Viernes, 19 de octubre de 2012
Lucía comprobaba con hastío cómo el famoso hashtag había vuelto a conseguir ser trending topic en apenas diez minutos.
Después de haberlo sido el jueves durante todo el día, hoy lo había logrado de nuevo gracias a un retuit de un influyente presentador de televisión, amigo de Lisandro, y que, al olor de la sangre, estaba moviendo hilos para llevar a los familiares a su cadena.
La diferencia con respecto a lo que había pasado el miércoles por la noche es que ahora empezaban a publicarse los primeros comentarios negativos asociados al #QueremosQueVuelvan y, cómo no, las primeras bromas macabras.
Las múltiples intervenciones de los padres de Mario en las diferentes televisiones en apenas cuarenta y ocho horas, y el exceso de atención en los medios de comunicación, tanto analógicos como digitales, aparte de las redes sociales, habían desgastado la autenticidad del estremecedor testimonio de los familiares de los chicos desaparecidos en el programa de Lisandro Meneses.
La mala fama del argentino en Twitter había legitimado la crítica de varios gurús y también los chistes de dudoso gusto publicados a través de varios perfiles anónimos.
No era la primera vez que esto sucedía y, por desgracia, pensaba Lucía, no sería la última.
Había ocurrido en el pasado con casos similares, como el de Marta del Castillo o los niños de Córdoba; la historia de Mario y Bruno no iba a ser una excepción.
Lucía cogió su café con leche y se llevó la taza a los labios sin reparar hasta ese momento en que habían pasado más de treinta minutos desde que se lo habían servido.
Lucía pensaba: «¿Se habrá dado cuenta Javier de que me he marchado?».
No había sido una decisión fácil. Pero aquella relación no daba más de sí.
Casi quince años. Toda su juventud y el principio de su adultez, compartidos con una persona a la que había querido con locura, y que ahora solo le parecía un extraño.
Estaba tan enfadada que le costaba rescatar los buenos momentos —que habían sido muchos— y solo le venían a la cabeza las peores imágenes: las discusiones, los gritos, las desapariciones, los vacíos, la frustración; sobre todo la frustración.
Javier estaba desdibujado: su pareja se había convertido en la caricatura de esos últimos meses.
Ella sabía que la obsesión con el caso de los muchachos desaparecidos era solo la gota que colmaba el vaso, que se había estado llenando durante el último año, a lo largo del cual sus pequeñas diferencias se habían ido convirtiendo en insalvables.
Por eso mismo, se avergonzaba tanto de su reacción en la cafetería el día que había dejado Madrid.
El camarero no daba crédito a sus palabras y a la señora de la mesa de al lado casi le había dado un infarto.
¡Cómo había podido ser tan bruta!, se preguntaba.
¿Qué culpa tenían esos pobres chicos? ¿Y si los habían secuestrado?
¿Y si estaban… muertos? Que Javier hubiese hecho de su desaparición el motor de su vida durante esos dos últimos meses no era la explicación a su huida.
Ese portazo a tres lustros de convivencia tenía unos cimientos demasiado sólidos, Mario y Bruno solo habían sido el detonante, la espoleta que había hecho saltar todo su mundo por los aires.
Cambiar Madrid por Burgos de momento no había surtido ningún efecto cauterizador. Lucía quería empezar a poner las cosas en su sitio, reconstruir su mapa personal, pero para ello no esperaba demasiado de su familia.
Unas noches en el antiguo piso familiar, el lugar donde había vivido su infancia y malgastado su adolescencia, le habían servido para darse cuenta de que allí no era bien recibida —a la tradicional hostilidad de su cuñada tenía que añadir la hiriente indiferencia de su hermano y el desafecto de sus sobrinos— y que si quería seguir en Burgos más días, debía retomar la idea inicial de buscarse otro sitio donde llorar sus penas y aclarar su futuro.
Lucía abrió la página de elmundo.es para descubrir cuatro noticias que hacían referencia al ya manido «Queremos que vuelvan»: una declaración del ministro de Justicia asegurando que iban a hacer todo lo posible por encontrarlos; el anuncio del nuevo programa especial de Lisandro Meneses el próximo miércoles; una llamada a la participación en un chat en directo con la madre de Mario, y un resumen de lo ocurrido en Twitter con el hashtag en las últimas horas.
Lucía se preguntaba si había alguien a quien de verdad le importara dónde estaban esos chicos y qué había pasado con ellos.
Todavía recordaba cuando llamaron del periódico a Javier para que fuera a Ciudad Real a cubrir el caso.
Ni siquiera entonces había sido noticia.
Parecía que solo le importaba a su pareja.
Javier no se resignó a la indiferencia, y cada día la sorprendía con una nueva pista, una teoría diferente, otro posible reportaje.
Y quizá, como le repetía cada noche desde que volviera de Ciudad Real, de todo aquello se podría escribir un libro.
Apurado su segundo café con leche, cambió de página web y abrió la del periódico de Javier.
Las mismas noticias bajo otro enfoque diferente, la misma basura presentada de una forma más digna.
Lucía repasaba desconcertada los artículos y comprobaba que ninguno de ellos llevara la firma de Javier Redondo.
Quizá hubiera salido desesperado en su búsqueda, abandonando su trabajo, pensaba; pero enseguida se dio cuenta de lo estúpido de su planteamiento; seguramente estaba preparando un especial para ese fin de semana del caso que había protagonizado su vida en los últimos tiempos, y también la suya.
Pensó en una excusa para no ir a comer a casa de su hermano y, mientras, buscó en internet un lugar donde alojarse a partir del fin de semana.
Todavía quedaban trámites de la herencia por resolver: el futuro de la empresa familiar que su hermano dirigía y de la que ella seguía siendo administradora a partes iguales; amén de discutir qué hacer con la propiedad más ansiada por su cuñada, el apartamento de Laredo.
Burgos había cambiado mucho en los últimos años, pero las nuevas infraestructuras, el insulso edificio que alojaba el interesante Museo de la Evolución, la inmensa colección de estatuas de bronce y las calles peatonalizadas no habían podido borrarle a esta ciudad su aire de capital de provincias.
De repente descubrió que eso que antes tanto había aborrecido podía convertirse ahora en un gran atractivo para ella.
Llamó a su hermano y le anunció que al final hoy no podría comer con ellos.
Su hermano le respondió con voz seria que Silvia ya le había preparado un plato y colgó esbozando un tibio «hasta luego».
Ella sabía que su hermano no estaba molesto porque ella no fuera a almorzar con ellos, el problema era que tendría que volver a escuchar por enésima vez los reproches de su mujer dirigidos a Lucía y su funesto regreso al hogar.
Ella, por su parte, disfrutaba pensando en la reacción de su cuñada cuando les comentase que no sabía si quería vender su parte en Muebles Gutiérrez y que necesitaba algo más de tiempo para ver qué hacer con sus participaciones en la empresa.
Lucía solo había echado una ojeada rápida a los papeles que le había dado su hermano.
Pero había visto lo suficiente para comprobar la precaria situación de la empresa familiar.
También había constatado que Carlos no podía hacer frente a la idea de comprarle su parte en la sociedad y el 50 por ciento del chalet de la playa.
Vistos los números (los del próximo balance serían incluso peores, por lo que intuía), lo que su hermano debía hacer era sanear la empresa, vender propiedades e intentar enfrentarse al nuevo escenario económico sin las ínfulas de su esposa.
Decidió gastar un poco más de tiempo en el café buscando en YouTube el episodio del programa de Meneses; hacía mucho tiempo que no veía Directo para ti y le resultaba muy extraño el formato tan particular de ese programa especial, pero al oír la inconfundible voz de Lisandro se dio cuenta de que era igual que siempre: sentimentalismo de saldo aderezado con un lenguaje pedante.
Aun así, no pudo apartar la mirada de la pantalla durante la hora siguiente, atraída por el delirante y circense espectáculo que había cocinado el presentador estrella de la televisión privada.
Lucía enfiló El Espolón en dirección a la Plaza Mayor en busca de un lugar donde reponer las fuerzas que iba a necesitar para preparar su nueva aventura.
Mientras caminaba, se cercioró de que no tenía ninguna llamada en el móvil; tampoco había mensajes, y el WhatsApp estaba vacío.
Un escueto sándwich mixto, un grasiento pincho de gamba rebozada y una cerveza sin alcohol podían ser suficientes para hacer acopio de la energía necesaria para buscar un nuevo hogar.
Se ajustó los cascos, abrió Spotify en el móvil y puso la canción de Dolorean que le había acompañado esos últimos días.
Al James tenía razón: ella no iba a ganar.
You Can’t Win volvía a sonar a todo volumen en su cabeza.
Como un mantra, en modo repetición, aquel tema conseguía ser refugio y tormenta.