La hora de los monstruos Miércoles, 17 de octubre de 2012
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La hora de los monstruos

La hora de los monstruos

Por Miguel Angel Santamarina

© inepub.com

Miércoles, 17 de octubre de 2012

Lucía volvió a detenerse en la Gran Vía por cuarta vez en apenas cincuenta metros.

La firme decisión que había guiado sus pasos hasta hacía un momento se había evaporado.

Ahora le asaltaban las dudas, y los remordimientos empezaban a cuestionar la intrépida resolución de esa mañana.

Huir es más complicado de lo que parece.

Allí estaba, parada en medio de una de las grandes avenidas de Madrid, insignificante, con una maleta en cada mano, vestida con la austeridad que marcaba el difícil viaje que acababa de emprender —unas playeras desgastadas, unos vaqueros de hacía un par de temporadas, un jersey negro de cuello vuelto y una gabardina beis descolorida—, sin maquillar y con su rubia melena recogida en una escueta coleta.

Dos lagrimones recorrían su rostro, y los mocos amenazaban con asomar por su chata nariz.

Por fin reemprendió su camino con la determinación que la había abandonado poco antes. Y ya no paró hasta que llegó al interior de la boca del metro.

En el intercambiador de Avenida de América comprobó que el autobús para Burgos no salía hasta una hora más tarde.

Así que decidió pasarla en algún bar donde poder tomar algo reconfortante.

Prefirió salir a alguno de los establecimientos situados fuera de la estación.

No dedicó demasiado tiempo a la elección del local.

Cualquiera servía para pasar sus últimos minutos en Madrid por una buena temporada.

Lo que ella no sabía todavía era cómo iban a cambiar las cosas cuando regresara a la capital.

Esa mañana, presa de la rabia, mientras preparaba la fuga —seleccionando qué prendas salvar de la quema, decidiendo qué cosas eran realmente necesarias para su nueva vida y reuniendo toda la documentación de valor necesaria para empezar en otro lugar—, pensaba una y otra vez en la cara de estupor de Javier cuando regresase a casa y se diese cuenta de su ausencia.

Ahora, sentada en aquella mesa, ese mismo sentimiento volvió a azuzarla.

En esas estaba cuando se dio cuenta de que llevaba desde las once sin probar bocado.

Fue hasta la barra y eligió por almuerzo un pincho de tortilla de un grosor que se le antojó desproporcionado.

De nuevo en su silla, justo en el momento en que se llevaba a la boca el primer trozo, descubrió que su mesa se encontraba enfrente de la pantalla de televisión.

Lo que vio le hizo soltar con estrépito el tenedor contra el plato.

Allí estaban ellos: Mario y Bruno. Su imagen aparecía en un primer plano.

Debajo de sus fotos, un titular: «Sigue la búsqueda de los jóvenes desaparecidos en Ciudad Real».

Una voz en off informaba de los escasos avances en el caso.

—Que se jodan —dijo Lucía lo suficientemente alto como para que se dieran la vuelta, asustados, el camarero y los clientes de las mesas cercanas.

—Perdone, señorita, ¿qué ha dicho? —le inquirió el barman, entre enfadado y estupefacto por lo que acababa de oír.

—Que se jodan —repitió Lucía, aún más alto, sin mirarle a la cara, liberando toda la rabia que llevaba acumulada los últimos meses.