La hora de los monstruos Sábado, 11 de agosto de 2012
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Sábado, 11 de agosto de 2012

Mario miraba a Bruno con desdén. Al principio del verano, su presencia le molestaba, le enojaba cualquier comentario suyo, cualquier cosa que hacía o proponía le importunaba.

Ahora era peor, mucho peor: el enfado se había tornado en indiferencia.

Estar con Bruno era un trámite que tenía que soportar, más irritante aún que las comidas con su madre y su hermana, que las reuniones familiares en casa de la abuela o las aburridas clases de recuperación de Matemáticas.

Bueno, al menos las clases ya no eran un problema.

Desde que había empezado a hablar con Susana, superada la chifladura por Verónica, Mario había conseguido encontrar a alguien que le gustaba de verdad, una chica con quien poder empezar una relación de verdad.

Llevaba semanas dándole vueltas a aquello, pero la decisión ya estaba tomada: lo suyo con Bruno había terminado.

Después de mucho meditarlo, Mario por fin había reunido las fuerzas suficientes para decírselo.

Habían pasado toda su corta vida juntos desde la guardería.

Lo habían compartido todo, lo bueno y lo malo, incluso alguna novia.

Se sentaban juntos en el colegio y hasta ese año lo habían hecho también en el instituto.

«Uña y carne, son uña y carne», eso decían siempre de ellos.

Los dos amigos inseparables. Sí. Pero las cosas estaban cambiando.

Ya no eran los dos chicos que pasaban las horas muertas jugando en el solar de al lado de la casa de Bruno.

Tampoco el terreno era el mismo: allí se levantaba ahora un edificio de viviendas y, en los bajos, un Mercadona sustituía al campo de fútbol, de tierra y guijarros, donde Mario y Bruno habían vivido algunos de los mejores momentos de su infancia.

En un principio, pensó en sincerarse con él ese mismo fin de semana, pero al final alargó el plazo hasta el siguiente jueves, tras su cumpleaños; el día después de celebrar sus dieciséis años hablaría con Bruno y le contaría que quería estar con otras personas, que las cosas ya no eran como antes y que los dos lo sabían.

Un discurso más propio de unos novios malavenidos que de unos viejos camaradas.

Pero el caso era que Mario no se encontraba a gusto con la gente que frecuentaba Bruno.

Chucky y los demás no eran la clase de compañías con las que él quería pasar el rato.

Sobre todo con el misterioso rumano con el que Bruno andaba ese mes de agosto.

El verano, desde luego, no estaba siendo lo que ambos habían previsto.

Los dos se habían quedado sin vacaciones.

La separación de sus padres había significado también el fin de los meses de sol y playa en el apartamento de Santa Pola para Mario.

Como si de una sociedad mercantil se tratase, sus progenitores habían decidido liquidar todo su patrimonio, excepto el piso donde vivía con su madre y su hermana, y repartirse los dividendos de diecisiete años de vida en común.

Lo de Bruno, como él decía siempre que se presentaba la ocasión para poder presumir de sus miserias, era peor: tenía que seguir aguantando a su padre en casa y, encima, durante más tiempo cada día desde que el ERE se transformó en un paro indefinido del que difícilmente parecía que podría escapar.

Desde que se encontraba desempleado, su padre había aumentado su mutismo hasta el punto de que ya ni siquiera practicaba su afición favorita: cantar los goles del Real Madrid; esa había sido antes la máxima demostración de efusividad que se permitía, y que ahora también había perdido.

El padre de Bruno se limitaba a pasar las horas muertas en el sillón, leyendo por la mañana las revistas que tomaba prestadas de la biblioteca municipal y viendo estúpidos programas de televisión por la tarde.

Su madre, como siempre, dedicaba su jornada diaria a prepararles abundantes platos de comida que nunca podían terminar, a limpiar ceniceros de plata que nunca se ensuciaban y a tener a punto la ropa de su marido, incluso ahora que su única ocupación era ir a la casa de la cultura y comprar el pan.

Ni para Mario ni para Bruno estaba siendo una buena época, pero lejos de unirles una situación similar, cada vez se encontraban más distanciados.

Últimamente, ni siquiera coincidían en las piscinas.

Bruno seguía yendo a las municipales, como todos los veranos, aunque ahora andaba con su nuevo grupo de amistades, dedicado en cuerpo y alma a intimidar y asustar al resto de los bañistas que por allí pululaban; pero hacía varias semanas que Mario cogía el metro para acudir a la piscina comunitaria de la urbanización de su tío Miguel.

Allí leía algún libro —su nueva afición—, escuchaba música, observaba a chicos que nunca serían sus amigos y miraba a chicas que nunca serían sus novias.

Su único punto de encuentro era la casa de Mario, donde Bruno solía presentarse de forma inesperada, aunque ya no estuviese invitado.

Esto era algo que le molestaba especialmente.

Mario había llegado a insinuar a su madre que si él no estaba, no tenía que invitarle a subir, a lo que ella le respondía que eso era cosa de su hermana, quien era la que se encargaba de dejarle entrar en el piso.

Bruno daba por hecho que aquella noche saldrían juntos, y Mario no sabía qué excusa poner: llevaba tres fines de semana sin aparecer por los bares del centro.

Hasta ahora había podido quedarse a dormir en casa del hermano de su madre, su tío Miguel, pero hoy daba una cena para sus amigos y Mario no podía pasar allí la noche.

No tenía la menor gana de ponerse hasta arriba para acabar luego con un globo inmenso en alguna discoteca; ya le tocaría ese plan en cuatro días.

Parecía mentira que hacía solo un año hubiesen vivido uno de sus veranos más intensos.

Se recorrieron todas las fiestas de los pueblos, los que estaban cerca y los que no; pasaron juntos las vacaciones en el chalet de la costa; abrían y cerraban las piscinas; cenaban juntos, cada noche uno en casa de la familia del otro.

El punto final a la semana lo ponían el domingo con interminables partidas de PlayStation hasta el amanecer.

Había un recuerdo que le asaltaba especialmente esos días y que, pese al desapego que ahora sentía, le producía cierta nostalgia: cuando se fugaron para ir a un concierto al Palacio de los Deportes de Madrid.

Tocaba una de sus bandas favoritas, Foo Fighters, y su plan era intentar colarse, pero tuvieron que conformarse con quedarse al lado de las puertas de acceso gracias a uno de los guardias de seguridad, que se apiadó de ellos.

Allí estuvieron más de dos horas —poniendo la oreja para intentar escuchar algo— hasta que su ángel de la guarda, en un descuido de sus compañeros, les dejó entrar para que pudieran escuchar los bises.

Corrieron como locos hasta la zona de pista, desde donde pudieron escuchar a Dave Grohl entonar las estrofas de This Is a Call y Everlong .

Se volvieron locos; fueron los quince minutos más mágicos de sus vidas.

Lo que pasó después no fue tan mágico. La bronca fue descomunal.

El plan parecía perfecto: habían dicho que se iban a quedar a dormir en casa de su tío Miguel.

Después del fin del concierto tenían que coger el último tren a Ciudad Real y, tras llegar, hacer tiempo hasta que abrieran la piscina.

Pero Mario y Bruno no contaban con que Carmen, la madre de Mario, iba a llamar a su hermano para invitarle a comer el domingo.

Así que pronto se descubrió todo el pastel.

Sandra lo sabía todo, pero estuvo callada hasta que no tuvo más remedio que contar la verdad.

Cuando sus padres llamaron a la policía, le entró el miedo y confesó.

Durante los siguientes meses, Bruno y Mario recordaron su aventura, transformando y deformando a su gusto lo vivido.

El relato cambió: no habían estado un cuarto de hora dentro del Palacio de los Deportes, sino las casi tres horas que duró el show de los Foo.

El segurata desapareció de la narración y ahora lo que había ocurrido es que, gracias a una arriesgada operación, más propia de los Navy Seals que de dos muchachos imberbes, habían conseguido entrar en el recinto para llegar a ver parte de la actuación de los teloneros y el concierto enterito de los Foo Fighters.

Ese fue su tema de conversación favorito hasta la pasada primavera. Cuando todo empezó a cambiar.

Al final decidió no afrontar el problema directamente. Quedó con Bruno después de cenar —prefería no tener que discutir con él— y preparó un plan alternativo. Llamó a Susana, su compañera de las clases de recuperación, a la que había invitado varias veces a quedar.

—Hola, Susana, eh…, soy yo, Mario.

—Ya sé que eres tú, idiota, tengo tu teléfono grabado en el móvil. —Susana se rio de esa forma que a Mario tanto le gustaba.

—Claro —se disculpó él—, perdona, estoy un poco atontado, me he quedado dormido en la piscina y todavía no me he recuperado. Creo que me ha sentado mal tanto sol en la cabeza.

—Pues ya es hora de que te despiertes, que es casi de noche —le respondió Susana.

—Te llamaba porque… esta noche mis amigos van a ir a un sitio que a mí no me apetece mucho y, no sé, como me habías comentado de quedar alguna vez en la finca esa que tenéis tú y tus colegas… Pero si no puedes o así, tampoco pasa nada, lo dejamos para otra vez.

—Claro que puedes venir, tonto, me hace mucha ilusión. Además, tengo un montón de amigas que presentarte, siempre me preguntan por mi misterioso compañero de clase de Matemáticas.

—Pues se van a llevar una desilusión —le dijo Mario.

—No lo creo —replicó ella con voz decidida.

—¿Cómo quedamos entonces? —le preguntó él.

—¿A qué hora vas a venir?

—Cuando tú me digas.

—Pues nos vemos entonces en el parque donde nos despedimos el otro día, el que está cerca del hospital a las diez de la noche.

—¿Tengo que llevar algo?

—No, nada. Ya lo hemos comprado todo. Por cierto, ¿no tenías hoy la fiesta de tu cumpleaños?

—No, mi cumpleaños es el miércoles, el 15 de agosto, y lo celebraré el martes por la noche —respondió Mario.

—Bueno, pues hoy lo celebras conmigo; con nosotros, quiero decir.

—Estupendo. Nos vemos.

—Un beso.