16
PILAR
Tenía que cambiar de sitio los libros.
Una vez que Esteban se fue, y con la mente puesta en la advertencia de que tuviera cuidado porque alguien los había traicionado, Pilar salió de la Biblioteca Nacional con la dirección de Eva Fuentes en un papel en el bolsillo de la falda y las notas que había tomado guardadas en su bolsa de gran tamaño.
Miró la hora que era mientras se dirigía hacia su biblioteca.
Estaba oscuro; la pequeña biblioteca de barrio habría cerrado ya, casi dos horas antes.
Sabía que a Ignacio le gustaba quedarse un poco entre las estanterías, pero era tarde incluso para él, y probablemente estaría ya en casa con su mujer.
Había considerado la posibilidad de acudir a él en busca de ayuda, confiarle lo que se traía entre manos.
Al fin y al cabo, si había alguien que amaba los libros era Ignacio.
Pero rápidamente lo había descartado porque no podía poner en peligro su vida de esa forma.
Haber visto a Esteban demacrado y angustiado tras pasar por la cárcel tenía que servirle de recordatorio de lo despiadado que podía ser el régimen.
No tenía ningún plan. Le había dado muchas vueltas, pero no se le había ocurrido nada. El problema era que ya no sabía en quién confiar, y como revelar su secreto a otra persona significaba ponerla en peligro, era imposible no sentirse sola.
Pilar miró hacia atrás mientras cruzaba la calle y se dirigió a la entrada trasera de la biblioteca. Las luces estaban apagadas, como ella esperaba. Desde fuera se veía todo tranquilo, no había nadie dentro.
Abrió con su llave y compuso una mueca al oír el chirrido de la puerta.
Se oía el sonido de la conversación y las risas a la hora de la cena que se colaban por las ventanas abiertas.
Conocía a todas esas familias, había ayudado a sus hijos a elegir un libro, había escuchado sus historias y les había hecho sugerencias.
Había formado parte de sus vidas, su presencia en los márgenes en cierta forma, y, sin embargo, se preguntó si la denunciarían llegado el caso.
Cerró la puerta con llave. Caminaba deprisa, sin atreverse a dar la luz, moviéndose con soltura por los pasillos que conocía de memoria. Llegó a la estantería en la que había escondido los libros y se los guardó en la bolsa. Entre ellos estaba Tiempo para olvidar .
Se dio la vuelta para marcharse…
—Le he dicho todo lo que sé.
Se quedó de piedra.
—Yo creo que no.
Las voces de dos hombres procedían de la parte delantera de la biblioteca.
Se asomó por un lado de la estantería, pero estaba todo oscuro, excepto por una lucecilla en el mostrador en el que Ignacio y ella pasaban gran parte del día.
No veía quiénes eran y las voces estaban demasiado lejos para distinguir lo que decían.
Una sonaba suplicante, la otra, enfadada e impaciente.
Aguzó el oído para intentar captar lo que decían.
—… necesito más…
—… considerar lo que hay en juego…
—… lo hago, se lo prometo…
Pilar permaneció donde estaba, sin poder moverse, temerosa de que oyeran sus pasos y la puerta al cerrarse. ¿Habrían oído el chirrido al entrar?
Se asomó de nuevo y se adelantó un paso para ver mejor el espacio del mostrador iluminado por el suave resplandor.
Vio a un hombre, de espaldas a ella, con un uniforme que reconoció al instante. Era un militar, uno de los hombres de Castro. En ese momento se giró levemente, y Pilar lo vio de perfil y recordó el encuentro con su vecino en el pasillo ese mismo día.
El comandante estaba allí, en su biblioteca.
Y detrás de él…, Ignacio.
Pilar se echó hacia atrás con el corazón acelerado.
¿Ignacio?
Ella lo respetaba. Siempre lo había hecho. Un hombre entregado a los libros que estaban a su cuidado, siempre amable y respetuoso con ella.
¿Estaba a las órdenes de Fidel?
Se produjo un silencio seguido por el sonido de la puerta principal al cerrarse.
Se asomó nuevamente. Ignacio estaba sentado en el taburete, inclinado sobre el mostrador y con la cabeza apoyada entre las manos.
Pilar dudó un momento, debatiéndose entre las ganas de huir y la incapacidad de pasar por alto lo que acababa de oír. Al final, salió de su escondite.
—Oí el chirrido de la puerta de atrás. Tenía la corazonada de que serías tú —dijo Ignacio sin levantar la cabeza—. Nadie más tiene llave, ¿no?
Pilar se detuvo delante de él.
—¿En qué te has metido?
Siempre lo había admirado, siempre quería impresionarlo haciendo bien su trabajo, esforzándose para merecer su respeto.
Ignacio suspiró.
—Sé que has oído la conversación, o al menos una parte. Imagino que lo habrás adivinado.
—Pasas información al régimen. ¿Sobre quiénes? ¿Usuarios? ¿Vecinos? ¿Sobre mí?
—Yo no quería. —Levantó la mirada. Tenía los ojos rojos—. Tienes que creerme. No quería hacerlo. Mi mujer…
No había muchas cosas que amase más que los libros, excepto a su mujer. Pilar sabía que la quería muchísimo.
—Empezó a aceptar encargos de costura en casa, algunas personas le pagaban en especie, y la denunciaron. Cuando fueron a nuestra casa, encontraron cierta carne que no deberíamos tener. Su salud… No habría sobrevivido si la hubieran metido en la cárcel.
Pilar dudaba que la mujer hubiera sobrevivido, y más aún después de ver las consecuencias del encierro en Esteban. Y aun así, aunque comprendía la elección que se había visto obligado a tomar, le costaba aceptar su decisión de sacrificar a los demás.
—Tienes que haberles dado algo muy útil para que no la detuvieran.
Ignacio guardó silencio un momento.
—La biblioteca. Querían asegurarse de que no hacíamos nada subversivo. Me han obligado a informar de cualquier cosa sospechosa que viera.
Todo ese tiempo preguntándose por qué los castristas tenían tanto interés en ella, suponiendo que tendría que ver con Enrique, pero ahora entendía el porqué. Ignacio la había traicionado.
—¿Qué les has dicho sobre mí?
¿Cuánto sabía?
Ignacio palideció y fijó la mirada en un punto situado por encima del hombro de Pilar, incapaz de mirarla a los ojos.
—Nada. Lo juro. Me preguntaron por ti, por lo que pasó con tu marido. Ocurrió tal como te dije: querían saber si eras leal a la revolución y les dije que sí, que no tenía motivo para creer lo contrario. Te advertí. Te he protegido.
Estuvo a punto de creerlo. O mejor dicho, a punto de creer que Ignacio se creía lo que decía. Lo habría hecho si él no se hubiera empeñado tanto en no mirarla a los ojos y si no tuviera tanta pinta de sentirse culpable.
—¿Qué has hecho?
Ignacio la miró a los ojos y le sostuvo la mirada.
Pilar vio en ellos la respuesta que buscaba.
—Lo siento —susurró.
«No».
—¿Cómo? ¿Por qué?
—No dejaban de presionarme, de amenazarme, de decirme que tenía que darles algo. Tú sabes lo importante que es este sitio para mí, lo importantes que son estos libros. No quería que le hicieran daño a la biblioteca. No quería que te hicieran daño.
Pilar lo miró horrorizada.
—Y en su lugar les entregaste a mi marido, ¿no?
—No sabía en lo que estaba metido. No sabía que trabajaba contra el régimen.
—Entonces, ¿qué les dijiste para que lo mataran?
—Un día vino a buscarte y estuvo hablando con un hombre.
Parecía sorprendido de verlo y la conversación se transformó en una discusión acalorada.
No me di cuenta de que la policía secreta tenía a aquel hombre bajo vigilancia.
Lo único que hice fue contarles lo que vi.
No sabía cómo terminarían las cosas. No sabía que lo matarían. Yo no…
En los peores momentos de dolor por la pérdida, Pilar se había preguntado cómo reaccionaría si alguna vez se encontrara cara a cara con el responsable de la muerte de su marido.
En sus pesadillas, en sus momentos de rabia, veía a alguien anónimo, alguien sin rostro.
Nunca se le había ocurrido la posibilidad de que fuera una de las pocas personas a las que consideraba amigas.
Ignacio la miró como buscando su absolución, el perdón que Pilar no quería ni era capaz de darle.
Y al final, cuando no encontró qué decir y comprendió que todo lo que había entre ellos era un inmenso vacío, que jamás podría volver a aquella biblioteca, salió corriendo.