La historia perdida de Eva Fuentes 28
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MARGO

Margo entró en el restaurante cinco minutos antes.

Esta vez no pensaba correr riesgos. El cielo estaba oscuro y parecía que iba a nevar.

Caminaba con más precaución de lo habitual porque el hematoma de la cadera le dolía con el frío y a veces tenía mareos tras la conmoción que le había producido el golpe en la cabeza.

Aun así, los médicos le habían dado el alta y no quería perderse lo que iba a pasar ese día.

Dio su nombre al entrar y la condujeron hacia la mesa donde la esperaba Bennett Baskin. Greer no estaba esta vez.

El hombre se levantó para saludarla y se fijó en su aspecto.

—¿Qué tal se encuentra?

—Bastante bien, gracias —respondió, con una pequeña mueca de dolor, al sentarse en la silla que le ofrecía.

—Lamento mucho lo que le ha pasado, que la hayan herido.

—Gracias.

—Les había echado el ojo a un par de sillas francesas del siglo xviii. Según dicen pertenecieron a Luis XIV. Le prometo que será una búsqueda aburrida en comparación. Podemos discutir su tarifa cuando se reincorpore al trabajo, si le interesa conseguírmelas, claro está.

Margo sonrió. Tenía que admitir que Bennett Baskin estaba empezando a caerle bien.

Tenía algo. Seguro que le pagaría una tarifa un poco más alta de lo habitual, su forma de compensarla por todos los problemas que le había causado, aunque no fueran culpa suya.

Cuando despertó en el hospital después del encuentro con Natalia Evans, lo primero que vio fue un ramo de flores gigante en la mesilla.

Tenía buena intención, aunque resultara un tanto arrogante con esa tendencia suya a resolverlo todo con dinero.

Pero aun así estaba claro lo importante que era para él establecer esa conexión con su abuela.

Margo sonrió.

—Estará emocionado al pensar que por fin va a tener el libro de su abuela. Y va a conocer a su prima.

—¿Tan evidente es?

—Su mirada lo dice todo. Es la mirada que ponen mis clientes cuando consiguen algo que llevan mucho tiempo buscando.

Es lo que más me gusta de este trabajo —confesó—.

No pasa siempre, pero a veces los objetos transmiten magia, como si estuvieran esperando a que los encontrara la persona adecuada.

Objetos con una historia, que han vivido un viaje asombroso hasta llegar a ese lugar.

A veces pienso en las aventuras que nos contarían si pudieran hablar.

La novela de su abuela es uno de esos objetos.

La encargada de sala llegó a su mesa acompañando a dos mujeres.

Margo y Baskin se levantaron al mismo tiempo con la atención centrada en las recién llegadas.

Una de las mujeres era menuda y tenía el pelo cuajado de canas. Llevaba un sencillo vestido negro y casi ningún elemento de joyería, tan solo una alianza de oro en el dedo. Completaba el atuendo con unas originales y estilosas gafas negras.

Llevaba un libro en las manos.

Entre lo que ellos mismos habían averiguado, y un par de favores que había pedido Luke a unos agentes estadounidenses con los que había trabajado en un caso de la Interpol, habían encontrado a la verdadera Pilar Castillo en una residencia de ancianos en Cayo Hueso.

Cuando Margo se presentó y le contó lo sucedido, se mostró encantada de coger un avión a Londres.

Baskin, por su parte, estaba más interesado en la mujer que la acompañaba.

Margo los observó un momento. El parecido en el rostro era innegable. La mujer era Evita Alfonso, la nieta de Eva Fuentes.

Ninguno decía nada. Fue Pilar quien rompió el hielo.

—Tienes los ojos de tu abuela —dijo Pilar, mirando alternativamente a Bennett Baskin y a su amiga Evita.

Pilar y Margo se quedaron un poco más atrás para dejar que los primos se saludaran con un abrazo.

Una de las primeras llamadas que habían hecho Luke y Margo después de que esta saliera del hospital fue a Adriana, para decirle que habían encontrado el libro y en breve sería entregado a la familia de Eva.

Adriana y Bennett ya habían hablado y habían quedado en verse en Edimburgo.

Margo no pudo evitar pensar que a Adriana le habría encantado estar presente en el reencuentro y ver cumplida de un modo tan emotivo la promesa de su abuela Zenaida.

Cuando los primos se separaron, Pilar se acercó y entregó a Bennett el libro.

—Tu abuela habría querido que lo tuvieras.

Si Margo fuera una persona más romántica habría dicho que el libro suspiraba de alivio, como si supiera que había hecho un largo viaje para llegar al lugar donde le correspondía estar. Por un momento, Eva Fuentes estuvo allí con ellos.

Margo observó el libro y una ola de tristeza la invadió al pensar en el señor Thornton. A él también le habría encantado, lo habría conmovido ver la importancia que un solo libro había tenido en la vida de tantas personas.

Bennett acarició el libro de su abuela con dedos temblorosos y gesto respetuoso.

—Lamento mucho lo que le ha ocurrido a tu amigo —dijo Pilar a Margo.

—Gracias —respondió Margo, pero la curiosidad la empujó a preguntar—. Perdone que se lo pregunte, pero ¿qué pasó con la lista de libros que buscaba Natalia Evans? No dejaba de insistir en que usted la había ocultado dentro de este libro.

—Sigue ahí dentro. Cuando comprendí que sospechaban de mí, oculté los libros.

Todo ocurrió muy deprisa y tuve que optar por una solución temporal, ya que tenía a uno de los militares castristas viviendo en el piso de al lado.

Así que metí la lista en el libro. Luego tuve que huir de Cuba.

Estoy segura de que esa mujer te contaría lo que le ocurrió a su padre.

—Así es.

—Fui a ver a Eva la noche que hui de Cuba.

Y le confié la lista. Me daba miedo que, si me ocurría algo en el viaje, la lista desapareciera para siempre.

Unas vecinas de mi edificio me ayudaron a esconderme en un barco de pesca.

Me dejaron en Cayo Hueso y decidí quedarme allí.

Estaba lo bastante cerca de Cuba como para seguir sintiendo la conexión con mi país, y a la vez lejos como para no vivir con el miedo constante a lo que pudieran hacerme los castristas.

—Los libros que buscaba Natalia Evans ya no están —terció Evita.

Pilar sonrió junto a su amiga.

—¿Ya no están? —preguntó Margo.

Pilar asintió con la cabeza.

—Sí. Todos han sido devueltos a sus legítimos dueños.

Cuando llegué a Cayo Hueso empecé a trabajar en una biblioteca.

Sabía que no volvería a casarme y que nunca tendría la vida que soñé de joven en Cuba.

Pero seguía necesitando un motivo para seguir adelante, para resistir.

Los libros me dieron ese motivo. Decidí devolvérselos a sus dueños en el exilio.

Había más gente que compartía mi pasión.

No lo hice yo sola. —Dirigió la mirada hacia Bennett—. Eva y Evita me ayudaron.

—¿Cómo? —preguntó él.

Evita sonrió.

—Nuestra abuela era la persona que más admiraba en el mundo.

Fue profesora toda su vida. Hablaba inglés con fluidez, puesto que vivió un tiempo en Estados Unidos.

Me lo enseñó a mí. En aquella época, los años sesenta, Fidel Castro estaba obsesionado con ganarse la buena opinión de la comunidad internacional, con destacar la posición de Cuba para dar legitimidad al régimen.

Su arrogancia era un defecto del que pudimos aprovecharnos.

Yo viajaba a Estados Unidos en calidad de profesora respetada que representaba lo mejor de Cuba.

Me inspiré en mi abuela. La vida bajo el dominio español le enseñó a ser subversiva con disimulo.

Así fue como empecé a quedar con Pilar y nos hicimos amigas.

Yo le llevaba libros cuando podía y ella se los hacía llegar a sus legítimos dueños, que habían huido a Estados Unidos.

Estuvimos así cuatro años, hasta que murió mi abuela y yo decidí abandonar Cuba.

—El libro de Eva me salvó. Y, después, Eva y Evita me ayudaron a salvar los libros que se me habían confiado para su protección —intervino Pilar.

—Es increíble todo lo que hicisteis, los riesgos que corristeis —dijo Margo.

—Si pienso en la valentía de muchos de mis compatriotas, no me parece que fuera para tanto —dijo Pilar—, pero hicimos lo que pudimos.

—Hicisteis mucho —terció Bennett.

—Natalia Evans era del servicio de inteligencia cubano, ¿no? —preguntó Margo.

—Efectivamente —confirmó Pilar—. Vino a Londres para espiar para el Gobierno cubano y luego se casó con un británico.

Hay dudas de carácter diplomático sobre qué hacer con ella.

Lo que hizo, infiltrarse en los círculos de exiliados haciéndose pasar por alguien cuya familia había sufrido numerosas pérdidas cuando en realidad trabajaba para el régimen…

»Cuesta mucho saber en quién confiar. Pasaba lo mismo en Cuba en aquella época. O peor. Había que estar siempre pendiente, hablar bajo no fuera que alguien te oyera y te denunciara. Se llevaron a mi marido y lo mataron.

—Lo siento.

Pilar se acarició la alianza.

—Fue en esa época cuando llegó a mis manos el libro de tu abuela —le dijo a Bennett.

—¿Quieres que te hable de ella? —preguntó Evita.

El hombre tenía los ojos inundados de lágrimas.

—Por favor.

Margo salió del restaurante y dejó allí a los tres charlando. Sacó el móvil ansiosa por contarle a Luke lo que había pasado.

Pero se detuvo en seco.

Luke estaba allí apoyado en la barandilla. Sonrió al verla, una sonrisa que le iluminó el rostro, y Margo sintió un nudo de emoción cuando lo vio acercarse a ella.

—¿Cómo estás? He hablado con Bea y me ha dicho que estabas aquí. Me he pasado a ver cómo estabas.

—Estoy bien. Me duele un poco la cabeza, pero no es grave.

—¿Qué tal han ido las cosas?

—Ha sido impresionante verlos juntos. Y con el libro. Creo que a Eva le habría gustado.

—Lo has hecho muy bien.

Ella negó con la cabeza.