros que se fumase una y ciento una, que bien jodidos que estamos con el tema. ¿Qué va a tomar el joven?

—Un cortado —respondió un aturdido Javier ante tanta familiaridad.

—Pero pídete algo más, hombre. ¿No quieres alguna cosa de comer? Yo ya he hecho hasta la digestión, pero tú seguro que ni has desayunado —comentó Severino entre las risas cómplices del camarero.

—Con el cortado es suficiente. Ya he comido algo de camino. Así está bien, gracias —aseguró Javier al camarero, que rápidamente se dirigió de nuevo hacia la barra a por la comanda.

—No te voy a insistir, pero si quieres cualquier cosa, no tienes nada más que decirlo.

Ya ves que aquí me cuidan bien. En el centro ahora es imposible: con todos esos locales de franquicias en los que trabaja gente que no conoce la profesión y que vinieron a España pensando que se harían ricos en un año sin dar palo al agua.

Aquí, en este barrio, las cosas siguen un poco como eran antes: buena gente que no da problemas, camareros españoles —le dijo en voz baja— y respeto al cliente habitual, como tiene que ser.

La brutal resaca y el exceso de verborrea de Severino estaban siendo una combinación letal para Javier.

—Perdona si me pongo pesado. Tú solo córtame y listo.

Allí en la residencia no hablo mucho con los viejos y, cuando entro aquí, es como si me dieran cuerda.

Pero vamos a lo nuestro, que es por lo que has venido.

Te he contado alguna cosilla por teléfono, pero estos temas es mejor tratarlos en vivo y en directo, tú ya me entiendes.

—Claro, claro —respondió Javier mientras daba vueltas con la cucharilla a su cortado y sacaba la libreta para apuntar.

—Pues tú dirás, hijo, dispara. ¿Qué es lo que quieres saber?

—Como le comenté por teléfono…

—De tú, coño, tutéame, que no soy tan mayor —le interrumpió Severino.

—Como te comenté por teléfono…, estoy trabajando en la desaparición de los dos jóvenes de Ciudad Real.

El inspector Gómez me habló de usted, digo, de ti —los dos rieron al mismo tiempo y, por primera vez desde que había entrado en el bar, Javier consiguió soltar un poco de presión—, y me dijo que quizá pudieras ayudarme, que habías trabajado en una unidad especializada en desapariciones durante muchos años y habías investigado varios casos de adolescentes.

—Sí, a eso mismo es a lo que me dediqué durante una buena parte de mi carrera: a investigar desapariciones.

Te sorprendería, a ti y al resto de la gente, saber cuántas personas desaparecen, cuántas se van para no volver jamás.

Personas con vidas aparentemente normales que un buen día se marchan sin decir siquiera adiós.

Porque al final, hijo, gran parte de esos casos se acababan resolviendo así: el desaparecido no quería que lo encontraran, y si era mayor de edad y no había cometido ningún delito, poco podía hacerse.

No les podíamos obligar a regresar a un lugar del que habían huido voluntariamente.

»Otra cosa —continuó el policía jubilado— era lo que sucedía con los menores de edad, pero al final la historia era la misma.

Muchas denuncias se acababan retirando. Al final, por suerte, todo solía ser una falsa alarma: una noche de juerga que se les había ido de las manos; unos novios que buscaban un poco de intimidad; el temor a volver por miedo al posible castigo.

Aunque también te encontrabas con historias de aúpa, muchachos que huían de familias terribles.

En general, todos estos casos solo interesaban a los medios cuando había morbo.

Ahora es más complicado ser cautelosos y reservados con el internet ese de las narices.

Una chica no vuelve a cenar un día a casa y, antes de ir a la policía, su familia y los amigos ya están liándola en las redes sociales.

Son otros tiempos, Javier, otros tiempos.

Pero tómate el café, que se te va a helar. ¿Seguro que no quieres algo de comer?

—No, seguro, así está muy bien —respondió Javier.

—Es que me da cosa ver a todo el mundo ahí en la barra comiendo gambas rebozadas a dos carrillos y que tú estés aquí de ayuno. Tú sabrás, pero buena cara no tienes. Comer algo no te vendría mal.

—No, así está bien, de verdad. —La sola idea de comer una ración de esos fritos grasientos que pululaban por las mesas vecinas le produjo náuseas—. Ayer, cuando hablamos, me comentó, perdón, me comentaste que habías trabajado en algunos casos parecidos a este.

—Sí, parecidos, bastante parecidos —contestó Severino bajando la voz mientras acercaba el dedo índice a los labios—. Eso es lo que te iba a contar. Como te decía, muchas de esas fugas se resuelven como unas meras chiquilladas. Pero hace unos años, poco antes de jubilarme, pasó algo.

Severino hizo una breve pausa que aprovechó para pedir otro carajillo.

—Hablemos de tus «chicos». La primera hipótesis, que sea una fuga voluntaria, ya está descartada.

Han pasado demasiados días, meses incluso, como para que esto sea una chiquillada.

En confianza, este caso no tiene buena pinta.

Se aproxima la hora de los buitres. Desgraciadamente, de lo que te voy a hablar para lo único que te va a servir es para abrir una nueva vía que te lleve a la segunda hipótesis: una solución trágica del problema.

Seamos honestos: esto no va a tener un final feliz.

Mucho me tendría yo que equivocar para ver en un plató de televisión a padres e hijos dándose besos y abrazos entre los aplausos del respetable.

»Hace veinte años, a comienzos de los noventa, tú serías pequeño, hubo un caso muy famoso que seguro que te sonará, el de unas chicas desaparecidas durante meses que luego aparecieron asesinadas.

Sabes a cuál me refiero, ¿no? Para aplacar la alarma social generada, decidieron crear una división especial, encargada de investigar en exclusiva las desapariciones.

En esos años hubo varios programas de televisión que crearon una psicosis con el tema.

Así que, desde esa época y hasta que me jubilé, me tocó encargarme de averiguar el paradero de personas desaparecidas.

La mayoría de ellas no eran nada mediáticas: gente a la que sus familiares no habían puesto demasiado celo en buscar o personas que no tenían a nadie que las reclamase.

Historias sin resolver de gente que no le importaba a nadie.

Al principio, casi todos eran indigentes, gente de la calle, luego emigrantes, y los últimos años, las dos cosas.

Ese era el perfil de nuestros expedientes, con el que llenamos innumerables archivos, la gran mayoría sin resolver.

—Pero —interrumpió Javier— ¿qué tienen que ver Bruno y Mario con ellos? Los dos vivían con sus padres y son españoles.

—Las cosas normalmente no son lo que parecen.

Hasta que no rascas, crees que son de una forma y luego resultan ser de la contraria.

—Severino miró el reloj y le hizo un gesto a Javier señalando la esfera del mismo—.

Lo siento, hijo, se me acaba la libertad vigilada.

Tengo que volver a la residencia, es hora de mis medicinas y de mis ejercicios.

Como se enteren de lo que me he tomado con el café, se puede liar muy gorda.

—Pero yo pensaba que tendríamos más tiempo.

—Hoy no puede ser, Javier. Pero dime cuándo quieres que nos veamos de nuevo. Te seguiré contando más cosas y quizá pueda darte alguna sorpresa. —Esto último se lo dijo en voz baja acercándole la boca al oído.

Sin darle tiempo a protestar, Severino salió del local. Javier aprovechó entonces para ordenar sus notas y ver si realmente había sacado algo en claro esa tarde.