22
EVA
Eva estaba en la calle observando el edificio de ladrillo del periódico. Se puso la mano en el vientre y se acarició el bulto que ya iba creciendo.
En el viaje en barco desde La Habana había tenido muchas náuseas.
La vez anterior, el viaje había sido una aventura, pero embarazada la cosa era muy diferente.
Claro que estaba empezando a comprender que todo era diferente ahora.
Los alimentos que antes le gustaban, ya no le sentaban bien; las actividades que antes realizaba con soltura, ahora le resultaban agotadoras.
Estaba siempre cansada, algo que no dejaba de sorprenderle, puesto que el embarazo apenas se le notaba.
El viaje había sido peor de lo que esperaba, pero tenía que ir.
Había escrito a James, como se habían prometido.
Las primeras cartas trataban de su vuelta a la vida en Cuba, de las clases, de cuánto lo echaba de menos.
No recibió respuesta.
Y poco después, la realidad se hizo patente, el período no le bajaba y su cuerpo había empezado a cambiar.
El tono de la siguiente carta fue de desesperación.
Y tampoco recibió respuesta.
Así que decidió ir a Boston.
Eva entró en el edificio. Lo primero que notó fue el ruido. Siempre había tenido curiosidad por la carrera de James, por lo que empujaba a una persona a hacerse periodista. Su lugar de trabajo era tal como se lo había imaginado y a la vez para nada lo era.
Había mucho ajetreo, la redacción estaba llena de hombres trabajando delante de la máquina de escribir que de vez en cuando hablaban a gritos a algún compañero sin moverse del sitio. Observó la amplia sala con el corazón en la garganta, buscando a James, pero no lo vio.
—Disculpe —le dijo al hombre de la mesa más cercana—. ¿Está aquí James Webber?
El hombre levantó la vista del papel que estaba leyendo.
—¿James? Estará en la parte de atrás. —Acompañó las palabras con un gesto de la cabeza en dirección al pasillo que había al otro lado—. Seguro que lo encuentra por allí. —La miró con detenimiento y debió de ver algo en su expresión que encendió la chispa periodística—. ¿Tiene una historia para él?
—Algo así.
Eva pasó por su lado y otros la miraron al pasar. Enfiló el pasillo hasta una pequeña sala donde estaban lo que parecían ediciones pasadas del periódico.
James estaba sentado en medio de todo aquello, encorvado sobre un montón. Por suerte, estaba solo.
Había pensado tantas veces en ese momento que, ahora que lo tenía delante, tuvo que apoyarse en el marco de la puerta para hablar con él.
A lo mejor no había recibido las cartas en la casa de huéspedes en la que vivía. A lo mejor todo había sido un malentendido y se alegraría de verla y de saber que estaba embarazada, se daría cuenta de que había hecho el largo viaje porque lo amaba.
James levantó la cabeza y las esperanzas de Eva se vinieron abajo.
La miró con estupefacción en vez de con alegría, y luego algo que en el mejor de los casos describiría como pánico transformó por completo su expresión.
Eva entró y cerró la puerta. Y se tocó la barriga.
James siguió el movimiento con la mirada, y permaneció allí unos segundos antes de subirla lentamente y mirarla a la cara.
—¿Qué haces aquí?
Era un milagro que no oyera el corazón de Eva partirse en dos.
—¿Has recibido mis cartas? —preguntó Eva, pasando por alto la pregunta de James. Había hecho un viaje muy largo y no se iría sin obtener las respuestas que necesitaba.
—No. —Vaciló un momento antes de seguir—. Ya no… no vivo en el mismo sitio.
—No me has escrito.
James fijó la mirada en la puerta, justo detrás de ella.
—Este no es momento ni lugar para hablar.
—No sabía adónde ir. Tenía que verte. —Inspiró profundamente—. Estoy embarazada.
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo vas a estar embarazada?
—Como pasan estas cosas, supongo —respondió ella con una calma terrible.
—Pero yo tomé precauciones —siseó él y la agarró del brazo para acercarla a él—. Además —dijo muy bajo—, no puedo tener niños. No puede ser mío.
—Las precauciones no funcionaron y el niño es tuyo. No he estado con nadie más —respondió ella, soltándose.
Se apoyó en la puerta, aliviada de poner distancia entre ellos.
Volvió a acariciarse la barriga mientras lo observaba, tratando de entender cómo podían haberse estropeado tanto las cosas.
El hombre que ella creía amar, el hombre con quien siempre se había sentido a gusto, el hombre en quien había confiado no aparecía por ninguna parte.
Lo supo antes de ir. Lo supo al no recibir respuesta a sus cartas y no presentarse en su casa con un anillo.
Sabía que allí terminaba su aventura antes incluso de subir al barco en dirección a Boston, pero aun así había ido porque se negaba a que James se librara de ella tan fácilmente, como si no hubiera significado nada, como si ese bebé no significara nada.
—Estoy casado.
Lo dijo con rabia, como si fuera una acusación sobre ella y no sobre él.
Eva lo miró horrorizada.
—¿Desde cuándo? ¿Hace poco? ¿O siempre lo has estado? ¿Me mentiste desde el principio?
James miró hacia otro lado.
—Cinco años.
«Cinco años».
Si fuera otra persona, si hubiera llevado otra clase de vida, una que no hubiera estado definida por la guerra, la muerte y esa especie de inseguridad que lo invadía todo e infundía un miedo que nunca acertabas a quitarte de encima, en ese momento se habría derrumbado.
Si no hubiera vivido ya pérdidas desgarradoras, puede que se hubiera desplomado en el suelo, o que hubiera gritado, o que hubiera llorado, o que le hubiera aporreado el pecho mientras descargaba en él toda su rabia.
Y por un momento lo hizo. Por un instante dejó que todas esas emociones la inundaran, la angustiaran, y sucumbió al dolor y la pena.
Pero fue solo un instante.
Después de todo, la vida le había demostrado que era más fuerte que los problemas que pudieran salirle al paso, por insalvables que pareciesen.
Lo superaría, no sabía cómo, pero lo haría.
Sin embargo, se le abrieron nuevas grietas en la armadura que se había construido alrededor.
Era inevitable. Había sido una tonta al confiar en él.
Pero no podía echarse la culpa. Y no lo haría.
¿Qué clase de hombre engañaba a una mujer como había hecho él?
¿Qué clase de hombre se negaba a hacerse responsable de sus actos?
—¿Cómo pudiste? Después de todo, después de jurarme que serías sincero conmigo, después de prometerme que podía confiar en ti.
James no dijo nada. No se molestó en responder.
¿Cómo podía haberle mentido con tanta habilidad? ¿Cómo podía irse a casa con su mujer después de estar con ella?
No se lo explicaba.
Tal vez fuera eso lo único bueno que iba a sacar de lo sucedido, la certeza de que nunca podría entender cómo alguien podía ser tan cobarde y tan cruel.
Por eso casi nunca le daba muestras de cariño en público, y las pocas veces que lo había hecho habían sido breves, deteniéndose en cuanto había alguien cerca.
En su momento se lo tomó como una muestra de respeto hacia ella, que lo hacía para proteger su honor y su deseo de intimidad.
Siempre se las apañaba para llevarla al barco o a la casa de alguien, y lo hacía para poner distancia entre su vida y ella.
—¿Lo sabe? ¿Tu mujer sabe que existo?
—No, no. —Se acercó a ella mirándola furioso—. No debe enterarse. Mi suegro es el dueño del periódico. Sería mi ruina si llegara a enterarse. Perdería mi trabajo. Lo perdería todo.
—A mí me has arruinado la vida —siseó ella—. Porque fui una inocente y te creí, creí tus promesas. Lo he perdido todo.
—Tuvimos un verano para los dos. No se suponía que fuera a haber más. Fue divertido. Lo pasé muy bien contigo. Pero siempre supimos que se acabaría.
Se apartó de ella.
—Hasta que tú sugeriste que no —replicó ella—.
Fuiste tú quien propuso ir a La Habana, fuiste tú quien dijo que no sabías cómo ibas a poder dejarme marchar.
Yo te creí. No hacía falta que me dijeras todo eso.
Pero querías seducirme, ¿verdad? No habías conseguido todo lo que querías de mí, por eso me dijiste lo que pensaste que necesitaba oír para llevarme a la cama, perdona, a la cama de tu primo.
—Fue decisión tuya. Tú me deseabas. Dijiste que me querías. Pensé que entendías las reglas, que entendías lo que estaba pasando.
—No podía entenderlo cuando me ocultabas el hecho de que estabas casado. Me engatusaste. Conseguiste lo que querías y te fuiste tan tranquilo como si no hubiera significado nada para ti, porque no significó nada para ti, ¿no es así? Lo nuestro no fue nada especial.
—No lo entiendes. No has estado casada, nunca has tenido esa clase de responsabilidad, esa clase de compromiso.
Cuando te conocí fue como empezar de nuevo.
Contigo podía ser otra persona. No tenía que preocuparme por lo que me esperaba al llegar a casa.
No te mentí cuando te dije que me importabas y que me lo pasé muy bien contigo.
—No, solo me mentiste sobre todo lo demás. No eras otra persona, fingías ser alguien que no existía. Todo era mentira.
James se dejó caer contra la mesa.
—¿Qué quieres de mí? ¿A qué has venido? No puedo casarme contigo. Tengo algo de dinero, puedo dártelo, pero no tengo nada más para ti. Siento que te hayas enterado en este estado…
Le entraron unas náuseas que se mezclaron con la bilis que notaba en los labios. No se pondría a vomitar delante de ese hombre, no dejaría que viera su humillación.
—No necesito nada de ti.
Había sobrevivido a una guerra, se las había arreglado para vivir ella sola y no pensaba dejar que acabara con ella un hombre que no era más que un mentiroso y un farsante.
—Eva…
No le dejó terminar la frase. Aguantó el tipo mientras salía de la redacción dejando tras de sí un reguero de miradas curiosas.
¿Habría ido alguna otra mujer antes en una situación parecida?
Ahora que sabía la habilidad que tenía para mentir, no le cabía duda de que habría repetido el patrón de seducir, engañar y descartar a otras mujeres.
Vomitó en un callejón en cuanto pisó la calle.
¿Qué iba a hacer?
No pudo pensar en otra cosa en el largo trayecto de vuelta al hotel, ni sentada en la cama mirando el techo sin poder dormir de la preocupación.
Al final, cuando le dieron las doce de la noche y seguía sin encontrar una solución y sin poder acallar los miedos que la invadían, hizo lo único que sabía hacer en momentos como ese.
Escribir.