La historia perdida de Eva Fuentes 23 #2
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—Y así terminé el libro y nació mi hija. Lo más difícil que he hecho en mi vida ha sido separarme de ella. Encontré una editorial en Boston y les envié el libro, y luego cogí un barco de vuelta a La Habana.

—¿Sabes qué pasó con tu hija… con mi tía? —preguntó Evita.

—La adoptó una pareja de Boston que no podía tener hijos, creo.

No los conocí, ni siquiera sé cómo se llamaban, pero algunas enfermeras se apiadaron de mí y me dijeron que parecían buenas personas.

Tuve en brazos a mi pequeña unos minutos cuando nació y luego…

No pasa un solo día en que no piense en ella —añadió en un susurro.

La pieza final del rompecabezas encajó en su sitio.

—Perdone, Eva, pero dentro del libro había un papel doblado, una carta. Pensé que era una carta de amor, no lo entendí… —Pilar se detuvo porque se le quebró la voz.

Eva abrió el libro y lo hojeó. Se detuvo al llegar al capítulo en el que había metido la carta. Acarició muy levemente la página con los dedos, pero no hizo ademán de desplegar la carta. A lo mejor prefería leerla en la intimidad.

—La escribí para ella —explicó Eva con una sonrisa triste—. Cuando estoy feliz, cuando estoy triste, cuando necesito expresar mis emociones, escribo. He escrito innumerables cartas a mi hija, aunque sabía que no tendría oportunidad de hacérselas llegar.

—Lo siento —dijo Pilar—. Siento haber venido y haberla hecho pasar por todo esto. No quería entristecerla.

—No se disculpe —contestó ella, y miró el libro—. Me ha traído algo maravilloso. Creía que no volvería a verlo. Siempre quise ser escritora. Me sentía muy sola, invisible en el mundo que me tocó vivir. Lo que más deseaba era que mis palabras le llegaran a alguien, que les hablara.

—No sabe cuánto ha significado para mí su libro.

—Gracias.

Eva miró a su nieta.

—Me casé con el abuelo de Evita años después. No… fue un buen matrimonio.

Si la chica se sorprendió al oír hablar a su abuela con esa sinceridad, no lo demostró.

—Nos divorciamos cuando nació nuestro hijo, el padre de Evita.

Por eso perdimos el contacto Dolores y yo.

Ella no quería que me casara con él. Creía que no estábamos hechos el uno para el otro, que no iba a ser feliz.

No se equivocaba, en cierto modo. No estábamos hechos el uno para el otro, aunque al final encontré la felicidad en mi hijo y después en mi nieta.

Dolores y yo tuvimos una pelea enorme en su momento, de esas que solo pueden tener las amigas que son como hermanas.

Evita frunció el ceño.

—¿Cómo conseguiste…?

—¿Sobrevivir? —preguntó Eva con una sonrisa triste.

Evita asintió con la cabeza y Pilar se inclinó hacia delante, ansiosa por oír su respuesta y encontrar tal vez algo que le diera esperanzas.

—Supongo que se suaviza con el tiempo —dijo—.

La gente lo dice siempre, así que tiene que ser cierto.

—Se rio—. Las pérdidas te acompañan siempre; el dolor pasa a formar parte de lo que eres.

Algunos días es una herida abierta como el primer día, y otros es más un dolor sordo.

—Sonrió—. Pienso en mi hija, tu tía. La imagino en el mundo, imagino la vida que lleva.

A veces hablo con ella. Le escribo cartas que no le enviaré nunca.

Celebro su cumpleaños todos los años. No puedo lamentar lo que ocurrió, no puedo lamentar los errores que cometí porque sé que está ahí, viviendo su vida.

No la conoceré nunca, no la veré nunca, pero saber que existe me basta.

»Quería revelar el tipo de hombre que era James.

Al principio ese era el plan, dejarlo en evidencia.

Pero escribí Tiempo para olvidar mientras mi hija crecía en mi vientre.

A veces le leía pasajes. Y si por casualidad llegaba a leerlo, no quería que sintiera que no era producto del amor.

Puede que James no fuera capaz de amar, por eso decidí darle yo el doble.

Le regalé nuestra historia, o la parte buena, al menos.

Sé que sonará ingenuo o fantasioso, lo sé, pero solo tenía eso, las palabras. Quise creer que era suficiente.

Pilar se limpió las lágrimas.

—Lo fueron —dijo.

—He tenido una vida dura, pero muchos otros dirán lo mismo. También ha habido más alegría y amor de lo que creí posible. Mis hijos, mi nieta, lo son todo para mí. Son mi legado.

Estuvieron charlando una hora más pasando de la vida personal a los libros con los que habían disfrutado. Cuando llegó la hora de irse, Pilar se levantó.

Eva cogió el libro. Contempló la cubierta y acarició el título como si estuviera tocando algo especialmente fino y delicado, como si sostuviera sus recuerdos en las manos.

—Gracias por venir a devolvérmelo, por dejarme verlo de nuevo. Significa más para mí de lo que puedas imaginar. Me gusta pensar que las cosas ocurren como está escrito que pasen, aunque nos cueste entenderlo. Me alegro de que mi libro te encontrara. Me alegro de que nos hayamos conocido.

Pilar asintió con la cabeza, demasiado emocionada para hablar.

Había algo en los libros que acercaba a las personas, una pasión, una devoción que creaba un vínculo íntimo y una comprensión.

Al fin y al cabo, los libros apelaban a lo más hondo del alma y unían a los lectores de maneras inolvidables.

Compartir un libro favorito era como crear una historia común entre personas que habían transitado por la vida y el mundo que existía en sus páginas.

Pilar estudió detenidamente a Eva Fuentes un momento, consciente del peso de lo que había descubierto esa tarde. Se había equivocado al confiar en Ignacio, ahora lo sabía. Pero tenía la sensación de que esta vez no se equivocaba.

Vaciló aún un instante antes de meter la mano en la bolsa.

—Necesito ayuda.