21
PILAR
Pilar se detuvo frente al edificio de Eva Fuentes y rogó que fuera el lugar correcto. Tenía dos horas y media antes de encontrarse con el hermano de la señora Padilla. Dos horas y media para abandonar Cuba.
¿Volvería alguna vez?
Una extraña sensación de calma se había apoderado de ella desde que se fue de su piso solamente con el bolso.
La señora Padilla le había aconsejado que no llevara muchas cosas, y ahora que se encontraba en la situación que había visto afrontar a tantos otros —la de huir del único hogar que conocía con una bolsa con sus posesiones más preciadas— se reconcilió con el hecho de que poco podía hacer.
Puede que se hubiera estado preparando mentalmente para ese momento sin darse cuenta, haciendo una especie de inventario de lo que era importante para ella y lo que no, de lo que podía prescindir y lo que no.
Había cogido el libro de poesía que estaba leyendo Enrique la noche que se lo llevaron, lo último que había tenido en las manos antes de desaparecer.
El punto de lectura que le había hecho como regalo de aniversario ya no marcaba la página por la que iba de Tiempo para olvidar , sino que descansaba entre las páginas del libro de poesía. La alianza embellecía su dedo anular.
Todo lo demás había tenido que dejarlo.
Era demasiado peligroso ocuparse de repartir aquello que dejaba, demasiado complicado para preocuparse por ello dado el estado del comandante.
El piso y todo lo que contenía pasaría a las manos de otras personas con toda seguridad, se convertiría en el hogar de otros, y solo pidió que fueran felices allí, que los sueños que Enrique y ella habían dejado en aquel espacio y los detalles que tanto habían mimado perdurasen en el tiempo.
La lista de libros y el lugar en el que estaban escondidos estaban también en su bolso.
Pilar esperó fuera del edificio hasta que llegó una mujer con las llaves en la mano.
—Disculpe. ¿Vive usted aquí? —preguntó.
La mujer miró a su alrededor y asintió con la cabeza.
—¿Sabe si vive aquí Eva Fuentes? Tengo algo que le pertenece y me gustaría devolvérselo.
—¿Eva? —La mujer vaciló un momento antes de continuar—. Vive en el cuarto.
Pilar sintió que se le aceleraba el pulso.
La vecina la dejó entrar, y subió las escaleras hasta el piso.
Inspiró profundamente antes de llamar a la puerta.
No le había dado tiempo a preparar lo que iba a decirle, cómo iba a explicarle las extrañas circunstancias que la habían llevado hasta su puerta; no había tenido la oportunidad de prepararse para el hecho de que estaba a punto de conocer a alguien cuyas palabras tanto habían significado para ella.
Esperó un momento mientras oía el ruido de pasos al otro lado de la puerta. Y, por fin, abrieron y se encontró frente a una mujer.
Quedó decepcionada.
Ella esperaba encontrarse con una mujer octogenaria, pero la que tenía delante era menor que ella incluso.
Pilar titubeó un segundo.
—Perdone que la moleste. ¿Sabe dónde puedo encontrar a Eva?
—Yo soy Eva, aunque nadie me llama así. Prefiero Evita.
—Yo soy Pilar Castillo. Soy bibliotecaria. Perdón, busco a Eva Fuentes. Escribió un libro titulado Tiempo para olvidar . Vengo de parte de Zenaida Torres.
—No conozco a ninguna Zenaida Torres. A lo mejor mi abuela sí. Este piso es suyo. Se llama Eva Fuentes. Me pusieron Eva por ella.
—¿Su abuela es profesora?
—Lo fue. Ya no trabaja. Por su salud, ¿sabe?
—¿Sabe si participó en el programa de la Escuela de Verano para maestros cubanos que se celebró en 1900?
—¿El viaje a Harvard, Estados Unidos? —dijo la mujer con ojos como platos—. No lo creo. Nunca ha dicho nada al respecto.
—¿Quién es, Evita? —preguntó una voz procedente de una de las habitaciones.
Pilar sacó el libro del bolso y se lo tendió.
—Tenía que entregar este libro a su abuela. Mi vecina me lo dejó. Se llama Zenaida Torres. Me dijo que su madre se lo guardó a su abuela. Eran muy amigas.
—Un momento —dijo Evita.
Cerró la puerta y la dejó esperando unos minutos antes de volver.
—A mi abuela le gustaría hablar con usted. Pase, por favor.
Evita se echó a un lado para dejarla pasar.
—Siento venir tan tarde, pero era un poco urgente…
Pilar siguió a la mujer hacia el interior y entonces la vio, sentada en un sofá de flores en el salón. Una mujer de ochenta y tantos.
Eva Fuentes.
Pilar se presentó y le explicó lo mismo que le había dicho a Evita, pero la reacción de la anciana le dejó claro que su nieta ya se lo había contado.
—¿Puedo verlo? —preguntó.
—Por supuesto.
Le temblaban las manos cuando se lo entregó y acarició las letras de la cubierta, el título y su nombre.
Pilar aceptó la invitación de Evita y se sentó en una silla. Cuando le ofreció café, declinó el ofrecimiento educadamente sin dejar de mirar a Eva, que parecía cautivada por el libro.
—¿Cómo está Zenaida? —preguntó la mujer por fin, mirándola a los ojos.
Pilar se lo pensó un momento, sin saber hasta dónde podía contar.
—Se ha ido. A España. No podía llevarse el libro porque no quería arriesgarse a que le ocurriera algo, y me pidió que se lo trajera yo. Creo que no sabía gran cosa sobre él, no sabía por qué lo tenía su madre, solo que se lo había guardado y que tenía que devolvérselo.
—No me extraña. A su madre, Dolores, siempre se le dio muy bien guardar secretos. —Suspiró—. Lamento que Zenaida tuviera que irse, aunque tampoco la culpo. Vivimos tiempos difíciles. Aterradores.
La mujer hablaba con la misma libertad que Pilar había notado en las mujeres mayores de su edificio, como la señora Padilla o la señora Arango, con el juicio de alguien que había vivido demasiado tiempo como para ser derrotada por Fidel Castro y sus secuaces.
Pilar admiró su coraje. Esperaba ser como ella algún día, sin miedo a lo que pudiera pasar porque había sobrevivido a los golpes de la vida.
—¿Zenaida y tú erais muy amigas?
—No mucho. Era amable conmigo, pero no nos conocíamos tanto. Todos la respetaban mucho en nuestro edificio. Sabía estar pendiente de la gente. Cuando mi marido… En un momento difícil que pasé hace un tiempo, me dejó un flan en la puerta.
En ese momento, Pilar se dio cuenta de que Eva tenía una mirada amable y se comportaba de una forma que producía una honda emoción en los demás sin necesidad de decir nada, como si entendiera los momentos más difíciles de la vida de una persona.
—Su madre también era así —explicó Eva—. Dolores se preocupaba mucho por los demás.
—¿Cómo se conocieron ustedes? —Nada más decirlo, se sonrojó—. Perdone. Sé que es un poco atrevido por mi parte, pero le confieso que desde que Zenaida me pidió que la buscara y le entregara el libro, no he podido evitar preguntármelo.
—Dolores y yo compartimos habitación en Harvard.
—¡Harvard! —terció Evita—. Entonces es cierto. ¿Cómo no se lo has dicho a nadie?
—Porque hay cosas de las que es muy difícil hablar. Algunos recuerdos los llevas siempre contigo y otros es mejor dejarlos en el pasado. El verano que pasé en Harvard fue complicado. Y, luego, cuando regresé a La Habana, me costaba mucho hablar de ello.
—¿Qué pasó? —preguntó Evita.
Pilar escuchó a Eva contarle a su nieta lo que ocurrió aquel verano.
—Dolores también era profesora, y nos hicimos amigas. Cuando publicaron el libro, el editor me envió un ejemplar. No habían impreso muchos, una docena o así, de modo que no fue el gran éxito que yo había imaginado, pero así es la vida. ¿Cuándo salen las cosas como nosotros queremos?
»Cuando volví a Cuba… tardé un tiempo en recuperarme.
No quería ni mirar el libro, quería tirarlo.
Pero Dolores me dijo que lo lamentaría, que algún día lo querría, así que me lo guardó ella.
Zenaida debió de heredarlo cuando ella murió.
Me enteré de su muerte semanas después de que ocurriera. Perdimos el contacto con los años.
Eva miró el libro de nuevo. Levantó la cubierta y dejó escapar un suspiro.
—Pensé que no volvería a verlo. Pensé que habría desaparecido. No me lo puedo creer… Gracias —le dijo a Pilar—. Gracias por traérmelo.
—De nada.
Pilar inspiró profundamente. No le quedaba mucho tiempo y si no reunía el valor para decirle lo mucho que había significado aquel libro para ella, lo lamentaría.
—Mi marido —tragó saliva por el esfuerzo, las palabras le sabían a ceniza—.
Mi marido ya no está. Su libro llegó a mi vida después de que se lo llevara la policía.
Y luego, cuando me enteré de que había muerto, quise morirme.
Quería estar en cualquier otra parte, quería escapar de esa sensación que tenía por dentro.
Terminé de leerlo mientras pasaba el duelo.
Y después lo releí una y otra vez. No sé cómo describirlo, cómo explicar lo que ha significado para mí.
Gracias. Gracias por escribirlo. Por compartir los personajes conmigo. Me han ayudado a sentirme menos sola.
Eva le tomó la mano.
—Lamento mucho tu pérdida. Sé que estas palabras no sirven de mucho.
—Gracias. Cuando leí las palabras escritas en Tiempo para olvidar, cuando leí el dolor de Ana al perder a Michael, sentí como si me hubieran sacado el dolor de la pérdida y lo hubieran puesto en las páginas.
—Se sonrojó—. Lo siento, sé que debe pensar que soy una descarada, pero cuando me enteré de que participó en el programa de la Escuela de Verano, me pregunté hasta qué punto se inspiró en sus propias experiencias.
No puedo dejar de pensar en los personajes, en lo mucho que se amaban…
Eva negó con la cabeza.
—El libro, lo que escribí sobre Ana y Michael, su amor, era todo mentira.