Madrugada del viernes 19 de octubre de 2012 al sábado 20 de octubre de 2012
Era más de medianoche y Javier Redondo seguía con los ojos fijos en la pantalla del ordenador, enrojecidos después de más de diez horas buscando en internet.
Solo se había permitido dos breves descansos: uno para ir al baño y estirar brevemente las piernas; el otro para aprovisionarse en su desangelado frigorífico: una cerveza marca Día, unos quesitos caducados y una copa Dalky habían sido su frugal botín para la cena de esa noche.
Javier tenía la sensación de que había llegado, por fin, a un sitio importante.
Los últimos descubrimientos le habían puesto sobre la pista de algo muy gordo, quizá demasiado gordo para él.
Desde hacía unos días estaba convencido de que aquello no se trataba tan solo de la desaparición de unos niños, había algo más y él estaba decidido a descubrir qué era.
Ingeridas las calorías necesarias para continuar, comenzó a repasar sus últimos avances.
Javier se repetía una y otra vez que había pasado algo por alto: había algún detalle que estaba ahí delante y que él no conseguía ver.
Había una pieza que no terminaba de encajar en el puzle.
Desde la primera vez que viajó hasta Ciudad Real, el fin de semana después de la desaparición de Mario y Bruno, tuvo la certeza de que algo terrible les había pasado a los chicos.
Volvió otra vez sobre aquella imagen. Para él era difícil de explicar, pero había algo que le parecía inquietante y que no conseguía descubrir en esa última foto de los dos jóvenes sonriendo abrazados: era idéntica a los miles de imágenes de adolescentes de fiesta que se suben cada sábado en Tuenti, pero a la vez distinta en algún detalle que él no había logrado descifrar.
En los pocos meses transcurridos desde su desaparición, los avances en la investigación policial no habían sido muchos y, hasta ese mismo sábado, tampoco en la suya.
Solo la tozudez de la familia, de la madre de Mario principalmente, había hecho posible que el caso no hubiera caído en el olvido y que ahora comenzase a tener un eco mediático nacional, cuando casi hasta el día de hoy se había reducido a la sección de local de la prensa.
La aparición del miércoles pasado en el programa de Lisandro Meneses había dado sentido a los esfuerzos de la madre para seguir manteniendo viva la historia.
Ahora, el caso ya no era una simple columna en la sección de local, sino que se había convertido en primera plana, justo una semana después de que Javier hubiera recibido la notificación de despido.
Pero, de momento, aquel no era argumento suficiente para que dejara de buscar a Bruno y a Mario, dondequiera que estuvieran.
Javier sabía que si no hubiera cogido aquella llamada el miércoles, ahora todo sería muy distinto.
Ese día estaba decidido a parar, dejar el caso y confesarle a Lucía que ya no tenía trabajo; que, desde hacía varios días, formaba parte de los casi seis millones de españoles que, desesperados, engrosaban las filas del paro en ese fatídico 2012.
Sin embargo, cuando le sonó el móvil, Javier supo en ese mismo instante que esa conversación iba a cambiar muchas cosas.
Diez minutos antes, Javier había entrado en la habitación dispuesto a contarle la verdad y, también, a pedir perdón.
—Sé que estos últimos meses no han sido los mejores, y por ello quiero agradecerte que me hayas ayudado y hayas tenido paciencia —le dijo Javier.
—¿Me hablas a mí? Pensé que te habías olvidado de que existía —le respondió Lucía con gesto serio mientras terminaba de apilar su ropa encima de la cama.
—Entiendo que estés enfadada. Ya sabes cómo soy…
—¿Que cómo eres? —le interrumpió gritando Lucía—. A ver, dime cómo eres porque yo ya no me acuerdo; solo sé que no tienes nada que ver con la persona con la que comencé una relación de pareja hace ya quince años.
—Lucía…
—Ni Lucía ni hostias. Llevas dos meses sin dirigirme la palabra, viviendo solo para tu trabajo, obsesionado con esos críos de los cojones que seguramente están reventándose a porros en Ámsterdam o pegándose la gran juerga en Benidorm, pero yo, yo a ti te importo una puta mierda, eso es lo que te importo.
Y no es solo por cómo te estás comportando los dos últimos meses.
Esto viene de atrás, del último año, o puede que de los dos últimos, o quizá de siempre.
Llevo muchos días preguntándome qué cojones hago contigo.
¿Por qué decidí compartir mi vida con alguien que lo único que quiere es estar solo?
Las lágrimas de Lucía corrían por el rostro a borbotones. Los aspavientos que realizaba con los brazos mientras descargaba su ira contra su pareja contrastaban con el mutismo de Javier, inmóvil a los pies de la cama.
—Tengo algo importante que decirte —comentó un apocado Javier.
—Yo también tenía muchas cosas que decirte y no me has querido escuchar —le gritó enfurecida Lucía mientras terminaba de recoger sus cosas.
—En serio, Lucía, es importante.
Justo en el mismo momento en el que se disponía a comunicarle la noticia, la estridente sintonía de su teléfono anunciaba la llamada que cambiaría sus vidas para siempre. Las de los dos.
Javier dudó por unos instantes si debía responder, pero su instinto y su alma de periodista no le permitieron pulsar el botón de rechazar.
Al aceptar la comunicación, sabía que estaba abriendo una herida entre los dos que difícilmente iba a cicatrizar.
Javier se dirigió cohibido al cuarto de baño para contestar a su interlocutor, el inspector Gómez, de la UDEV, la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta.
El mismo que se había despedido de él en varias ocasiones con cajas destempladas le llamaba ahora porque tenía cierta información que podía serle de utilidad.
A él tampoco le contó que ya no estaba en nómina del periódico: decidió guardarse ese dato para sí mismo.
Javier descolgó en el mismo momento en el que sonaba el atronador portazo con el que Lucía decía adiós a su vida en común.
—Creo que hay alguien que te puede ayudar con lo de los chicos esos —le dijo el inspector Gómez, para después permanecer en silencio unos largos segundos—.
Pero esto es algo no oficial, ¿me entiendes?
Tu hombre se llama Severino, ha trabajado con nosotros muchos años y su especialidad eran las desapariciones.
Ahora está retirado. Yo nunca te he puesto en contacto con él.
¿Lo has entendido? —preguntó el inspector con tono inquisitorio.
—Sí, claro, lo he entendido —contestó Javier con tono dubitativo; todavía no se había repuesto del desencuentro de hacía unos minutos con Lucía.
—Yo te doy su teléfono y si eso te sirve de algo, estupendo, pero recuerda que tienes que informarme de cualquier nueva averiguación que hagas. A mí antes que a nadie, ¿entendido?
—Sí, ya le he dicho antes que le había entendido —respondió ahora Javier, visiblemente molesto con tanta pregunta intimidatoria.
—No te enfades. Solo quiero que tengas muy claro cómo actuar.
Javier apuntó el teléfono del tal Severino y se despidió del inspector. Dudó entre salir en busca de Lucía o teclear el número de teléfono de su nueva fuente de información. Después de una breve espera, optó por la segunda opción.
—¿Severino?
—Sí. Soy yo. ¿Quién llama?
—Javier Redondo. Soy periodista. Llamo de parte del inspector Gómez.
—¡Ah, sí! Ya sé quién eres, hijo.
—¿Podemos hablar?
—Sí. Pero estas cosas es mejor hacerlas en persona.
Era hora de irse a la cama, aunque Javier dudaba sobre qué hacer.
Era la madrugada del sábado al domingo y seguro que cerca de su casa había algún bar abierto donde tomar un café bien cargado y quizá un gin-tonic, también bien cargado.
La gasolina necesaria para poder seguir y no tener que pensar en dormir hasta bien entrada la mañana.
Lo que había hablado con Severino por teléfono el mediodía del sábado le había abierto nuevas vías de investigación.
La charla del miércoles pasado había sido un mero formulismo, una simple toma de contacto, pero lo del pasado mediodía había sido una revelación en toda regla.
En ese momento seguía acumulando toda la información que podía encontrar en internet para cuando volviera a hablar con el policía jubilado ese mismo domingo, aunque esta vez en persona.
Había muchas preguntas que quería hacerle.
Por fin se decidió a bajar a la cafetería de la esquina, después de apurar el último Ducados que le quedaba. Se mojó la cara en el lavabo y descubrió que no le gustaba demasiado lo que veía en el espejo, pero siguió adelante con el plan.
Cuando estaba ya fuera de su piso, dándole vueltas a la llave en la cerradura, abrió de nuevo y volvió rápido sobre sus pasos para ir a la mesita de la entrada donde, al salir, le parecía haber visto un papel escrito a mano, ¡escrito con la letra de Lucía!
¡¿Cómo había podido ser tan imbécil?! ¡Cómo podían haber pasado más de tres días sin darse cuenta siquiera de que ella ya no estaba en el apartamento y de que le había escrito algo!
El papel se le cayó de las manos, y él se quedó en el suelo arrodillado, llorando, mientras fijaba la mirada desolado en la escueta nota, que decía:
«Adiós, Javier. No me llames, por favor».
Lo primero que pensó fue en hacer lo contrario de lo que Lucía le había pedido en ese papel: es decir, llamarla por teléfono, pero cuando estaba a punto de pulsar el teclado de su móvil, se dio cuenta de que era muy tarde: las dos de la mañana.
Después de pasar varios minutos en el suelo de la entrada de la casa gimoteando y maldiciendo, decidió ponerse en pie y dirigirse a su destino inicial.
El café podía esperar, pero el gin-tonic, no.
Se guardó la nota en la cazadora y bajó con paso decidido al pub que estaba a dos manzanas de su casa.
Al final no fueron uno ni dos los cubatas que necesitó Javier para tomar conciencia de su situación.
Cuando la camarera le estaba sirviendo su quinta copa a la vez que le señalaba su reloj, el cual, si Javier no andaba equivocado, marcaba ya las seis de la mañana, se dio cuenta de lo patético que resultaba todo.
Sin embargo, aún fueron necesarios varios empujones y unas cuantas amenazas para que Javier se acercara a la puerta del bar.
Lo siguiente que recordaba eran los gritos del personal de limpieza del ayuntamiento, que le recriminaban que estuviera durmiendo entre los contenedores de basura.
Con dificultad, dirigió sus pasos al primer banco que consiguió divisar entre la neblina que en su cabeza habían formado el final de la borrachera y el comienzo de la resaca.
Después de varias cabezadas, Javier consiguió espabilar el sueño y empezar a encadenar varias decisiones sensatas.
Entró en la primera cafetería que vio abierta para tomar dos cafés bien cargados y devorar un bocadillo de jamón; necesitaba estar preparado para la cita de ese mediodía y tenía poco tiempo.
Así que aceleró el paso, se dio una ducha de veinte minutos, ingirió una buena dosis de paracetamol con varios litros de agua y se vistió.
Estaba listo. Ahora, Severino era la prioridad.