26
PILAR
Dejaron un montón de libros delante de ella, sobre el mostrador.
Pilar echó un vistazo rápido a los lomos como hacía siempre, catalogando mentalmente los libros que devolvía aquel usuario de la biblioteca.
Era una mezcla ecléctica: dos títulos en español que no veía con frecuencia, pese a la población de exiliados cubanos: un libro infantil muy manoseado y uno con una cubierta marrón que conocía bien.
Sorprendida, leyó el título y el nombre de la autora.
Tiempo para olvidar. Eva Fuentes.
Al mirar por encima de la pila de libros, Pilar vio la cara de Evita y lo supo al instante.
—Quería que lo tuvieras tú —dijo con voz temblorosa—. Me hizo prometer que te lo traería.
Pilar salió del mostrador y abrazó a su amiga. Recogió los libros y la llevó a la oficina del personal donde se hacían las tareas administrativas.
Le indicó con un gesto que se sentara en una de las sillas libres frente a su mesa y luego se sentó ella.
—Se ha ido —susurró Evita, como si necesitara decirlo en voz alta, como si necesitara oírlo para creerlo—.
Se fue en paz. Yo estaba con ella. Mi padre también.
Estaba sonriendo. Creo que ella estaba preparada para irse, aunque los demás no lo estuviésemos.
Y ya está. Pero antes… me hizo prometer que te traería el libro.
Los ojos de Pilar se llenaron de lágrimas.
En los últimos cuatro años, Eva y ella se habían escrito innumerables cartas.
Pilar las mandaba al piso de Eva en La Habana y esta respondía a Pilar, dirigiéndose al nombre ficticio que había adoptado tras huir del país por si vigilaban su correspondencia.
Tenían cuidado con lo que se contaban, con las palabras que escribían, y a medida que pasaba el tiempo, Pilar se había dado cuenta de que las cartas de Eva eran cada vez más cortas, y muchas estaban escritas por su nieta.
Por las tardes, Pilar se sentaba en el pequeño balcón de su apartamento, entre el estruendo de la cercana Duval Street, a leer lo que le contaba Eva, lo que a veces se le antojaba como el único nexo con Cuba que le quedaba, separada de su país por un océano y una revolución.
—No puedo hacerlo… El libro debería permanecer en vuestra familia.
Evita negó con la cabeza.
—No, aquí es justo donde debe estar. Lo leí, pero creo que para mí no significó lo mismo que para ti.
Mi abuela vive aquí para mí —dijo, y se puso la mano en el corazón—.
Tengo veinticinco años de recuerdos, de historias y de las canciones que solía cantar cuando me metía en la cama con sus sábanas gastadas.
El lugar del libro está contigo. No te haces idea de lo importante que fue para ella tenerlo en sus últimos años de vida.
Te estaba muy agradecida por tu coraje y tu valentía. Por todo lo que haces.
—Hago muy poco —replicó Pilar.
—No es poco. Estos libros —señaló los libros que había en la mesa de Pilar— pertenecen a una familia que acaba de instalarse en Miami.
Creo que la niña se alegrará de recuperar su libro favorito.
Sus padres confían en que con lo que saquen de la venta de estos dos que están en español, pues son muy raros, puedan comenzar una nueva vida, teniendo en cuenta lo poco que llevaban consigo al llegar.
—¿Dónde nos vemos para devolvérselos? —preguntó Pilar.
Evita le dio un papel con la dirección.
Le pediría el coche a algún compañero para ir al día siguiente, que era su día libre.
—Quédate el libro, por favor —insistió Evita.
Pilar lo cogió y lo estrechó contra sí, invadida por la nostalgia. De pronto, estaba otra vez en La Habana en aquellos últimos días, en aquellos momentos en los que aún no sabía si Enrique estaba vivo o muerto, y luego frente al futuro incierto que se abría ante ella.
Era extraño cómo un libro lograba transportarte de ese modo, cómo la lectura podía conjurar recuerdos de tal viveza que te permitían recordar con absoluta claridad la primera vez que abriste un libro muy querido, y cómo las emociones regresaban en tromba.
—Gracias —dijo Pilar, deseando meterse en la cama con el libro y sumergirse en sus páginas. Se preguntaba qué sensación le darían los personajes ahora que conocía los detalles de la vida de Eva en los que se había inspirado y lo que pasó en realidad.
—¿Has venido por trabajo? —preguntó Pilar.
Profesora como su abuela, Evita había viajado a Nueva York un par de veces con Naciones Unidas porque era muy respetada en su campo, y Castro estaba ansioso por elevar la posición de Cuba en la comunidad internacional y convencer al mundo de la legitimidad de su régimen.
Pilar había quedado con ella un par de veces.
Les ofrecía la oportunidad perfecta para verse y, con su estatus oficial, Evita podía sacar los libros del país: las normas variaban en función de la utilidad que tuvieras para el régimen, y de quién se encargara de la revisión del equipaje en el aeropuerto y cuál fuera su precio.
—No te lo dije la última vez que te escribí porque no quería correr riesgos.
Vine por una reunión y dejé el hotel el día antes de mi fecha de partida.
No voy a volver. —Suspiró—. Mi abuela era el último vínculo que me ataba a Cuba.
Decía que no tenía sentido irse cuando ya le quedaba poco de vida, no quería pasar por algo tan angustioso para los pocos años que le quedaran.
Mi padre lleva ya cinco años en Nueva York, y, sinceramente, no sé si volvería aunque pudiera.
Ha construido una vida aquí, tiene su restaurante. Es feliz.
Estados Unidos había aprobado una ley cuatro años atrás que abría un camino a los cubanos para conseguir la residencia permanente legal y conseguir el permiso de trabajo a aquellos que llevaran dos años viviendo en el país.
Pilar había recibido su permiso de residencia dos años atrás, algo que le había resultado agridulce.
—Yo también quiero ser feliz —continuó Evita—.
La situación en Cuba se está deteriorando muy deprisa.
Hay tantos solicitantes para abandonar la isla en los vuelos de la libertad que hay una lista de espera de dos años.
No la reconocerías de lo mucho que ha cambiado en solo cuatro años.
—Vaciló antes de continuar—. Estoy preocupada por Esteban.
Pilar tardó un momento en entender.
—¿Esteban?
Evita se sonrojó.
—Hemos intimado.
Pilar sonrió.
—Ya veo.
Los dos conectaron tras la marcha de Pilar.
Esteban seguía fiel a su compromiso de luchar contra el régimen.
Le había escrito desde Estados Unidos para contarle que había llegado sana y salva, y para ponerlo sobre aviso de Ignacio y su contribución a la detención de Enrique.
Al final, Esteban se había convertido en un aliado que ayudaba a Evita a sacar a escondidas los libros, porque sabía qué empleados del aeropuerto se podía sobornar, qué inspectores hacían la vista gorda cuando aparecía un bulto de más en un cargamento.
Y por lo que parecía, su amiga lo amaba.
—Ha conseguido plaza en un vuelo. Por fin. Va a dejar Cuba. Tiene que hacerlo. No sé cuánto más puede seguir arriesgándose y ya ha estado en la cárcel una vez. —Vaciló de nuevo—. Nos casaremos cuando llegue a Estados Unidos.
Pilar la miró con lágrimas en los ojos. Si Enrique viviera, abriría una botella para brindar por la feliz pareja. A eso se había referido Eva aquella primera noche en su casa, los momentos de felicidad en lo más negro de la vida.
—Qué buena noticia. Me alegro mucho por vosotros.
—Gracias —respondió Evita, y se puso seria—. Pero no he venido a verte solo por eso. Esteban quería que te diera un mensaje.
—¿Qué ha pasado?
—La familia del comandante te está buscando.
—¿Qué?
Esteban le había dicho que el comandante había sobrevivido, pero le habían quedado secuelas.
—Acaba de enterarse. No piensan dejar el asunto. Están furiosos, quieren vengarse, y tienen muchos contactos en los servicios de inteligencia cubanos. Su padre es general. Dicen que el comandante no está bien, que las heridas que sufrió le están pasando factura.
Pilar sintió un escalofrío en la espina dorsal.
Por un momento se vio otra vez en La Habana, asfixiada entre las paredes de su pisito. Tuvo que inspirar profundamente para llenarse los pulmones de aire y recordarse que ahora estaba en Cayo Hueso, en Estados Unidos, donde el Gobierno cubano no podía hacerle nada.
¿O sí?
Pilar abrió el libro de Eva y sintió como si saludara a un viejo amigo. A su lado, en la mesilla, aguardaba el punto de lectura de Enrique para cuando tuviera que señalar por dónde iba.
Recordó la emoción en los ojos de Eva cuando habló de la hija que había tenido y perdido e imaginó lo que tuvo que sentir aquella mujer joven, embarazada, desnudando su alma sobre el papel con la esperanza de que algún día su hija lo leyera.
Se había preguntado si con el tiempo la novela tendría un impacto menor en ella, pero volvía a estar subyugada.
Ahora más que nunca se identificaba con el viaje que hacía la protagonista del libro, cruzar el océano para comenzar un nuevo capítulo de su vida.
Ahora más que nunca comprendía lo que significaba sobrevivir a una pérdida inmensa, y aun así encontrar la paz y la felicidad en una vida que no era la que habías imaginado, sino la que habías forjado por ti misma.
La novela tenía un sabor familiar y nuevo al mismo tiempo, porque era ella la que había cambiado desde la primera vez que la leyó.
¿Quién podría sospechar la extraña alquimia que unía a un lector con un libro más allá de decir que igual era cosa del destino, que algunos libros estaban llamados a encontrar a algunos lectores en el momento en el que más los necesitaban?
Pilar empezó a leer.