19
PILAR
Pilar estaba exhausta cuando por fin llegó al portal de su casa.
Las emociones del día la habían dejado extenuada.
Aquel ya no era un hogar, ya no era ese lugar seguro y feliz que Enrique y ella habían creado juntos, pero no tenía adonde ir.
De momento, esa noche solo tenía ganas de meterse en la cama y hundirse bajo las mantas.
Al día siguiente ya pensaría en el futuro.
Volver a la biblioteca había dejado de ser una opción tras conocer la deslealtad de Ignacio, pero la dura e ineludible realidad era que no podría sobrevivir si no encontraba un modo de ganarse la vida.
Abrió la puerta de su piso y la cerró sin hacer ruido.
Se quedó de piedra con los dedos en el pomo.
Todo estaba revuelto: habían sacado los libros de las estanterías, quitado los cojines del sofá y abierto todos los muebles.
En el interior la esperaba un hombre de espaldas a ella.
Pilar abrió la boca para preguntar qué hacía allí, para decirle que se fuera y todo lo que se le pasaba por la cabeza, pero no le salían las palabras. Solo pudo quedarse allí de pie aterrorizada.
El hombre se giró y la miró a los ojos.
Su vecino nuevo.
—¿Dónde están los libros? —preguntó el comandante, avanzando hacia ella.
—¿Qué libros?
—Sabe perfectamente de lo que hablo. Don Quijote y los demás. Sé que los tiene usted.
—No sé de qué me habla.
—No mienta. Sé que los tiene usted —repitió—. He interrogado al funcionario que le trajo el ejemplar del Don Quijote de su familia antes de que abandonaran Cuba. Me dijo que se suponía que no tenía que mirar el artículo que debía traerle aquí, pero lo hizo.
»Al principio, cuando le pedí que me describiera el piso en el que dejó el libro, pensé que era su marido el que se encargaba del asunto.
Estaba al tanto de sus actividades políticas, incluso fui a verlo a la cárcel.
Pero las fechas no coincidían. Él ya estaba preso cuando ese funcionario le trajo el libro.
Y después descubrí que la mujer de Enrique era bibliotecaria.
Por suerte ya teníamos un informante en la biblioteca.
»Su marido me suplicó que no la matara, ¿sabe? —dijo, como quien habla del tiempo—. Me pidió que la dejara en paz. Me lo suplicó. No sabía en qué andaba usted metida, pero lo aterraba pensar en que viniera a verla.
Pilar sintió náuseas.
—¿Lo mató usted?
—No. Lo mató la cárcel. ¿Dónde está el libro? ¿Cuántos libros tiene ocultos aquí?
Pilar se agarró al bolso. Retrocedió un milímetro tratando de poner distancia entre los dos, tratando de acercarse a la puerta lo suficiente para intentar huir.
Y de repente lo entendió, algo de lo que no se había percatado hasta ese momento.
Si el régimen sabía que se dedicaba a ocultar libros, no se habría molestado en registrar su piso en múltiples ocasiones mientras estaba fuera.
Se habría ocupado de ella igual que habían hecho con Enrique.
El comandante había ido a su casa no porque trabajara para el régimen, porque estuviera cumpliendo órdenes, sino porque se había enterado de que poseía algo valioso y quería quedárselo.
Por eso estaban teniendo esa conversación en su casa en vez de en una sala de interrogatorios o una celda.
Era una cuestión de codicia, simple y llanamente, y abusaba de su poder para conseguir algo que quería para sí, como hacían tantos otros.
El comandante actuó con rapidez. Le arrancó el bolso del hombro sin que Pilar se diera cuenta siquiera. Cuando lo hizo, se lanzó hacia él tratando de recuperarlo, pero le dio un puñetazo que la tiró al suelo.
Pilar sintió el dolor punzante y agónico. Aunque los ojos le hacían chiribitas, lo vio sacar el ejemplar de Tiempo para olvidar del bolso. Intentó levantarse apoyándose en un armario de la cocina y en la encimera para recuperar el equilibrio.
Tenía que huir de allí, pero el comandante se interponía entre la puerta y ella.
Lo vio hojear el libro hasta que llegó al final, y reconoció el momento exacto en que encontró la lista, la que había escrito unas horas antes especificando los lugares en los que había escondido los libros.
Había metido la lista —una suerte de mapa— en el libro de Eva Fuentes porque le había parecido el lugar más seguro, un libro que sabía que protegería hasta el final.
No iba a dejarla con vida.
¿Por qué habría de hacerlo?
Iba a morir en su casa, esa misma noche.
Había pensado en la muerte más veces desde que se llevaron a Enrique que en toda su vida.
Cuando se enteró de que había muerto, se había preguntado muchas veces cómo habrían sido sus últimos momentos de vida, desesperada por saber cómo había afrontado la muerte, si la habría aceptado con cierta resignación o si habría peleado, desafiante hasta el final.
Había pensado también en su propia muerte, abierta a que llegara en muchas ocasiones.
Pero en ese momento, ahora que se encontraba frente a ella, con el libro que guardaba su gran secreto en peligro, no optó por esperarla en paz, sino que alargó el brazo y agarró la sartén de hierro en la que su madre y su abuela habían cocinado para la familia, la que había heredado al morir su madre y la que ella había aportado a su matrimonio con Enrique.
El comandante era militar. Se había ganado su puesto en las montañas, librando la guerra de guerrillas, pero eso no lo había preparado para enfrentarse a una mujer cubana armada con una sartén de hierro.
Pilar se movió más rápido de lo que habría creído posible, más de lo que se le antojaba humanamente posible teniendo en cuenta lo que pesaba la dichosa sartén y su debilidad física, con lo que le dolía la cabeza.
Se movió con la fuerza que le ofrecían sus ancestros, con las manos de su abuela y las de su madre, que habían manipulado la sartén con amor tantas veces, y la levantó una vez más.
Lo golpeó en el lugar en el que terminaba la cara y empezaba el cráneo.
Tiempo para olvidar cayó al suelo.
El comandante fue detrás.
La sartén se le resbaló de las manos.
Pilar se lo quedó mirando, tratando de entender lo que acababa de hacer.
Lo había matado.
¿Cómo iba a sacar el cadáver de allí sin que la vieran? Pesaría cuarenta y cinco kilos más que ella por lo menos y le sacaba varios centímetros. No podría levantarlo y tampoco podría esconderlo.
Había matado a un hombre de Fidel Castro, un oficial del ejército cubano.
No había vuelta atrás. Tal vez hubiera pospuesto un poco su muerte, pero desde luego no se había zafado de ella.
Sintió que se quedaba sin fuerzas.
La adrenalina había guiado sus movimientos un momento antes, el deseo de defenderse, de hacer algo después de haberlo perdido casi todo.
Estaba furiosa con él, con el gobierno, con el mundo que había decidido quitarle tanto y darle tan poco.
Había dejado que la rabia tomase las decisiones, pero esa rabia era un lujo en esos tiempos, tanto como la carne, y debería haberlo pensado mejor, debería haberse dado cuenta de que hiciera lo que hiciera, pagaría el pato.
Oyó pasos detrás de ella.
Llamaron a la puerta.
Levantó la cabeza y vio abrirse la puerta sin poder hacer nada para evitarlo.
La señora Padilla y la señora Arango estaban de pie en el umbral, empuñando ollas y sartenes convertidas en armas improvisadas.
La señora Arango puso los ojos como platos al ver al hombre en el suelo.
—¿Está muerto? —preguntó la señora Padilla.
—Creo que sí.
Las dos miraron la sartén que reposaba en el suelo.
—¿Le has dado fuerte? —preguntó la señora Arango.
La señora Padilla no esperó a que Pilar respondiera. Se dio media vuelta para cerrar la puerta, y echó la llave y el pestillo que a Pilar no le había dado tiempo a cerrar para que nadie más se enterase.
—Sí —respondió Pilar.
La señora Padilla fue la primera en actuar. Se acercó rápidamente al muerto. Llevaba su vestido rosa de flores, descolorido ya de tanto lavarlo, pero no por ello menos bonito. Había algo incongruente en las delicadas y bonitas flores tan cerca de la muerte.
La mujer se agachó y comprobó el estado del comandante con la precisión de alguien acostumbrado a ese tipo de situaciones. Pilar se acordó de pronto de que había sido enfermera. Era uno de los pocos datos sobre sus vecinos que había recogido sin darse cuenta y que había ido olvidando.
—No está muerto —informó la mujer, apartándose del cuerpo—. Al menos de momento. Está inconsciente, eso sí. —Miró a Pilar—. ¿Qué piensas hacer?
—Yo…
—Si no lo matas, tendrás que irte. Será imposible sacarlo de aquí sin que se dé cuenta alguien, y no creo que sea fácil hacerlo pasar por un accidente. Cuando recupere el conocimiento, la va a liar pero bien. ¿Te vio o lo golpeaste por la espalda?
Pilar tardó un momento en comprender lo que le preguntaba su vecina, en encontrar sentido a aquella conversación que estaban teniendo con extraña normalidad.
Cualquiera diría que estaban hablando de las reformas que había que llevar a cabo en el edificio por las goteras del tejado o lamentándose del precio del pan.
—Me vio —confirmó Pilar.
—Pues ya está —intervino la señora Arango—. Tienes que irte.
«¿Del edificio?».
En su estupor, debió de decirlo en voz alta, porque la señora Padilla negó con la cabeza.
—De Cuba. Mi hermano es pescador. De vez en cuando va a los Cayos. Puede llevarte a Cayo Hueso. Tendrías que irte cuanto antes, al amparo de la oscuridad.
—¿Ya? ¿Abandonar Cuba ahora mismo?
No tenía sentido. De pronto, sintió como si hubiera retrocedido en el tiempo hasta la noche que Zenaida llamó a su puerta y le dio la novela de Eva Fuentes.
Recordó la forma en que su vecina le dijo que se iba de Cuba, como si no diera crédito a sus propias palabras, como si no hubiera aceptado la realidad de la situación, como esperando a que ocurriera algo que lo detuviera todo.
¿Eso era lo que se sentía al verse forzado al exilio?
—Es la única forma —respondió la señora Arango—. Vendrán a por ti. Y después de todo…
—Tienes que irte —corroboró la otra—. Antes de que despierte. Coge lo que necesites y vete. —Le dio una dirección cerca del puerto—. Mi hermano se reunirá contigo dentro de tres horas. A esa hora ya será bastante tarde. Yo me encargo.
No podía irse. Pero tampoco podía quedarse.
—Tienes que irte —insistió la señora Arango.
Pilar se agachó a recoger la novela que se le había caído al comandante y la estrechó contra su pecho.
—Allí estaré dentro de tres horas.
Tenía que pasar por un sitio antes.