Miércoles, 17 de octubre de 2012 #2
—Nuestro público tiene que entender lo difícil que es la situación para estas familias y que habrá momentos en los que la emoción nos obligue a detenernos para que puedan controlar todo el sufrimiento que llevan dentro.
Como les decía, hablaremos con todos ellos, pero será Carmen, la madre de Mario, la persona que ha intervenido en las últimas semanas como su representante, la primera en emitir su testimonio.
»Buenas noches, Carmen.
—Buenas noches —respondió la madre de Mario.
—Sabemos que no ha sido fácil venir al programa. Somos muy conscientes de lo duro y lo complicado de vuestra situación.
—Solo tenemos palabras de agradecimiento por la atención que nos habéis prestado y por traernos hoy aquí.
—Carmen, no hace falta que os guardéis nada.
Todos sabemos el infierno que estáis viviendo y comprendemos que necesitéis tiempo para contarnos vuestra historia.
Ya son más de dos meses desde que vuestros hijos desaparecieron sin dejar rastro, desde aquel fatídico 15 de agosto en el que descubriste que Mario no estaba en su habitación, que tu hijo no había vuelto a casa aquella noche.
¿Qué fue lo primero que pensaste al comprobar que él no estaba en el piso? —preguntó Lisandro.
—Al principio, me imaginé que la juerga se habría alargado más de lo previsto.
Iban a celebrar su cumpleaños y ya se sabe cómo son los chicos ahora y lo tarde que llegan a casa.
Además, era verano y festivo. Pero había algo en mi pecho, algo dentro de mí que me decía que…
que algo iba mal… Eran ya las once de la mañana y habíamos quedado para comer con su hermana y su padre.
Mario había sido el primero en insistir en esa comida de cumpleaños con todos nosotros.
Desde que mi marido y yo nos separamos no habíamos vuelto a estar todos juntos.
La tarde anterior, él parecía muy animado con ello y también con ir a celebrarlo con sus amigos.
Las semanas previas parecía no tener demasiado interés, pero la víspera estaba especialmente contento de quedar con ellos.
—Una vez que compruebas que no ha llegado todavía y que solo faltan unas horas para que se presenten su padre y su hermana, ¿qué haces?
Un momento en el que, como nos comentas, un sentimiento de angustia te dice que algo no va bien, en el que ese sexto sentido de las madres te alerta de que hay algo que no encaja. ¿Cuál es tu reacción entonces, Carmen?
—Llamar, llamarle al móvil. Pero no me lo coge.
—Me imagino, Carmen, que, como cualquier chico de su edad, Mario nunca saldría de fiesta sin él.
—No, claro que no. Él siempre lo lleva encima y si llega tarde o pasa cualquier cosa, me avisa. Yo siempre le digo que para esas llamadas siempre hay dinero; para las otras bobadas de internet y esas cosas no, pero para tener saldo para llamarme él sabe que sí.
—Le llamas, pero no hay respuesta. ¿Cuál fue tu siguiente paso?
—Seguí intentándolo, pero me salía todo el tiempo un mensaje diciendo que estaba apagado.
Cada vez estaba más nerviosa, sabía que algo malo podía estar pasando.
Después de intentarlo muchas veces, decidí hablar con los padres de Bruno para ver si él había dormido en casa y si sabía algo de Mario.
Me cogió el teléfono Rosa y me dijo que su hijo tampoco había vuelto.
—Sé que es difícil intentar ponerme en tu lugar, pero me imagino que es entonces cuando de verdad ya no es solo la intuición de una madre: en ese momento tomas conciencia de que algo malo puede haberles pasado.
Empieza entonces una historia que compartís las dos familias, un duro trago que os ha unido en la búsqueda de vuestros seres queridos.
»Tomémonos ahora un momento de respiro, vayamos a publicidad y, a la vuelta, seguiremos conociendo cómo fue ese trágico día en el que descubristeis que vuestros hijos habían desaparecido —dijo Lisandro, intentando temporizar la emoción del momento.
Después de los anuncios, la cámara volvió a mostrar un primer plano de Lisandro, quien pausadamente retomó el hilo de la narración:
—Carmen y Rosa averiguan tras su conversación que ninguno de los dos chicos ha vuelto a casa.
La madre de Mario, lejos de tranquilizarse con este descubrimiento y en vez de pensar que los dos muchachos han prolongado la noche más allá de lo recomendable, comienza a vislumbrar que algo no va bien.
¿No es así, Carmen? ¿Qué piensas cuando cuelgas el teléfono?
—preguntó Lisandro volviendo la cabeza hacia la madre de Mario.
—Que algo malo había ocurrido —Carmen tuvo que parar durante unos segundos con un gesto de dolor contenido, tratando de retener las lágrimas que empezaban a correr por su rostro—, que algo malo había pasado para que no hubiesen vuelto.
Como te decía antes, Mario siempre me avisa si llega más tarde y siempre me contesta al teléfono. Yo… —La voz volvió a entrecortársele.
—Continúa, Carmen, tómate el tiempo que necesites.
—Tuve entonces el presentimiento de que nunca iba a volver a ver a mi niño.
La mujer comenzó entonces a llorar de forma desconsolada, mientras la madre de Bruno acompañaba los sollozos de su compañera gritando de forma agónica:
—¿Dónde está mi Bruno?
El dramatismo de la situación era demasiado, incluso para Lisandro, y la tornaba por momentos en algo entre lo grotesco y lo paródico. El presentador retomó el pulso del programa dirigiéndose primero al público y luego a un nuevo interlocutor: el padre de Mario, Luis.
—Seguimos escuchando estos testimonios cruciales de los familiares de Mario y Bruno.
Agradezco sobre todo a estas dos madres su coraje para estar hoy aquí.
Todos nosotros entendemos perfectamente estos momentos de flaqueza al relatarnos su sufrimiento.
Mientras Carmen toma aire y consigue recuperarse, vamos a pasar a hablar con Luis, el padre de Mario.
Hola, Luis, muchas gracias por estar aquí con nosotros.
—Gracias a vosotros por preocuparos y ayudarnos a buscar a nuestros hijos.
—Recapitulemos: ese día tú ibas a ir a comer a casa de Carmen, al que había sido tu hogar hasta la separación, con tu hija Sandra, que había dormido en tu piso la noche anterior, para celebrar el cumpleaños de tu hijo mayor.
Para ti era un momento de alegría, imagino, después de lo que supone un divorcio, volver a estar todos juntos de nuevo.
En un segundo, toda esa emoción se desvanece cuando Carmen te informa de la desaparición de Mario.
¿Cómo fue ese momento? ¿Qué sentiste al enterarte de la noticia?
—Como ha dicho Carmen, Mario siempre ha sido muy responsable; incluso cuando iba a volver más tarde de lo pactado, procuraba avisarnos con un mensaje o una llamada de teléfono.
Lo primero que siento al enterarme es incredulidad, por lo que acabo de comentarte y también porque era su cumpleaños.
Llevaba varios días insistiendo en que comiéramos todos juntos.
El domingo anterior me había llamado y me había pedido que viniese.
Las cosas no iban demasiado bien después de la separación, pero le dije que me lo pensaría por él y por su hermana.
—Y al final decidiste asistir a la celebración.
—Sí. Hasta me dijo que iba a comprar una botella de mi vino preferido para celebrar sus dieciséis años y que había encargado una tarta.
—Una tibia sonrisa asomó por su rostro—.
En la pastelería nos dijeron que había quedado con ellos en que se pasaría a eso de las doce a recogerla.
Eran muchas las cosas que no cuadraban y por eso desde un principio pensamos que no se trataba de una chiquillada —dijo mientras un serio rictus volvía a apoderarse de su cara.
—¿Cuándo acudís a la policía?
—Esa misma tarde. Volvimos a llamar a Rosa y a Fernando, y al no tener ellos tampoco noticias de Bruno, acordamos ir juntos a la comisaría.
—Me imagino que la policía, como en todos los casos de desaparición de menores, os tranquilizaría comentando que muy posiblemente fuera una juerga que no habían sabido terminar o, como tú decías, simplemente una chiquillada.
—Sí. Claro… Pero ¿puedo decir una cosa? Quiero agradecer en nombre de todos nosotros —Fernando y Rosa asentían con la cabeza— el comportamiento de los policías y guardias civiles que han trabajado en el caso.
En un principio nos dijeron que esperásemos, que, seguramente, sería cuestión de horas que los chicos volvieran.
—¿En qué momento la policía cambia de opinión y os comunica que hay que pensar en otras posibilidades para explicar su desaparición?
—Durante el fin de semana; el viernes estuvieron en casa otra vez, aunque nos habían interrogado a todos el día anterior, para volver a preguntarnos las mismas cosas: la ropa que llevaban, si tenían problemas en el instituto o en casa, si tomaban drogas…
—Desgraciadamente, la situación se ha alargado ya dos meses. Durante este tiempo, ¿cuántas posibles vías de investigación se han seguido, cuántas pistas que creías verdaderas han sido descartadas?
—Muchas. Hemos pensado y nos han comentado diversas posibilidades, pero de momento ninguna ha acabado en nada. Nos han llamado desde Canadá, Portugal, Benidorm y Lugo. Ha habido cientos de llamadas diciendo que los habían visto en Vallecas, Valladolid y Lisboa, pero seguimos igual que al principio.
Justo en el mismo momento en que el padre de Mario terminaba de articular su última palabra, un aullido agónico recorrió el improvisado plató de televisión y heló el alma de los que allí estaban y las de aquellos que seguían el programa por televisión.
—Queremos que vuelvan, queremos que vuelvan.
Ese era el estremecedor grito que salía del pecho de Rosa mientras se desplomaba al suelo entre los fallidos intentos de su marido por evitarlo.
Un primer plano recogió la dramática escena hasta que Lisandro se volvió a su cámara para solicitar la publicidad.
La escena era perfecta para ese primer especial, pero no había que seguir tentando a la suerte.