24
MARGO
Llamaron a la puerta de la habitación de Margo.
Luke había reservado habitaciones contiguas en un pequeño hotel boutique en Beacon Hill.
Las habitaciones eran bonitas y agradables, la cama de dos por dos era muy cómoda y la ducha tenía la presión ideal.
Y no estaba mal tener a Luke al lado. Después de ver en el aeropuerto de Edimburgo al hombre que la había estado siguiendo, se sentía como si llevara una diana en la espalda.
Margo se quitó la toalla del pelo mojado. Se había duchado al volver de la biblioteca, cansada después del largo día de viaje. Era de madrugada en Londres y su cuerpo estaba desacompasado. Aún no habían comido, había optado por dar prioridad a asearse y cambiarse de ropa.
Se acercó a la puerta y miró por la mirilla.
Era Luke.
Descorrió el cerrojo y abrió.
—He comprado sushi en un restaurante aquí al lado —dijo al tiempo que levantaba las bandejas—. ¿Tienes hambre?
—¡Sí! Gracias. Yo he preferido ducharme, pero estaba pensando que comer algo me vendría de lujo.
—He traído un montón de salmón, sé que es tu favorito. Y he comprado sake también.
Margo gimió agradecida.
—Eres el mejor. Gracias.
—De nada. Imaginé que tendrías hambre.
Tenía toda la pinta de que él también se había duchado y cambiado de ropa, porque ya no llevaba los pantalones oscuros de antes. Llevaba unos de deporte grises y una sudadera negra con capucha.
Le sentaba muy bien todo.
Realmente bien.
—¿Por qué no comemos aquí? —sugirió Margo y señaló la pequeña zona de estar al lado de la cama.
Luke dispuso la comida en la mesa y se sentó cerca del sofá en una de las sillas. Margo lo hizo en el sofá, a su lado.
Comieron en silencio durante unos minutos y lo acompañaron con el sake. Habría sido raro si no fuera por la cantidad de veces que se habían encontrado en esa situación después de un largo día. Era fácil adoptar cada uno su rol y actuar con la familiaridad aprendida.
—¿Quieres que veamos algo en la tele? —preguntó Luke.
—Vale, pon lo que quieras.
Margo dejó a un lado la comida y se acomodó en el sofá mientras Luke elegía una serie de misterio de la que habían visto la primera temporada cuando estaban juntos.
Por entonces solían sentarse un rato en el sofá por la noche y cenar viendo la tele. Casi no usaban la mesa gigante que les habían regalado sus padres. Esos habían sido sus momentos favoritos, poder relajarse después de otro día de trabajo febril mientras levantaba su empresa.
Un episodio se convirtió en dos y cuando Luke se removió incómodo en la silla, lo invitó a sentarse con ella en el sofá. Lo dudó un momento antes de aceptar.
Más tarde pensaría en cómo se había desarrollado la noche, desde el momento en que Luke se presentó en la puerta de la habitación con la cena, o no, antes incluso, tal vez mientras se duchaba, hasta que lo invitó a sentarse con ella en el sofá.
La cuestión era que habían salido juntos, se habían prometido y se habían casado.
Conocían los movimientos del otro como la palma de la mano.
Margo sabía que cuando Luke fue a su habitación con sushi no pensaba solo en cenar.
Qué porras, sabía que iban a terminar así desde el momento en que le dijo que ya no estaba con Sasha.
Y seguramente él también sabía que ella no pensaba solo en ver la tele cuando lo invitó a sentarse en el sofá a su lado.
Los dos habían estado manteniendo una conversación sin necesidad de hablar que los había llevado a estar juntos en un sofá enano no más cómodo que la silla de antes, con la pierna de Luke pegada a la suya.
Margo no sabía cómo hacer para no toquetearse el pelo de los nervios que tenía.
Al final, Luke se giró hacia ella.
—Esto es raro.
Margo se rio sin poder evitarlo.
—Sí que lo es.
Luke tragó saliva antes de hablar otra vez.
—Pienso… mucho en ti. He pensado mucho en ti en este tiempo.
Nunca he dejado de hacerlo. Creo… Quería ayudar a Mitch, claro.
A ver, lo último que necesitaba era preocuparse por el trabajo, pero, sinceramente, cualquier otra persona podría haberse encargado.
Me autoconvencí de que yo era el más adecuado porque ya había trabajado en casos similares contigo y tenía contactos útiles, como el señor Thornton, pero la verdad es que creo que cogí el caso porque me daba la excusa perfecta para hablar con alguien que te conocía, que trabajaba contigo.
Porque como ya he dicho, pienso mucho en ti.
Te echo de menos. Nunca he dejado de hacerlo.
Pues ya estaba.
No le sorprendió que Luke hubiera decidido sacar el tema, sobre todo después de cuánto estaban mareando la perdiz, pero ahora que le había arrojado el guante, no le quedaba más remedio que enfrentarse a sus miedos.
Le pitaban tanto los oídos que casi no lo oía.
No era buena idea. Estaban divorciados. Le había costado mucho recuperarse después de separarse. ¿Cómo se las arreglaría cuando las cosas se torcieran? Porque se torcerían. Era inevitable.
Se produjo un silencio incómodo. Margo observaba el sofá, concentrada en el tejido de la tapicería sin poder moverse mientras se decía que tenía que levantarse y separarse de él, pensar con sentido común y razonar las cosas.
Siguió mirando el sofá porque sabía que si levantaba la cabeza, si lo miraba a los ojos y veía el deseo reflejado en ellos, el deseo que percibía en su voz…
Y entonces lo dijo porque era la verdad, y sobre todo porque Luke merecía que le dijera la verdad.
—Yo tampoco he dejado de pensar en ti. Y también te echo de menos.
Ella se movió primero y mandó a la porra las dudas.
Lo besó.
En un principio Luke se quedó inmóvil. Al parecer no se esperaba que ella tomara la voz cantante, pero al segundo le rodeó la cintura con los brazos y la estrechó contra su cuerpo como si no quisiera dejarla escapar.
Margo abrió lentamente los ojos. El sol se colaba en la habitación a través de las cortinas. Se giró hacia un lado.
Luke no estaba.
Se sentó en la cama y las sábanas se deslizaron por su cuerpo hasta la cintura. Cobró consciencia de pronto de lo que había pasado.
Habían hecho el amor. Dos veces. Y después habían dormido juntos, cómodamente encajada contra su cuerpo, los dedos entrelazados, las palmas juntas, el latido de su corazón contra su espalda.
Luke no la había soltado en toda la noche, lo que era extraordinario, pues cuando estaban casados no eran de los que dormían pegados, sino que cada uno prefería tener su espacio y descansar bien. Pero eso era antes…
Si hubiera sabido que la última noche que durmieron juntos como pareja casada iba a ser la última, ¿se habría dado la vuelta o lo habría abrazado como la noche anterior?
Sobre la almohada, con la marca que había dejado su cabeza, Luke había dejado una notita con el logo del hotel.
Margo la cogió y leyó lo que había escrito:
He bajado a por un café. No quería despertarte. Te subo un cappuccino. He conseguido cita para ver a los de Flintrock a las 10:00.
Luke ¿Lamentaba lo que había sucedido?
En ese momento sonó el teléfono.
Miró la pantalla esperando —confiando, mejor— en ver el nombre de Luke.
Greer.
No hacía ni cuatro días que habían hablado, desde que le mandó la foto de Luke, pero parecía que hubiera pasado una eternidad con todo lo que había ocurrido en tan poco tiempo.
Aunque no trabajaba para él, no pudo resistirse a contestar. Al fin y al cabo, habían ido a Boston en parte para saber más sobre el misterioso Greer y la persona que lo había contratado.
—Mi jefe quiere verla —dijo Greer.
—Creo que no tenemos nada que hablar y menos después del truquito ese de enviarme aquella foto. Alguien ha entrado en mi oficina. Le he devuelto el dinero que me pagó. No tengo nada más que hacer con ustedes.
—Por favor… —Lo dijo como alguien que no estaba muy acostumbrado a decirlo—. Entiendo que esté molesta. Mi jefe está tan preocupado como usted por la dirección que ha tomado todo el asunto. Le aseguro que no pretendía que hubiera heridos, y mucho menos muertos.
La puerta de la habitación se abrió y entró Luke con cara de entusiasmo y el móvil en la mano. Se detuvo cuando la vio hablando por teléfono.
—Es Greer —dijo Margo, articulando las palabras en silencio. Y a continuación puso la llamada en altavoz.
Luke se acercó a ella a toda prisa.
—¿Quién es su jefe? —preguntó Margo—. ¿Quién me contrató? Es lo menos que merezco.
—Se llama Bennett Baskin. Es un empresario estadounidense. Le gustaría hablar un minuto con usted. Podemos vernos en un sitio público. Donde usted quiera. Entiende que la asuste reunirse con él, pero confía en que lo reconsidere cuando hable con él y le explique por qué quiere el libro.
¿Qué relación tendría aquel hombre con un libro escrito por una autora cubana a principios del siglo xx?
—¿Por qué no puede decírmelo usted? Déjeme que sea yo quien lo decida.
—Como le dije cuando nos reunimos, es un asunto personal. No me corresponde a mí decirle nada. Está en Londres. Ha estado fuera por negocios, pero ha venido para verla y hablar con usted en persona.
Margo vaciló. No pensaba que su cliente tuviera nada que ver con los ataques, y mentiría si no admitiera que se sentía atrapada por el misterio de aquel libro extraño y también un poco culpable y responsable de la muerte del señor Thornton. Pero eso no quería decir que confiara en él.
Probablemente no debería haber contemplando la posibilidad de escuchar lo que quería decirle, pero sentía que se lo debía al señor Thornton. Todo había comenzado con ese tal Bennett Baskin contratándola. Tenía que llegar al fondo de la cuestión.
—¿Su jefe está en Londres ahora mismo? —preguntó tras tomar la decisión.
—Se hospeda en un hotel en Mayfair —confirmó Greer.
—No estoy en Londres ahora mismo. Deje que me lo piense. Se lo confirmo en breve.
Cortó la llamada con el corazón acelerado.
—¿Lo has oído? —preguntó a Luke.
Este asintió con la cabeza.
—Por fin tenemos un nombre. Pero, escucha, sabes que había rumores de que iban a subastar el libro, ¿no?
—¿Tienes confirmación de alguna casa de subastas?
—Sí. ¿Te acuerdas de la bibliotecaria cubana de quien nos habló Adriana? Se llama Pilar Castillo. Ella es la persona que lo tiene en su poder y quiere subastarlo. Me lo acaba de decir un contacto. Pilar está en Londres. Así que el libro también.