18
EVA
—No deja de mirarte —susurró Dolores a Eva al oído mientras daban una vuelta por el salón de actos.
Era uno de los últimos bailes. Julio se estaba terminando y con ello la estancia en Boston.
Regresaban a La Habana en agosto, pero antes, les habían organizado una excursión a Nueva York, Filadelfia y Washington D.C.
para cerrar con varias actividades diplomáticas, entre las que se encontraba el encuentro con el presidente McKinley.
Eva echó un vistazo hacia donde estaba James y agachó la cabeza. Sí que la estaba mirando.
—¿Habéis hablado de lo que vais a hacer… cuando…?
Cuando el contingente volviera a La Habana.
—No lo hemos hablado.
Dolores la miró de soslayo.
—Podéis escribiros cartas. O visitaros.
—Puede —respondió Eva, y lo miró.
James seguía mirándola.
—¿Lo quieres?
Dolores lo dijo tan bajo que a Eva le costó oírla entre el alboroto de la gente y la música, pero las palabras resonaron en su cabeza como si las hubiera gritado.
La verdad era que aún no había tomado una decisión al respecto.
—¿Crees que él te quiere a ti? —preguntó Dolores.
Era evidente el tono interrogativo en su voz, la sutil indirecta.
Eva le había contado la bronca que habían tenido en la biblioteca y sabía por las miradas de preocupación de su amiga que no estaba para nada convencida de que James fuera a cumplir su promesa.
Dolores no quería juzgar la situación hasta no tener alguna prueba, pero Eva no sabía cuál.
—No lo sé —respondió Eva.
James había cumplido su palabra y se habían olvidado de su sugerencia de escribir un artículo sobre la estancia de Eva en Harvard.
Recordaba la promesa que le había hecho, el juramento de que no volvería a traicionar su confianza.
Cuando se lo dijo, la había mirado con una expresión que se parecía mucho al amor.
Pero si eso era cierto… ¿cómo podría irse y alejarse de él en unos días?
James se apartó bruscamente de la mesa en la que estaba apoyado en un extremo del salón y se dirigió hacia ellas.
El corazón de Eva se desbocaba con cada paso. ¿Iba a pedirle que bailara con él? ¿Le diría que sí? Seguían manteniendo en secreto su interés, no solo por la reputación de ella, sino también por la complicación añadida de que era periodista.
Pasó rozándola, pero el movimiento fue tan rápido y breve que diría que habían sido imaginaciones suyas de no ser por el papel enrollado que le dejó en la mano al pasar.
Más tarde, en la intimidad de su habitación, lo compartió con Dolores. Estaba tumbada sobre la almohada cuando lo desenrolló y leyó en alto lo que había escrito.
Reúnete conmigo en Harvard Yard a las 7:00.
—Vamos, quiero llevarte a Buzzards Bay. Quiero enseñarte dónde pasaba los veranos cuando era niño. Te va a encantar —dijo cuando se encontraron a la mañana siguiente.
Cuanto más se acercaba el momento de abandonar Boston, más intentaba convencerla de que se saltara las actividades organizadas y pasara el tiempo con él en su lugar.
James caminaba a su lado mientras ella cruzaba el campus en dirección a su aula.
—No puedo. Tengo una clase de Geografía esta mañana. Cada vez falta más gente en algunas clases. Notarían mi ausencia.
—Di que no te encuentras bien. Lo entenderán. —Se detuvo—. Te vas dentro de nada. Casi no nos hemos visto y dentro de poco volverás a Cuba. Además, hace un día precioso. No querrás pasarlo en clase aprendiendo geografía.
Eva se lo pensó. No se equivocaba. El curso había sido organizado tan al detalle que no podía más con el ritmo, y no era la única, a juzgar por la cantidad de profesores que habían empezado a faltar a clase.
Y aunque sabía que su relación se precipitaba hacia su conclusión natural, no estaba preparada para decirle adiós.
Les quedaban dos días.
James la tomó de la mano y entrelazó los dedos con los suyos.
—Por favor. Quiero compartirlo contigo. Si nos vamos ahora, estaremos de vuelta por la noche.
Como profesora, la idea de saltarse clases iba en contra de todo lo que defendía, pero de pronto se sintió como si le hubiera cambiado el sitio a una de sus alumnas, pensando solo en salir y en el amor, abandonando los estudios por el placer.
¿Cuántas veces las había oído hablar de sus planes con un pinchazo de envidia, el deseo de olvidar sus responsabilidades por un momento?
James la soltó rápidamente para dejar pasar a alguien que se acercaba por el sendero.
Miró a su alrededor y entonces la tomó por la cintura y la estrechó contra él.
—Te lo pido por favor, Eva.
Le dio un rápido beso en el cuello antes de soltarla.
—¿Me prometes que estaremos de vuelta por la noche? —preguntó, consciente de que la decisión estaba tomada antes de preguntarlo siquiera—. No puedo perder dos clases seguidas.
Él se rio.
—Te lo prometo. Fueron a Buzzards Bay en el coche que otro primo le había prestado a James. Eva no sabía si llegaría a acostumbrarse a la novedad de circular en un automóvil, y no era la única asombrada. Era todavía tan infrecuente verlos en las calles que llamaban la atención de no pocos peatones.
Nunca le había comentado nada, pero Eva tenía la sensación de que los primos de James eran bastante adinerados, y lo avergonzaba no haberse criado en una familia igual de privilegiada.
La casa de Buzzards Bay era tan bonita como la había descrito. No le resultó difícil entender por qué tenía unos recuerdos tan felices de los veranos que había pasado allí.
Aparcó en el sendero de entrada de la casa y salió a abrirle la puerta a Eva. Tras cerrarla, le rodeó la cintura con los brazos como si quisiera permanecer así para siempre, acariciados por la brisa.
Los ojos de Eva se llenaron de lágrimas al entender por qué James había insistido tanto en llevarla, por qué quería compartir esa parte de sí mismo con ella.
Aquello era un adiós.
Allí, lejos del ajetreo de Harvard y la novedad del programa cultural, nadie podía verlos, de modo que se dejó estrechar entre sus brazos, y agradeció haber decidido acompañarlo pese a sus reservas iniciales.
James la besó y después la soltó.
—Aquella era mi habitación cuando venía —dijo, señalando la segunda planta.
Eva observó el edificio gris claro, la fachada delantera cuajada de ventanas resplandecientes desde las que se tenía una espléndida vista del agua.
—Es precioso. Todo. Ahora entiendo por qué te gustaba tanto venir.
James entrelazó los dedos con los suyos y tiró de ella para llevarla a la casa.
Se le hacía extraño entrar en una casa ajena mientras los dueños no estaban. Los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas que se agitaron con la brisa al abrir la puerta.
—Están preparando la casa para venderla —explicó James—. Ahora que mis primos son mayores y se han ido a vivir a otra parte por trabajo, mis tíos han decidido vender.
Eva percibió la sal en el ambiente, el olor del mar que tiraba de ella. Recorrieron la casa de la mano mientras James le enseñaba las habitaciones y la hacía reír con las aventuras que había vivido allí con sus primos.
—Te envidio por haber tenido una gran familia —dijo—. Yo siempre quise que la mía fuera más grande, estar rodeada de gente.
—¿Te sentías sola de pequeña?
Eva asintió con la cabeza, un poco avergonzada al admitir que también de adulta se sentía sola.
—Ya no lo estás —respondió él, apretándole la mano.
Eva sintió que se le encogía el corazón al entender lo que implicaba. ¿Sentía James lo mismo que ella? ¿Significaba eso para él tanto como para ella?
A veces creía saberlo, pero otras no lo tenía tan claro.
Eva se soltó y se acercó a una ventana a contemplar el mar.
—Podemos bañarnos —sugirió James, que no se había movido de su sitio—. El agua estará fría, pero…
—Me gustaría.
El agua estaba helada para lo que ella estaba acostumbrada.
Eva soltó un grito, y otro, olvidando el recato que se había apoderado de ella unos momentos antes mientras corría por el agua en dirección a la calidez de la orilla.
Se había puesto el bañador que le había prestado Dolores, profundamente cohibida por la cantidad de piel que enseñaba y el ardor que reflejaba la mirada de James al verla enfundada en él.
El agua le salpicaba los muslos y el estómago mientras corría hacia la orilla, con James detrás de ella. La agarró por la cintura y la atrajo hacia él, la alzó y se puso a dar vueltas con ella. Los giros la mareaban, pero la sensación momentánea de volar le produjo verdadera euforia.
James la dejó en el suelo.
—Me gustaría ir a verte a La Habana —murmuró, acariciándole un mechón de pelo entre los dedos, y tiró de ella.
—¿De veras?
No habían hablado de lo que iba a pasar con ellos cuando volviera a Cuba.
En los momentos de optimismo, Eva había contemplado la posibilidad de que pudieran escribirse, tal vez, mantener el contacto de todas las formas posibles, pero jamás se le había pasado por la cabeza que James quisiera hacer un viaje tan largo para verla.
—De veras. Me gustaría mucho. No sé cómo voy a poder dejar que te vayas. Nunca había sentido nada igual, Eva. Nunca.
Eva sintió que la esperanza brotaba en su interior.
—Yo tampoco había sentido nunca nada igual.
«Te quiero».
Lo tenía en la punta de la lengua, pero le daba miedo ser la primera en decirlo, convertir aquello que había entre los dos en algo aún más serio. Pero si él estaba pensando en un futuro juntos, si estaba considerando la posibilidad de volver a estar juntos…
James la miró a los ojos con gesto solemne.
—¿Me quieres?
Eva notó que le ardían las mejillas. Quería apartar la mirada porque sabía que no podría ocultárselo. Tenía que saber lo que sentía por él. Ella carecía de la sofisticación y el artificio para fingir lo contrario.
—¿Me quieres, Eva? —repitió al ver que no contestaba.
No tenía sentido mentir. Sí, lo quería.
Pero no le salían las palabras, así que asintió con la cabeza.
—No pienso dejarte escapar —susurró él—. No puedo. Encontraremos la manera. Te lo prometo. Confía en mí.
No había vuelta atrás. Pese a toda la cautela que había tenido, le había entregado su corazón.
—Te quiero —le susurró James al oído.
Y lo creyó.