La historia perdida de Eva Fuentes 23
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PILAR

Por un momento, Pilar pensó que había oído mal.

—¿Qué era mentira?

—El amor entre los protagonistas, Ana y Michael.

El romance. Todo. Michael, o el hombre que me sirvió de inspiración, no era como lo describo en la novela.

Sí, es una historia ficticia, pero se inspira en gran medida en mi vida, en cosas que ocurrieron cuando asistí a la Escuela de Verano para maestros cubanos.

»Cuando salí de Cuba aquel verano para ir a Boston, estaba escribiendo una novela diferente.

Llevaba años escribiéndola, pero, en realidad, no me decía nada.

No dejaba de modificar la historia y los personajes, pero no funcionaba.

No sé cómo explicarlo. Cuando te dedicas a escribir, a veces ocurre que sientes que todo encaja en su sitio.

Nunca me había pasado hasta que empecé a escribir Tiempo para olvidar .

Eva tomó aire profundamente y, aunque hablaba de cosas que habían ocurrido sesenta años atrás, Pilar percibía la rabia y el dolor en la habitación.

A su lado, su nieta la miraba estupefacta.

—Nos conocimos en Harvard, como cuento en la novela.

En un baile. Pero lo de que me invitó a bailar no ocurrió de verdad.

—Eva esbozó un amago de sonrisa—. Ni siquiera entonces habría bailado.

Nunca se me dio muy bien, no como a Dolores.

La verdad es que le tenía un poco de envidia por ello.

Poseía una delicadeza que yo no tuve nunca, pero que me habría gustado poseer.

Así que decidí darle un poco a Ana, y me inventé que conocía a Michael en un baile y él la conquistaba totalmente.

—Sonrió—. Tenía que ser valiente cuando escribía sobre Ana.

Tenía que ser la versión de mí misma que me habría gustado ser.

Ana era una aspiración. Como una hermana mayor a la que admiras o una amiga a quien pedir consejo.

Ana también había vivido una guerra y no había salido indemne, como yo.

Aunque no la había desgastado tanto como a mí.

—¿Y Michael? —preguntó Pilar.

Eva cerró los ojos un momento. Cuando volvió a abrirlos, parecía estar muy lejos de allí, en otro lugar y otro tiempo.

—El verdadero nombre de Michael era James.

Cuando nos conocimos, pensé que estudiaba en la universidad.

El programa nos animaba a entablar amistad con los alumnos.

Más tarde me enteré de que era periodista.

Quería escribir un artículo sobre el programa de la Escuela de Verano desde la perspectiva de uno de los docentes cubanos.

No sé hasta qué punto empezó a hablar conmigo con ello en mente.

Ya no sé qué creer. Insistió en que no lo había hecho por eso, que yo le importaba, pero luego descubrí que era capaz de decir muchas cosas que no pensaba en realidad.

—En el libro no es periodista.

—No, eso también lo cambié. Era mi vida y a la vez no lo era, ¿entiendes?

Escribí las verdades que necesitaba sacar de mí misma, y el resto lo modifiqué para no sentir que había desnudado mi alma por completo.

Escribir un libro es un poco como ir por la calle semidesnuda.

Resulta difícil saber si has revelado demasiado.

Es mejor emborronar un poco las cosas para proteger las partes de ti misma que te hacen sentir más vulnerable.

—¿Por eso lo escribió en inglés? También tenía curiosidad sobre eso.

Eva sonrió, pero el efecto fue de tristeza.

—No, escribí en inglés justo por lo contrario, de hecho.

No porque quisiera omitir partes de mí, sino en parte porque quería que James lo leyera.

No quería que pudiera mirar para otro lado.

En una ocasión me preguntó si alguna vez escribiría algo en inglés para que él pudiera leerlo.

No hablaba español. Toda nuestra relación fue en inglés.

Quería devolverle toda mi rabia y todo mi dolor.

—¿Qué ocurrió entre vosotros? —preguntó Evita.

—Que yo me enamoré de él —respondió su abuela, acariciándole la mano—.

Sabía que no era buena idea, sabía que no debía hacerlo.

Pero James tenía algo… Hacía que me sintiera especial.

Y pensé que mi amor era correspondido. Nunca había sentido nada parecido antes de conocerlo, no había pasado de darle la mano a un hombre.

Pero James era inteligente y divertido, y perdí la cabeza.

Era la primera vez en mi vida que me pasaba algo así.

Me pasó todo lo que cuentan las novelas.

Estuvimos juntos prácticamente todo el verano, pero yo tenía que volver a La Habana.

Aquí me esperaba mi trabajo de profesora y tenía responsabilidades.

Como Ana en la novela, yo también me preparé para despedirme del único hombre que había amado.

—¿Pensaste alguna vez en quedarte en Boston? —preguntó Evita.

—Sí. Quería que me pidiera que me quedara, quería que me pidiera mucho más, sinceramente. Pensé… pensé que me había prometido muchas cosas. No sé. Era joven e ingenua. Pensé que era como los héroes de mis libros. Me dijo que me quería y me lo creí. Me dijo que vendría a verme y me lo creí.

—¿No lo hizo? —preguntó Evita.

—No, claro que no.

Eva se levantó con piernas temblorosas y se acercó a la ventana, de espaldas a su nieta y a Pilar.

Se produjo un silencio.

—Me di cuenta de que estaba embarazada a las pocas semanas de regresar —dijo, pronunciando cada palabra despacio, como si le costara un mundo verbalizarlo.

Pilar miró a Evita. La joven se había puesto pálida y miraba a su abuela boquiabierta.

—Estaba muerta de miedo —continuó—. No había pensado en tener hijos, casi no podía mantenerme yo sola. Me las apañaba con el sueldo de profesora en un país que acababa de salir de un conflicto terrible. No tenía familia.

»Escribí a James de inmediato para contárselo.

—Se volvió a mirar a su nieta—. Me avergüenza admitirlo, pero le pedía que se casara conmigo en la carta.

No era algo habitual, pero no tenía alternativa.

Lo amaba. Pensaba que él me amaba a mí. Íbamos a tener un hijo, aunque no lo hubiéramos planeado.

Esperaba que nos casáramos y que nuestra historia tuviera el final feliz que solo me había atrevido a soñar.

Esperé meses a que me respondiera. No lo hizo.

—Lo siento mucho —susurró Evita.

—Me preocupaba que le hubiera pasado algo, que mi carta se hubiera perdido por el camino.

Volví a escribirle y seguía sin responderme.

Cuando estaba de tres meses, no pude seguir esperando.

Ya no podía ocultarlo. No sabía qué hacer.

Le escribí una última carta para decirle que iba a Boston.

Compré un billete de barco y recé por que todo saliera bien.

Confiaba en que me respondería que estaría allí esperándome.

»Pero yo sabía que algo no iba bien. Intentaba tener fe, pero lo sabía. Simplemente, no quería hacer frente a lo inimaginable, porque la verdad era que no tenía nada, no tenía ninguna opción buena. Así que fui a Boston.

—¿Lo viste? —preguntó Evita.

Pilar sentía que no le correspondía estar presente en ese momento familiar tan íntimo, pero algo en la conducta de Eva daba a entender que necesitaba desahogarse contándoles aquella historia que le había pesado mucho durante demasiado tiempo.

No parecía importarle que Pilar estuviera delante.

Puede incluso que estuviera aprovechando su presencia para amortiguar el golpe para su nieta.

—Sí —respondió—. Cuando me presenté en el periódico donde trabajaba, me miró horrorizado.

Allí me enteré de que ya estaba casado, así que no íbamos a casarnos.

Me pidió disculpas y lamentó lo ocurrido, la situación en la que me encontraba.

Y eso fue todo. La ardiente llama de mi gran historia de amor se apagó en un instante.

—Qué cobarde. Menudo… —exclamó Evita.

—Sí, todo eso.

—Lo siento —dijo Pilar—. No puedo ni imaginar lo aterrador que tuvo que ser para usted encontrarse sola en el mundo tras descubrir la traición de un hombre en el que confiaba, y, encima, embarazada.

—Me sentí… No sé cómo… Me cuesta encontrar las palabras para describir mi desesperación. Y mi rabia. Estaba furiosa con él, y conmigo misma. Había un hogar para madres solteras en Massachusetts, gestionado por la iglesia, y fui para tener a mi bebé. Y para darlo en adopción.

»No me quedaba otra opción. Nadie me contrataría para dar clases sabiendo que tenía una hija y no estaba casada.

No se fiarían de mí. ¿Y cómo iba a mantenernos a las dos sin poder trabajar?

¿Cómo habríamos sobrevivido? Fue la decisión más difícil que he tomado en mi vida.

No pasa un solo día en que no lo lamente, que no me repita que fue la decisión correcta aunque me partiera el alma.

Pilar se limpió una lágrima que le cayó por la mejilla y Evita lloraba sin contención alguna.

—Me sentía muy sola allí. Era todo silencio y tristeza, rodeada por otras mujeres en situaciones tan horribles como la mía, cada una pasando por la rabia y el duelo como podía.

Sentía que mi cuerpo era una bomba de relojería y, aunque sabía que no me quedaba otra, creí volverme loca a medida que se acercaba la fecha, a medida que llegaba el momento de separarme de mi bebé.

Tiré a la basura el libro que estaba escribiendo cuando llegué a Harvard y conocí a James.

Y empecé a escribir Tiempo para olvidar .

Lo escribí entre las patadas del bebé y las noches insomnes a causa del malestar; en los días en los que solo me levantaba de la cama porque sabía que tenía que hacerlo por mi hija.

Pilar lo entendió ahora que Eva les estaba explicando por lo que había pasado mientras escribía la novela.

Desde el primer momento había percibido ese algo en Tiempo para olvidar , esa tensión, esa historia por debajo de la historia.

Era la rabia y la tristeza lo que atravesaba el amor descrito en las páginas, y eso era lo que más la había atraído del libro.

Turbulenta en algunas partes como lo era la vida misma, dolorosa.