15 #2
—Creía que te conocía. Pero esto, ese artículo… ¿Cuándo empezaste a escribirlo?
James titubeó de nuevo.
—Me lo debes. Dime la verdad.
Él asintió con la cabeza.
—Trabajo para un periódico de Boston. Es una publicación pequeña, solo llevo dos años con ellos.
Empecé como poco más que el chico de los recados, pero terminé convenciendo al editor para que me diera la oportunidad de escribir algo.
Estaba estudiando en Harvard. Un año por lo menos.
Pero mi padre enfermó y mi madre necesitaba que volviera y la ayudara con la tienda.
Hace cinco años de eso. Cuando mi padre murió y mi madre se fue a vivir con su hermana y su cuñado a Providence, empecé a trabajar en el periódico.
Y a escribir la novela de la que te hablé.
»Estudiar aquí era asombroso. Ya has visto cómo es todo, las oportunidades que hay.
Como esta biblioteca, sin ir más lejos. Me abrió un mundo de posibilidades.
No quiero perderlo. Cuando anunciaron lo del programa de intercambio, se formó un buen revuelo en Boston, probablemente porque Cuba genera mucho interés.
Y se me ocurrió escribir un artículo sobre la experiencia, no solo desde el exterior, sino también desde el punto de vista de alguien que estuviera participando en el programa: un profesor cubano.
—Entonces, no tenía nada que ver conmigo personalmente. Simplemente, encajaba con lo que buscabas.
¿Se habría dado cuenta de lo sola que estaba? ¿La había elegido por eso? ¿Había algo en ella que indicara su vulnerabilidad?
—No, para nada. Piensa en la noche que nos conocimos, recuerda cómo nos encontramos.
No fui a buscarte. Te vi, me fijé en ti, sí.
Me llamaste la atención porque ya estaba interesado en ti, pero había salido a tomar un poco el aire cuando saliste corriendo, y reconocí en ti el mismo desasosiego que sentía yo.
»Y luego empezamos a hablar y me quedé fascinado. Te pregunté tantas cosas porque quería saber lo que pensabas, entender cómo era tu vida. Te protegías detrás de numerosos muros, y quería ser yo quien los derribara. Aspiraba a ganarme tu confianza, a ser el hombre merecedor de alguien como tú.
Eva se apartó las lágrimas atragantándose con los sollozos.
Todo lo que había descrito, la sensación de llamar la atención de alguien, de entablar una conexión con alguien en ese mundo terrible, lo había significado todo para ella. Perderlo…
—Y a pesar de todo, seguiste haciéndome preguntas. Y seguiste escribiendo sobre mí.
—Eva.
Cada vez que pronunciaba su nombre se acercaba un poquito más, hasta que no quedó espacio entre ellos, apenas unos centímetros. Entonces levantó la mano y le secó las lágrimas con las yemas de los dedos.
Eva se estremeció. Le vibraba el cuerpo de tensión y tristeza, y también por el nudo de deseo que se le ponía en la boca del estómago cada vez que lo tenía cerca.
Debería apartarse de él.
Debería poner distancia entre ellos, pensar con lógica y sentido común.
Sabía que tenía que hacerlo. Era lista, era capaz y era independiente, y por mucho que quisiera creer en el deseo que veía en sus ojos y la caricia de su voz, lo cierto era que había seguido escribiendo sobre ella.
Su primer encuentro, pese a sus intenciones iniciales, no había alterado sus planes.
La cita que había escrito era del día que fueron a navegar, después de que algo en su interior cambiara para siempre.
—Me estás utilizando para ascender en tu carrera.
Se separó de él e inspiró profundamente con el corazón acelerado.
James avanzó hacia ella y la estrechó entre los brazos.
—Yo jamás te utilizaría. Pensé que cuando terminara el artículo, cuando tuviera algo que pudiera enseñarte, algo de lo que estuviera orgulloso, a lo mejor lograría convencerte para enseñárselo a mi editor y que lo publicara. Pensé incluso que podríamos escribirlo juntos y firmarlo los dos.
—Yo no quiero eso.
—¿Por qué no? Tú misma lo dijiste cuando nos conocimos, que querías representar a Cuba, cumplir con tu obligación.
—No así.
¿De verdad no lo entendía? Nunca en toda su vida habían tenido en cuenta su voz.
Era una mujer cubana que había vivido la mayor parte de su vida en los márgenes de la pobreza.
Como si fuera invisible. Cuando escribía, cuando derramaba sobre el papel todos los sentimientos, los miedos, los sueños y los deseos que albergaba en su interior, se sentía poderosa.
Era la oportunidad de decir algo que la gente escucharía, la esperanza de que sus palabras llegaran algún día a resonar en alguien, la oportunidad de establecer una conexión.
Pensar que quisiera arrebatárselo, retorcer en cierta forma sus palabras, sus pensamientos más íntimos, le parecía la mayor de las traiciones. Había compartido con él esa parte de sí misma porque pensaba que era un hombre especial, que tenían algo especial. No para que el mundo lo juzgara.
—No tengo ningún interés en convertirme en una celebridad, en recibir la atención que conlleva esta exhibición.
Estoy orgullosa de representar a mi país, y espero que las personas que he conocido aquí tengan buena opinión de mí y que mis actos contribuyan a crearse una opinión favorable de Cuba.
Pero no busco la atención para mí. No quiero ser la protagonista de ningún artículo, no quiero que mis palabras se publiquen en tu periódico.
Cómo y cuándo decida contar mi historia es cosa mía. Y de nadie más.
Notó la vacilación en su rostro y prácticamente lo vio formular los argumentos con los que tratar de convencerla.
De nuevo la sorprendió.
—Lo entiendo. Romperé el artículo. Te lo prometo. Lo escribiré desde otro ángulo o buscaré a otra persona para que me dé su opinión. Lo siento. Me importas mucho. No quiero arriesgar eso. Lo que hay entre los dos es mucho más importante que cualquier artículo. Perdóname, por favor.
Sus cuerpos se habían acercado de nuevo mientras hablaban. James bajó la cabeza y apoyó la frente en la de ella.
—Perdóname, por favor —repitió.
Eva quería hacerlo, o al menos una parte sí quería, pero en lo más hondo de su mente oyó una advertencia…
Si había sido capaz de mentirle sobre eso, ¿sobre qué otras cosas podría mentir?
—No lo sé.
James le rozó los labios levemente con los suyos.
—No sé cómo voy a olvidar esto. No… No confío en muchas personas. Nunca había…
Aquello era humillante, tremendamente humillante. Pero tenía que hacerle entender, quería que comprendiera lo mucho que le había costado abrirse a él.
—Nunca había sentido algo así. Nunca había tenido una conexión tan grande con nadie. —Tragó saliva—. No vuelvas a hacerme daño.
—No lo haré.
Profundizó el beso mientras la estrechaba entre sus brazos, acariciándole la cintura, subiendo las manos por su espalda…
Eva se apartó con el pulso desbocado.
A su cuerpo no le había costado nada perder el control de la situación, la pasión ardía intensamente en su interior. Apagar la mente o apartar a un lado sus recelos no era tan fácil.
—Prométemelo. Júrame que no volverás a mentirme. Que a partir de hoy serás sincero conmigo.
James la miró a los ojos y Eva vio que decía la verdad.
—Lo juro.