La hora de los monstruos Miércoles, 17 de octubre de 2012
3%

Miércoles, 17 de octubre de 2012

El regidor paseaba nervioso por el estudio. Nada parecía estar a su gusto. Tampoco le agradaban los protagonistas del programa de hoy: los familiares de los dos chicos desaparecidos.

Les habían explicado varias veces cómo sería la entrevista, detallado de forma pormenorizada las posibles preguntas y orientado sobre las respuestas más adecuadas.

Aun así, ni el regidor ni Lisandro las tenían todas consigo.

El infalible olfato del presentador estrella de la telebasura le avisaba de que algo iba a pasar esa noche que no estaba escrito en el guion.

Al principio, el realizador de Directo para ti pensaba que lo que le desasosegaba tanto era la manifiesta tensión entre los padres de Mario, quienes, como suele ocurrir en estos casos inexplicables en los que necesitamos encontrar un culpable, se acusaban mutuamente de haber propiciado la terrible situación que estaban viviendo.

Pero quien, en realidad, le preocupaba en esos momentos era la madre de Bruno.

La cantidad de ansiolíticos y calmantes que había consumido esa mujer en los últimos días podría haber tumbado a un rinoceronte, pero en ella las sustancias narcóticas parecían haber provocado el efecto contrario.

Rosa era una auténtica bomba de relojería que podía explotar en cualquier momento durante la retransmisión, con resultados inesperados.

A Lisandro esa amenaza le angustiaba porque era algo que se salía del plan trazado con tiralíneas.

No concebía realizar uno de sus famosos y aclamados especiales sin una exhaustiva planificación hasta el último detalle.

Pero, por otro lado, también le excitaba la posibilidad de tener que reconducir con éxito una situación fuera de control, como la que prometía provocar esa mujer henchida de química y dolor.

Algo en su interior le decía que Buscando a Bruno y Mario podía ser uno de los grandes éxitos de su vida profesional. El programa por el que sería recordado, para bien o para mal.

Quedaban menos de veinte minutos para entrar en antena. Todos estaban ya maquillados y preparados en los lugares que iban a ocupar en la escena. El regidor repasaba por última vez el orden de las intervenciones e intentaba transmitir a los familiares la confianza que a él le faltaba.

Lisandro observaba desde su esquina a los protagonistas del programa.

Allí estaban todos, nerviosos y angustiados a partes iguales:

Luis, el padre de Mario, serio y con gesto circunspecto, de quien se notaba que no estaba cómodo en su papel.

Carmen, exmujer de Luis y madre de Mario, había sido la cara visible de las dos familias desde el principio. Siempre había dado la impresión de sentirse a gusto delante de las cámaras. Había reclamado en todo momento, con cada gesto, con cada frase, su papel de portavoz.

Sandra, hija de Luis y Carmen, hermana de Mario y siempre cerca de su madre, era una preadolescente que aparentaba más edad de la que en realidad tenía. Con ella quedaba cubierta una cuota importante de público, el juvenil, que vería en ella alguien con quien sentirse identificado.

Fernando, el padre de Bruno, taciturno y esquivo con los periodistas, empezaba a cuestionar el liderazgo de Carmen, presionado por sus hermanos y cuñadas, aunque él prefería evitar la confrontación entre las dos familias.

Y Rosa, la mujer de Fernando y madre de Bruno, la conveniencia de cuya asistencia esa noche había sido objeto de debate hasta el último momento.

—Dos minutos para estar en directo. —El regidor recorría frenético el estudio repitiendo la consigna.

Lisandro se aclaró la garganta, comprobó de nuevo el impecable nudo de su corbata y se dirigió parsimonioso hacia el lugar reservado para él. El juego comenzaba.

—Buenas noches. No queríamos estar este miércoles en antena, pero el destino nos ha traído hasta aquí.

Un destino que ha destrozado a dos familias que esta noche nos van a relatar los terribles momentos que están viviendo.

Insisto: este es el programa que nunca nos habría gustado hacer, pero que estamos convencidos de que debíamos hacer.

Lisandro hablaba tranquilo y decidido, marcando los tiempos y recreándose en las pausas, sabedor de estar siendo observado desde millones de hogares españoles.

—Hoy es nuestra obligación dar todo nuestro cariño, el de todos los seguidores del programa Directo para ti , el de todos los españoles, a dos familias que están pasando por unos momentos durísimos.

Ellos son, como todos ustedes ya saben, los familiares de Mario y Bruno.

Los dos chicos que desaparecieron el 15 de agosto de este 2012, y de quienes hoy, dos meses después, seguimos sin saber su paradero.

»Nuestra intención es que nuestros televidentes conozcan de primera mano cómo son estas personas y de qué forma están viviendo este drama.

»Este, y no otro, ha sido el objetivo de este programa especial.

Lo digo por aquellos que siempre quieren ver problemas donde no los hay.

—Mientras hablaba, Lisandro se había acercado a las sillas que ocupaban las familias, se había situado detrás de la madre de Mario y había posado ambas manos sobre sus hombros—.

Estamos esta noche con el corazón en la mano para transmitirles a estas personas que tanto están sufriendo nuestra más sincera solidaridad.

»Ahora es el momento de concederles a ellos todo el protagonismo, pero antes daremos paso a la publicidad.

Después les contaremos todos los detalles de este terrible caso de desaparición: la historia de Mario y Bruno, dos jóvenes que salieron a celebrar el cumpleaños de uno de ellos, y de los que no se sabe nada desde el pasado 15 de agosto.

Durante los diez minutos de publicidad, Lisandro tomó asiento y repasó cuidadosamente las preguntas en su tarjetero.

Lanzaba miradas tranquilizadoras a los familiares e intercambiaba las últimas impresiones con sus dos colaboradoras de confianza.

Esther Campillo tenía como gran activo su capacidad para empatizar con los que sufren, cualidad que la convertía en indispensable esa noche.

En el otro extremo, dando la réplica, estaba Concha Arnedo: implacable, capaz de sembrar la cizaña entre las personas mejor avenidas de este mundo.

Ella sería la encargada de mostrar el punto de disensión y añadir la provocación necesaria para que se hablase durante horas del programa en las redes sociales.

Ya fuera en Twitter, Facebook, la cafetería de la esquina o la oficina, Meneses sabía muy bien de qué le gustaba a la gente hablar: de lo que habían visto en la televisión.

Y, concretamente, de la peor televisión.

Cuanto más sórdida y escabrosa, más comentarios y más conversaciones.

Da igual la condición social o el nivel cultural de las personas; todas, incluso las más dignas, que se escandalizan y piden airadamente la supresión de su programa, forman parte del juego y también, aunque lo nieguen, de la audiencia de Directo para ti .

Como solía argumentar Lisandro cuando lo atacaban por su forma de hacer televisión: «Todos conocemos la audiencia de los documentales de La 2 y las de mis programas; la gente no quiere dormirse frente al televisor».

La gente ama las vísceras, y Meneses hacía alta cocina con ellas.

Se acababa el tiempo y enseguida estarían de nuevo en el aire.

Lisandro guiñó un ojo a Concha y a Esther.

Era el momento del vídeo en el que se contaba la historia con todo el dramatismo necesario para preparar el camino a lo que vendría después.

Lisandro había insistido en utilizar el Adagio para cuerdas de Barber; «la música del desastre», como le gustaba llamarla.

La pieza musical más triste de la historia.

Esos diez minutos resumían quince días de intenso trabajo para elaborar un documento diseñado con el fin de impactar en la audiencia gracias a los artificios y ardides que el equipo del programa tan bien sabía manejar.

Cuando acabase su emisión, el terreno estaría abonado para su intervención y las entrevistas a los familiares.

El presentador esperó callado durante medio minuto confiriendo mayor solemnidad, si eso era posible, al intenso momento vivido. Aguantó la mirada clavada en la cámara sin pestañear y entonces retomó su discurso:

—Esta es la historia de Mario y Bruno, la triste historia de dos adolescentes que desaparecieron una noche de verano sembrando así el dolor entre sus familias.

Desde entonces, seguimos sin ninguna pista clara que pueda aclararnos qué ha sido de ellos.

Lo que en un principio parecía una travesura que podía habérseles ido de las manos, una historia de dos jóvenes que abandonan su hogar en busca de una aventura, se ha convertido en una horrible pesadilla, con muchas posibles hipótesis, pero ninguna fidedigna hoy en día.

Lisandro paladeaba cada una de las sílabas.

—Es el momento de dar la palabra a los verdaderos protagonistas de esta historia, los familiares de los dos chicos.

Unas personas que llevan demasiadas semanas sufriendo y padeciendo la ausencia de sus seres queridos.

Gente humilde que lucha con todas sus fuerzas por encontrarlos.

Y créanme que lo están haciendo con un empeño y una entereza como pocas veces he visto en todos mis años de profesión. Para ellos va este fuerte aplauso.

»A lo largo de mi carrera me he enfrentado a muchos momentos difíciles, me ha tocado hablar y conversar con personas que han sufrido, pero nunca como hoy me he sentido tan emocionado y conmovido como por la historia de Bruno y Mario, por vuestro sufrimiento.

Buenas noches a todos. Lo primero que quiero expresar es mi solidaridad con vosotros, la de todo el equipo y también la de los españoles que nos están viendo en este momento…

Antes de que el presentador terminara la frase, Rosa, la madre de Bruno, dio el primer aviso emitiendo un quejido entrecortado que hizo parar brevemente a Meneses.