La historia perdida de Eva Fuentes 20
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MARGO

Nada más aterrizar, Margo observó detenidamente a la gente buscando al hombre que había visto en el aeropuerto de Edimburgo.

Igual que había hecho durante la escala en Heathrow.

Allí tampoco lo habían visto, pero Margo no podía quitarse de encima la sensación de que estaba allí esperándolos, observándolos.

¿Cómo se había enterado de que estaban en Escocia?

—¿Lo ves? —preguntó Luke.

—No. A lo mejor cogió un vuelo más tarde.

—Puede ser. Había varios vuelos después del nuestro.

Habían sido de los últimos en embarcar, pero el hombre no había subido al avión. Margo lo había visto de refilón y luego se perdió entre la multitud.

—Yo no lo vi en Edimburgo —añadió Luke con voz tensa.

Margo se dio cuenta de que se sentía mal por no haber estado más atento.

—Ni yo. Y eso que me fijé bien.

¿Tan bueno era el tipo ese que los había seguido todo el rato y ninguno de los dos se había percatado?

Se dirigieron a buen paso a la zona de recogida de equipaje y salieron a la calle a buscar un taxi. Dada la cantidad de horas que habían perdido en el viaje, decidieron pasar por la biblioteca pública antes de ir al hotel en Beacon Hill.

Faltaban dos horas para que cerraran cuando llegaron a la biblioteca. Un empleado los condujo amablemente a una sala de estudio vacía y les llevó la gran cantidad de documentos que había donado la familia Reston. Una vez a solas, Margo y Luke se miraron con preocupación.

—No sé qué era lo que esperaba, pero esto supera con creces cualquier expectativa —comentó Luke.

—Opino lo mismo. La editorial no estuvo en funcionamiento mucho tiempo y, por lo que sé, no publicaron muchos títulos. ¿Crees que vamos a poder revisar todo esto en dos horas?

—No lo sé. En el peor de los casos, podemos volver mañana. ¿Nos lo repartimos? —preguntó, señalando una de las cajas más apartadas—. Yo empezaré por allí y tú te quedas con estas de aquí. No están marcadas por año ni nada, ¿no?

—Parece que no. Venga, vamos.

Pasaron una hora estudiando detenidamente los documentos uno al lado del otro. Ninguno encontró nada sobre Eva Fuentes o su libro.

Extendieron sobre la mesa toda la documentación que la familia había donado sobre el negocio de sus antepasados, una mezcla bastante ecléctica, y la falta de orden le decía a Margo que Oliver Reston, con lo meticuloso que era con su archivo genealógico, no se había implicado tanto como le habría gustado.

Aquello tenía más pinta de que habían metido todo lo que tenían en cajas de forma aleatoria.

Tomó el siguiente papel del montón y el corazón se le aceleró cuando leyó lo que había escrito.

—He encontrado algo. Es una carta de Eva Fuentes. La envió junto con el manuscrito de su libro.

Luke dejó los papeles que tenía en las manos y se inclinó para leerla. La carta estaba mecanografiada y firmada por ella. Se presentaba y explicaba que era una profesora de Cuba que había viajado a Estados Unidos el año anterior para asistir a la Escuela de Verano para maestros cubanos en Harvard.

En la información de contacto aparecía una dirección en Massachusetts.

—Entonces, ¿se quedó en Estados Unidos? —murmuró Luke—. ¿O regresó a La Habana después del curso y vino de nuevo un año más tarde?

—No lo sé. Pero mira esto. —Margo señaló el segundo párrafo—.

Explica el argumento del libro. Parece que cuenta la historia de amor entre una profesora cubana que viaja a Boston a estudiar y un joven escritor estadounidense que conoce allí.

Lo define como ficción, pero me pregunto cuánto se habrá inspirado en su propia vida.

Es imposible no establecer paralelismos con lo que sabemos de ella.

Luke frunció el ceño.

—Sigue sin aparecer nada por lo que alguien estuviera dispuesto a matar. ¿Qué secreto podría ocultarse entre sus páginas, y más siendo un libro de ficción?

—Ya. Yo tampoco lo entiendo. ¿Qué se nos escapa?

—Tu cliente tiene que saber más de lo que te ha dicho. Mañana por la mañana iremos a las oficinas de Flintrock a ver qué averiguamos sobre William Greer y la persona que lo contrató. ¿Ha respondido a tus mensajes desde la última vez que hablasteis por teléfono?

—No. Los datos de la transferencia bancaria tampoco se pueden rastrear. —Cogió el móvil—. Al menos hemos conseguido la dirección de Eva durante el tiempo que estuvo en Boston. A lo mejor averiguamos con quién se hospedó y por qué volvió un año después del curso de verano.

Escribió la dirección que aparecía en la carta en el buscador. Los resultados que arrojó llevaban a una casa antigua en Lowell, Massachusetts. Pinchó en el enlace y leyó la información.

Miró a Luke con el corazón acelerado.

—Creo que acabo de descubrir uno de los secretos de Eva Fuentes. ¿Sabes qué había en la dirección que aparece en su carta? A comienzos del siglo xx fue un hogar para madres solteras.