17 #3
—Cierto —respondió ella—. No me veo trabajando con toda esa burocracia. No podría con ello. Dicho lo cual, también tiene sus cosas buenas, como el acceso a bases de datos que me resultarían muy útiles. Y tiene que estar bien sentirse parte de un equipo, trabajar con otras personas.
—Ahí te doy la razón —contestó él, encogiéndose de hombros—. Tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, como todos los trabajos.
—Es perfecto para ti.
—No sé si tomármelo como un cumplido —bromeó él.
—Desde luego. Eres inteligente y tenaz. Tienes un talento especial para llegar al fondo de las cosas, lo cual no me sorprende, porque se te da bien todo lo que haces —bromeó.
—¿Lo dices en serio?
—Sí. Siempre me sentí un poco intimidada por eso. Parecía que no te equivocabas nunca.
—Me equivoco muchas veces, te lo aseguro. Pregúntaselo a mi exmujer y a mis exnovias. El trabajo es fácil. La vida personal no tanto.
—No creo que eso vaya a dañar tu imagen. Las relaciones son difíciles. Y más cuando tienes un trabajo complicado. ¿Eres más feliz ahora? En el trabajo, quiero decir.
—En el trabajo supongo que sí. He levantado una empresa de la que estoy orgulloso.
Somos seis investigadores. Yo no soy el único expolicía que acabó quemado.
Me gusta lo que hago. Tuve un caso de fraude que parecía un caso claro de estafa a la compañía de seguros, pero conforme empezamos a rascar, nos dimos cuenta de que usaban las obras de arte como tapadera para hacer contrabando.
Fue un caso difícil, pero muy satisfactorio desarticular una red como aquella.
—Me alegro de que hayas encontrado algo que te gusta. Es lo que siempre quise —respondió Margo.
Se produjo un silencio.
—¿Fue eso lo que ocurrió? —preguntó Luke al cabo de un rato—. Lo que has dicho antes de que las cosas son complicadas. ¿Era demasiado complicado?
—Tal vez.
—¿Crees…? ¿Crees que es posible que las cosas sean simples? ¿Que tal vez ninguno de los dos seamos las personas que éramos entonces y que podamos hacerlo todo mejor ahora, después de lo que hemos aprendido?
El pulso le retumbaba en los oídos.
—Tal vez. —Lo dijo tan bajo que supo que Luke la había oído por la forma en que se tensó.
Tragó saliva, incapaz de mirarlo—. Gracias por estar a mi lado.
Por todo esto. Es agradable saber que puedo contar contigo.
Me encanta tener mi propia empresa, la libertad que me da, pero mentiría si no admitiera que a veces me siento sola.
Tengo a Bea, pero ella trabaja para mí. No es lo mismo que tener un socio, alguien que trabaja en la misma industria, con quien hablar y debatir las ideas.
No es lo mismo que tenerte otra vez en mi vida.
Luke se acercó a ella y le rodeó los hombros con el brazo. Margo se apoyó contra él.
—Lo echaba de menos —dijo—. Hablar contigo. Eras mi mujer, pero también mi amiga. Y, a veces, cuando he tenido un mal día, o leo un artículo divertido o me acuerdo de algo de repente, eres la primera persona a la que se lo quiero contar.
—Yo también lo echaba de menos.
Podría decir mucho más, querría decir mucho más, pero la situación entre ellos era demasiado nueva y demasiado reciente para contárselo todo, para abrirse así.
Ese había sido siempre el problema con él: que todo resultaba demasiado fácil.
Demasiado fácil hablar con él, preocuparse por él, enamorarse de él.
Luke miró el reloj y la soltó, aunque con reticencia.
—Voy a comprar un libro para el vuelo. ¿Quieres algo?
Ella negó con la cabeza, incapaz de hablar. Sabía por la forma en que Luke le evitaba la mirada que le daba vergüenza haberle revelado tantas cosas, haberse quedado en una posición tan vulnerable frente a ella.
—No tardo.
Margo lo vio alejarse mientras intentaba desenredar la maraña de sentimientos que daban vueltas dentro de ella. No sabía a quién quería engañar: seguía queriéndolo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Nunca había dejado de quererlo. Probablemente siempre lo querría. ¿Seguiría queriéndola él?
Leyó la tarjeta de embarque y se levantó para ponerse en la fila. Faltaban diez minutos, pero ya había gente dirigiéndose hacia la puerta. Luke y ella estaban en el primer grupo de embarque.
Un hombre se abrió paso entre la gente hasta la puerta.
El móvil se le resbaló a Margo de la mano y cayó al suelo con un golpe sordo. Se agachó a recogerlo.
El hombre miraba a su alrededor, escudriñando a los pasajeros con un apremio que le aceleró el corazón.
Ella permaneció agachada, aferrándose al móvil, con la esperanza de que la gente que se arremolinaba a su alrededor impidiera que el hombre reparase en ella. Entonces él se giró…
Margo contuvo la respiración.
El hombre giró sobre los talones y se alejó hacia el interior de la terminal.
Alguien la empujó por detrás.
Margo se levantó despacio y se disculpó con el ejecutivo que se había chocado con ella. El tipo se había esfumado.
—¿Embarcamos?
Margo se sobresaltó al oír la voz de Luke, que se acercaba a ella.
—Acabo de ver al tipo ese —susurró mientras le daba un codazo, observando la zona.
—¿Qué tipo?
—El que me seguía en Londres.