17 #2
—No creo que la novela sea especialmente valiosa, al menos desde el punto de vista económico, pero es una promesa que hizo mi familia —continuó la mujer—. Por eso quería encontrarla.
—¿Para devolvérsela a la familia de Eva? —preguntó Luke.
Adriana asintió con la cabeza.
—Sé que os parecerá una tontería. Desde que murieron mis padres me apetece saber más sobre nuestra historia, nuestro pasado.
Mi marido es maravilloso y me encanta vivir en Escocia, pero él es escocés, tiene aquí todo, nuestra vida está aquí.
Supongo que me planteé esto de la búsqueda del libro como una forma de saber más cosas sobre mi familia y sentir la conexión con mi herencia cubana para poder compartirla con mis hijos.
Estamos organizando un viaje a Cuba para saber más y esparcir las cenizas de mis padres.
Es lo que habrían querido. Llevamos años esperando, pero, con todo lo que ha ocurrido en el mundo y que han sido tiempos difíciles para el negocio de la restauración, no habíamos podido reunir el dinero hasta ahora.
Me hice la idea de buscar a los familiares de Eva Fuentes y devolverles el libro. Es una forma de cerrar el círculo.
Luke se inclinó hacia delante.
—¿Se lo has contado a alguien?
—Solo a la familia. Y también estoy en un foro sobre historia de Cuba y genealogía.
Me resulta muy útil hablar con otros que buscan lo mismo.
—Sonrió—. Mi familia se mete conmigo porque dicen que estoy enganchada.
Cuando contraté a su agencia, dijeron que me estaba pasando.
Creo que los convenció que fuera Mitch, y confiamos en él.
Pero les prometí que lo dejaría si la cosa superaba la tarifa inicial de dos mil libras.
Margo pensó que Mitch les había hecho el descuento de amigos. Dos mil libras no pagaban el alquiler del lujoso edificio donde tenía Luke la oficina.
—¿Recuerdas que te llamara la atención alguien del foro? —preguntó Luke—. ¿Alguien extraño o con un interés especial en la novela?
—No.
—Ya sé que me has dicho que pensabas que eras la única de tu familia que buscaba el libro, pero ¿podría estar haciéndolo alguna otra persona? ¿Alguien de la familia de Eva Fuentes tal vez?
—No me dio la impresión de que tuviera hijos o mucha familia. Siempre pensé que esa fue la razón por la que le dio el libro a mi bisabuela. Se hicieron muy amigas en aquel verano que pasaron en Harvard. No sé por qué perdieron el contacto o qué le ocurrió a Eva Fuentes. Habrá muerto ya, seguro.
—Yo no escribiría nada en el foro —le advirtió Luke—. Y nos vendría muy bien toda la información que hayas encontrado y los nombres de usuario de las personas con las que hayas intercambiado información.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
Luke vaciló un momento antes de contestar.
—Me puse en contacto con el señor Thornton, un librero de Londres, cuando nos contrataste para buscar el libro. Tenía un don especial para encontrar libros raros. Alguien entró en su librería hace dos noches y lo mató.
La mujer palideció.
—¡Qué horror! Lo siento mucho.
—Creemos que lo mataron por el libro —intervino Margo.
—¿Cómo puede ser eso? No entiendo qué puede tener ese libro para matar por él. Mi abuela nunca dijo que pudiera ser peligroso. No me puedo creer que el hecho de preguntar por el libro lo pusiera en peligro… Haré todo lo que esté en mi mano. Hablaré con la policía.
—Gracias —dijo Margo—. Les daré tu contacto. Creen que pudo ser un robo, pero habíamos quedado en la librería para ponerme al corriente de lo que había descubierto. Yo lo encontré y, justo antes de morir, me advirtió que tuviera cuidado. Me dijo: «Quieren el libro».
—¿Quiénes? —preguntó la mujer.
—Ni idea. El asesinato no ha sido lo único sospechoso ocurrido en estos dos días. También han registrado mi oficina. Y me han estado siguiendo.
—¿Has notado que te hayan seguido? —preguntó Luke—. ¿Has notado algo sospechoso?
—No, no se me ocurre nada. Lo siento, no puedo creer que haya ocurrido todo eso por culpa de un libro.
—Ten cuidado —le advirtió Luke—. Según parece, el ejemplar de tu familia es el único que existe. Y alguien está dispuesto a matar por él.
—¿Qué te ha parecido Adriana Josephs? —preguntó Luke cuando salían del restaurante.
—Me ha caído bien —respondió Margo, de pie a su lado mientras paraban un taxi para ir al aeropuerto—. Tenías razón. No creo que tenga nada que ver con la muerte del señor Thornton ni con el allanamiento de mi oficina. Pero sigo sin encontrar el móvil.
—Estoy de acuerdo. Todos coinciden en que el libro no tiene gran valor objetivo. No es que sea una primera edición de una novela clásica. La cantidad de personas para las que tiene algún valor es relativamente pequeña.
—Exacto. ¿Qué tiene de especial entonces? A lo mejor Eva escribió algo dentro y no quieren que salga a la luz —sugirió Margo.
—Pero si fuera ese el caso, estamos hablando de una información que tiene más de ciento veinte años. Ya no vive ninguna de las personas implicadas entonces. Estamos hablando de una o dos generaciones atrás. ¿Quién podría estar dispuesto a matar por un secreto tan antiguo?
—Ni idea —dijo Margo con un suspiro—. Se nos escapa algo.
—Se nos escapan muchas cosas. Ahora que hemos descartado a Adriana Josephs, tenemos que averiguar la identidad de tu cliente.
Estoy sondeando a ver si alguien sabe algo de ese William Greer.
Aún no he recibido noticias, pero voy a investigarlo a fondo.
¿Qué tienen que ver en todo esto? ¿Y quiénes son?
—No quiero esperar una semana hasta que me responda Oliver Reston —dijo Margo—.
Quiero ir a Boston a comprobar personalmente lo que haya en la biblioteca sobre la editorial de los hermanos Reston.
El libro se publicó en Boston por alguna razón.
Se escribió en inglés por alguna razón. Y no creo que sea una coincidencia que se publicara un año después de que Eva Fuentes fuera a Harvard.
—Pues vamos a Boston.
El aeropuerto de Edimburgo estaba muy concurrido cuando llegaron.
Habían conseguido comprar billetes en el primer vuelo con destino al aeropuerto Logan, en Boston, con una pequeña escala en Heathrow.
Por suerte, Margo era de las que siempre empacaba más ropa de la necesaria, y el viaje a Escocia no había sido una excepción: llevaba ropa de más y el pasaporte.
Luke fue a comprar un café para ambos mientras ella revisaba el correo en la zona de espera. Pese a haberle dicho a Bea que se olvidara del caso, Bea era Bea, y le había enviado un montón de información sobre el proyecto de la Escuela de Verano.
Luke se dirigía a ella hablando por teléfono y con sus cafés en una bandeja de cartón. Le pasó la bandeja sin decir nada y se giró para seguir hablando mientras miraba hacia los ventanales y el avión situado en la terminal. Al cabo de un rato, se despidió y se volvió hacia ella.
—Perdona. Estaba hablando con un antiguo compañero, Boyers. ¿Te acuerdas de él?
Margo negó con la cabeza.
—Tengo algo sobre el señor Greer.
—¿Qué has averiguado?
—Es estadounidense. Nacido en Delaware. Fue a West Point. Fue un boina verde. Abandonó el ejército con grado de capitán y se puso a trabajar en una empresa de seguridad privada. No ha estado casado. No tiene hijos.
—¿Cómo se llama la empresa de seguridad?
—Flintrock. Y adivina dónde está.
—¿Boston?
Luke asintió con la cabeza.
—¿Es una empresa con mucha presencia en redes?
—No, lo normal. Discreta. Parece cara. Una lista de clientes nos resultaría muy útil, pero, por desgracia, no nos la han dado. Apuesto a que tienen clientes internacionales.
—Podríamos pasar por sus oficinas cuando lleguemos —sugirió Margo.
—No sé si sacaremos algo, pero podemos intentarlo.
Boyers me ha dado también información sobre la muerte del señor Thornton.
Por lo visto siguen con la teoría del robo que se salió de madre.
Han detenido a uno de los implicados en el robo de la panadería y lo están interrogando sobre el señor Thornton.
—¿En serio? ¿Después de todo lo que les he dicho?
—Ya. Entiendo que estés frustrada, créeme, pero en nueve de cada diez casos, cuando matan a una mujer, el marido tiene algo que ver.
Si entran en una panadería, es un robo. La mayor parte de los casos tienen una explicación simple.
Los complicados, extraños y fortuitos no son lo habitual.
Es la teoría de la navaja de Ockham: buscan la explicación más simple, y perseguir un libro misterioso por medio mundo no encaja.
—Lo pillo, pero no por ello resulta menos frustrante.
Luke se rio.
—Créeme, lo entiendo. No te imaginas la de veces que estaba trabajando en algo y tenía una corazonada.
Sabía que no me equivocaba, pero la burocracia me tenía atado de pies y manos.
No te haces una idea de lo frustrante que era.
Pero era el sistema con el que teníamos que trabajar.
Hacíamos nuestro trabajo, obedecíamos las normas y, a veces, pillábamos a los malos.
»Te envidiaba por eso, por poder ser tu propia jefa y establecer tus propias normas. Me parecía una forma mucho más eficaz de hacer las cosas. Es una de las cosas que más me gustan de tener mi propia empresa.