La historia perdida de Eva Fuentes 17
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MARGO

—¿Te ha dicho algo la policía? —preguntó Luke en el taxi que los llevó desde la estación al restaurante de su clienta.

—Nada. He llamado a la comisaría y he dejado un mensaje para el detective porque tenía lleno el buzón de voz.

He llamado también a Bea para ver cómo estaba y todo va bien.

No cree que la hayan seguido ni nada. Tampoco ha recibido ningún otro correo electrónico falso.

Las cosas se han calmado un poco, lo que me lleva a pensar si la persona que está detrás del asunto no se esperaba que fuera a atraer tanta atención policial.

—Puede ser. Es muy probable que el responsable de los allanamientos haya contratado a otros para que hagan el trabajo sucio en vez de mancharse las manos. Y a lo mejor se les han ido las cosas de las manos y están esperando a que se calmen un poco las aguas.

Cuando salieron del taxi, Luke se colocó entre Margo y la calle. Notó que estaba tenso mientras observaba los alrededores.

El restaurante Red Bull estaba muy bien posicionado cerca de la Royal Mile.

El cartel era un bonito recuadro rojo con la silueta de un toro resaltada en negro.

Parecía la clase de sitio en el que cuesta trabajo reservar mesa y al que los empleados del banco llevaban a sus citas un viernes por la noche.

Seguro que recibiría buenas reseñas en internet describiéndolo como «atrevido» e «innovador».

Viendo la ubicación, apostaría a que le iba bien, pero aún estaba por ver que tuviera el dinero suficiente para contratar a alguien para seguirla por Londres.

El interior parecía una cueva, y Margo tuvo la sensación de que habían abandonado las calles adoquinadas de Edimburgo para descender a una guarida subterránea envuelta en el delicioso olor de la carne y los quesos.

—Me recuerda a…

—Aquel sitio de Barcelona —terminó Luke.

Margo asintió con la cabeza.

Le propuso matrimonio en Barcelona. Acababan de terminar los exámenes del primer trimestre y estaban agotados después de dos semanas subsistiendo a base de cafeína y comida para llevar. El viaje había sido el regalo de Navidad de Luke, y habían pasado tres días maravillosos paseando por la ciudad.

La última noche habían encontrado por casualidad un restaurante tan pequeño que solo cabían unas pocas mesas. Se sentaron muy juntos y, de repente, la miró a los ojos y le dijo: «Cásate conmigo».

Había tenido que repetirlo, como le gustaba decir cada vez que lo contaba, porque Margo se había quedado tan atónita que sintió como si la hubiera golpeado un rayo.

Todo le había parecido increíble —el propio Luke era un unicornio, sobre todo viendo los tipos tan horribles con los que había salido— y la idea de casarse no era algo que hubiera contemplado siquiera.

Para ser justos, no creía que Luke planeara casarse tampoco, a juzgar por la forma en que se lo había propuesto así sin más, sin anillo ni nada, algo totalmente impropio de él.

Cuando ella se lo contaba a sus amigos, esa era la parte que más le gustaba, que no hubiera anillo ni pétalos de rosa ni velas ni ninguno de los estereotipos románticos de postal. Solo los dos tomando sangría en un pequeño restaurante en Barcelona que parecía una cueva, perdidamente enamorados.

—Lo pasamos bien aquella noche —dijo Margo.

Luke asintió con la cabeza.

—La verdad es que sí.

Extendió la mano para cederle el paso. Se acercaron hasta el atril donde recibían a los clientes y miró a su alrededor en busca de Adriana Josephs.

El restaurante acababa de abrir y solo había dos mesas ocupadas.

Si la mujer estaba detrás del asesinato del señor Thornton, al menos le harían frente en un lugar público, aunque fuera en su terreno.

Margo esperó pacientemente a que Luke dijera su nombre a la encargada de sala y que tenían una cita con la dueña.

La mujer los condujo a una mesa situada en un rincón. No tardó en llegar la camarera a tomarles nota —unas tapas y una botella de vino tinto que les recomendó— y marcharse rápidamente para darles intimidad.

Les sirvieron el vino, pero Margo no pudo dar más que un par de sorbitos de lo nerviosa que estaba.

—Gracias por dejarme venir contigo —dijo Margo.

—De nada. A lo mejor ha sido excesivo venir aquí en persona, pero me parecía que tenía que hablarlo con ella cara a cara para evaluar mejor la situación. —Le sonrió con tristeza—. Siempre me pasa esto con el trabajo. Y también en la vida. Cuando se me mete algo en la cabeza, voy hasta el final.

—Era una de las cosas que más me costaban cuando eras policía. Nunca hablábamos de tu trabajo.

—Ya. Es que para mí eras un santuario, y no quería que lo feo de mi trabajo invadiera nuestro hogar.

Antes de conocernos, cuando estaba en la Unidad de Delincuencia Violenta, no era capaz de desconectar.

Las cosas que veía, los casos que investigaba, me perseguían a todas partes.

Y cuando empecé a trabajar en asuntos de crimen organizado y delitos en el campo de las obras de arte, no sé, pensé que sería diferente.

Pensé que podría dejar el trabajo al llegar a casa.

Pero seguía acosándome. Seguía tratando con personas horribles que hacían cosas horribles.

Tú veías esas obras de arte tan hermosas, la alegría de tus clientes cuando les conseguías ese collar o ese cuadro.

Te encantaba. Y yo no quería quitarte la alegría, no quería mostrar el otro lado, el que yo vivía a diario, viendo cómo las organizaciones criminales utilizaban ese mismo tipo de obras como moneda de cambio.

—No lo sabía. Ocultabas muy bien esa parte para que yo no tuviera acceso. Ojalá te hubiera preguntado por qué lo hacías. Ojalá lo hubiera entendido mejor.

De pronto, Luke centró la mirada en algo por detrás de Margo y se inclinó hacia delante.

—Adriana Josephs acaba de entrar.

Margo se giró y echó un vistazo con despreocupación. Una mujer rubia acababa de entrar en el restaurante y hablaba con la camarera al tiempo que miraba hacia su mesa.

Margo la reconoció de inmediato por la foto que salía en la web del restaurante.

En la décima de segundo que pasó antes de que sus miradas se cruzaran, intentó clasificar la reacción de la mujer, buscando un gesto de reconocimiento en su cara, algo que indicara que estaba detrás del asesinato y el allanamiento de su oficina.

No vio nada, claro que a lo mejor era muy buena actriz.

La mujer le dijo algo a la camarera y a continuación se dirigió a la mesa con una sonrisa educada. Era la sonrisa de alguien acostumbrado a tratar con clientes, la misma que Margo estampaba en su rostro a diario.

Se detuvo junto a su mesa y los miró a ambos, que se levantaron a saludarla.

—¿Eres Luke? Adriana. Lamento lo que le ha ocurrido a Mitch. ¿Qué tal está?

—Mejor —respondió él—. Sigue en el hospital, pero la operación salió bien.

Le estrechó la mano y seguidamente le presentó a Margo como su colega.

—Qué bien, me alegro. No sé si te lo habrá dicho, pero mi marido y él fueron compañeros de habitación en la universidad. Son buenos amigos.

Luke asintió con la cabeza.

—Estaba preocupado por haberte dejado así. Ya sabes cómo es.

—Le dije que no se preocupara. No podía creer que me escribiera desde el hospital para pedirme disculpas.

Los tres se sentaron y Adriana retomó la conversación.

—Me dijiste que querías hablar conmigo sobre el libro. ¿Lo has encontrado?

Luke negó con la cabeza.

—No, pero tenemos algunas preguntas sobre él. En el expediente, Mitch dejó escrito que tienes un vínculo personal con la novela, que perteneció a tu familia y desapareció durante la Revolución.

—Sí, mi abuela recibió el libro de su madre, mi bisabuela, con el encargo de devolvérselo a la autora, Eva Fuentes —respondió la mujer, mirando a Margo—.

Mi abuela se sentía muy mal por haber tenido que dejarlo en Cuba al exiliarse sin haber cumplido la promesa hecha a su madre.

Sentía que le había fallado a su amiga. Era una cuestión de honor para ella.

Mi bisabuela y Eva Fuentes eran amigas. Compartieron habitación un verano.

«Un verano…».

—¿Tu bisabuela participó en la Escuela de Verano para maestros cubanos? —preguntó Margo, recordando lo que había averiguado sobre Eva Fuentes y el programa cultural en Boston a principios del siglo xx.

—Sí. Mi bisabuela Dolores y Eva compartieron habitación. Eva le dio un ejemplar del libro. No sé por qué. No llegué a conocer a Eva. Mi bisabuela murió en Cuba antes de que yo naciera, y, a su muerte, mi abuela heredó sus pertenencias.

—¿Crees que el libro sigue en Cuba? —preguntó Margo.

—No lo sé. Cuando mi abuela huyó de La Habana, se lo confió a una vecina que era bibliotecaria.

—¿Sabes cómo se llamaba?

—No, lo siento. Yo tenía ocho años cuando murió mi abuela.

Si me lo dijo, no lo recuerdo, y no he encontrado nada entre los documentos de mis padres.

Pero puedo volver a mirar. Los he revisado bastante, pero se mudaron varias veces a lo largo de su vida.

Es una de las historias familiares que han ido pasando de generación en generación, pero me gustaría haberles preguntado cuando era más joven, me gustaría tener más información.

Volveré a preguntar a los miembros más mayores de la familia para ver si saben algo más.

—¿Sabes si la bibliotecaria vive todavía? ¿O si se quedó en La Habana? —preguntó Luke.

—No lo sé.

—¿Sabes de qué trataba el libro?

—Tampoco. Mi abuela nunca me lo dijo.

—¿En qué año se marchó de Cuba? —preguntó Luke.

—En 1966. Fue a España. Tenía una prima en Madrid. Mis padres se llevaron también a mis abuelos y luego me tuvieron a mí. Mi familia se estableció allí, tuvieron una buena vida después de todo. Estaban decididos a construir un hogar a pesar de lo que les robó el régimen castrista.

Su voz dejaba traslucir la pasión por el tema, una rabia que le recordó a Natalia Evans. Las primeras impresiones resultaban muy útiles en su trabajo, y su impresión sobre Adriana Josephs era que decía la verdad.