Otoño de 2010
Hassan seguía tirado en el suelo del descampado. Tiritaba de frío, dolorido por las múltiples heridas que tenía en el cuerpo y furioso consigo mismo por haberse dejado engañar de aquella manera.
Por lo menos tenía unos cuantos billetes en el bolsillo. Muchos menos de los que le habían prometido, pero suficientes para coger un autobús hasta Bruselas. Si algo tenía claro era que nunca iba a volver por esos malditos invernaderos.
—¡Que le den por culo a este pueblo de plástico! —gritó en voz alta, aunque sabía que nadie le podía oír.
Quién se lo iba a decir doce horas antes, cuando se paseaba ufano por aquel mismo lugar mientras esperaba que le pasasen a buscar para la macabra ceremonia en la que iba a participar.
Intentaba recordar ahora todas las vejaciones a las que le habían sometido. Su cuerpo se las enumeraba una por una, pero la vergüenza que sentía le impedía admitir que todo aquello había sucedido de verdad: puñetazos, patadas, violaciones, barras de hierro…
En cuanto Hassan había subido al coche, le pincharon en el brazo.
Intentó forcejear, pero enseguida se vio atrapado en un denso sueño del que solo despertó para sentir el horror en sus carnes.
Allí estaba él: el monstruo. Pegándole una y otra vez con la fusta en el pecho, en la cara, en los genitales.
Violándole una y otra vez con todos aquellos terribles objetos.
Le suministraron más drogas para que pudiese aguantar.
A partir de ahí, todo era una nebulosa, pero tenía grabada a fuego la cara de su verdugo en la memoria: sus pequeños ojos azules, aquel rostro ensangrentado, su fino bigote negro, aquella risa mientras le castigaba.
Los otros no habían sido mejores, pero no tan crueles como él.
Hassan intentó incorporarse, pero falló en el intento.
Las heridas eran peores de lo que le habían parecido en un principio.
No podía ir a un hospital por no tener papeles y tampoco quería acercarse hasta el invernadero a pedir ayuda en esas condiciones.
La única salida era acercarse hasta el solar que la semana pasada ocupaban varios muchachos senegaleses.
Quizá ellos le ayudarían sin hacer demasiadas preguntas.
Lloró de rabia y de dolor. Vomitó sangre. Y en ese momento juró que algún día conseguiría averiguar quién era el demonio que le había hecho eso para vengarse de él. Por Alá que lo haría.