La historia perdida de Eva Fuentes 15
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EVA

Después de que James la llevara a navegar hubo más salidas —excursiones a la playa, pícnics en el parque, viajes en coche fuera de Boston, hacia los campos de Massachusetts—, que Eva encajaba entre las muchas actividades del programa.

Tenía la cabeza llena de todo lo que aprendían en las charlas y encuentros a los que asistían, y el corazón rebosante ante las posibilidades de la relación que estaba cobrando fuerza entre James y ella.

Él le contaba cosas de su infancia, de su novela.

Hubo más besos, a cada cual más atrevido, besos que la hacían sentir audaz.

A veces, cuando quedaba con él después de las clases, mantenían apasionadas discusiones sobre la historia de Estados Unidos que estaba aprendiendo, sobre su filosofía de la enseñanza y sus sueños de futuro para Cuba.

A James se le daba muy bien escuchar, y cualquier reticencia inicial que pudiera tener a expresar sus opiniones desaparecía al comprobar el interés que mostraba.

Su mundo en Harvard empezaba a reducirse al que habían creado los dos.

Había transcurrido la mitad del verano cuando se dio cuenta de que todo lo que había pretendido escribir se había quedado en agua de borrajas. Su novela, que aún no tenía título y no estaba terminada, esperaba en la mesa de su habitación, haciéndole guiños cuando regresaba de sus aventuras.

Por fin, un miércoles James le dijo que no podía quedar con ella y lo aprovechó para ir a la biblioteca a escribir.

Observó la sala en busca de un sitio. Había mucha gente y su sitio favorito estaba ocupado, así que se dirigió al fondo.

El repiqueteo de sus tacones en el suelo despertó miradas de curiosidad entre los estudiantes —no en vano era una mujer, y cubana, en la Universidad de Harvard—, aunque lo cierto era que a esas alturas su presencia despertaba menos miradas que al principio.

Los estudiantes se iban acostumbrando a estar juntos.

A Eva le gustaba pensar que se irían de allí con una idea un poco diferente de la que tenían al llegar, y sabía que ella iba a ver el mundo de otra forma cuando volviera a Cuba.

Iba a echar mucho de menos Harvard. Iba a echar de menos las posibilidades que había allí, el hecho de que hubiera cruzado el océano para ir a una de las universidades más famosas del mundo y hacer que lo imposible pareciera alcanzable.

Más de uno de los docentes de la delegación había expresado su deseo de quedarse, y la idea se había abierto camino en ella.

El propósito del programa de verano no era ese, claro, sino que se esperaba de ellos que volvieran a La Habana para poner en práctica lo aprendido.

Ella lo sabía y estaba orgullosa de representar a su país.

Sin embargo, nadie la esperaba en Cuba. Volvería para estar sola en su apartamento, mientras que allí estaba rodeada de gente, y también estaba James…

Había varias mesas libres al fondo de la sala, y Eva se dirigió a la última, junto a un hombre inclinado sobre un montón de papeles, desperdigados a su alrededor.

Lo primero que reconoció fue su postura, su forma de moverse, y después se fijó en el pelo oscuro que había acariciado unas horas antes.

—No sabía que pensabas venir a la biblioteca también. He venido a escribir —dijo, con una sonrisa que se agrandó cuando él levantó la mirada de los papeles al oírla.

Si a ella le había sorprendido verlo allí, a él lo sorprendió aún más, y un segundo después algo parecido al pánico le atravesó fugazmente el rostro.

Eva retrocedió al notar por su actitud que se estaba inmiscuyendo en su espacio, que no era bien recibida.

Estaba confusa. A ella no le gustaba que la interrumpieran cuando escribía.

Por lo general, le daba vergüenza mostrar sus escritos a los demás, pero aun así le sorprendió mucho que se mostrara tan molesto.

La última vez que habían estado juntos, James la había besado y le había dicho que no podía dejar de pensar en ella. ¿Qué había cambiado?

Eva echó un vistazo rápido a su alrededor.

No habían alardeado de su relación, y ella había dado por hecho que había sido porque él sabía lo importante que era para ella estar allí.

No quería despertar rumores sobre su vida personal y que su romance con James restara importancia a los motivos que la habían llevado hasta allí, no quería que los bostonianos que habían reunido los fondos para financiar el programa pensaran que no se lo estaba tomando en serio.

Además, aunque se hubieran conocido en otras circunstancias, en Cuba tal vez, ella lo habría llevado con discreción.

Pero en ese momento se le pasó por la cabeza si se habría equivocado, si lo que pasaba en realidad era que se avergonzaba de ella y tenía sus propios motivos para guardar en secreto su relación.

Eva bajó la cabeza tratando de calmar sus sentimientos. Estaba muy dolida. Su mirada aterrizó sobre la hoja que tenía James delante y su conocida caligrafía en tinta negra. Ley? automáticamente lo que decía:

El programa nos ha dado la oportunidad de aprender los unos de los otros, de vernos en condiciones de igualdad…

Reconoció las palabras al instante porque eran suyas. Era lo que le había contestado a James cuando le preguntó qué le estaba pareciendo el programa de intercambio el día que salieron a navegar.

—Puedo explicarlo, Eva.

Ella levantó la vista y lo miró a la cara.

—¿Estás escribiendo sobre mí? ¿Sobre las cosas que te he dicho?

¿Para su novela? No tenía sentido. Se lo habría dicho, habría comentado algo en alguna de las muchas veces que habían hablado sobre su trabajo.

Y entonces lo leyó: su nombre. Se refería a ella como la «maestra cubana Eva Fuentes».

Como si fuera más un objeto de estudio que alguien de quien se estaba enamorando.

¿Por eso le hacía tantas preguntas? No era porque tuviera un interés especial en ella o en sus opiniones, sino porque estaba reuniendo información sobre ella.

La noche que se conocieron fuera del salón de actos había mucha gente, pero sobre todo de dos clases: estudiantes de Harvard y periodistas.

—Ven, no es sitio para tener esta conversación.

James se levantó y la tomó de la mano. Estaba hecha un lío, tanto que no pudo hacer nada más que acompañarlo hasta un rincón de la sala.

Pero allí se soltó de un tirón.

—No estudias aquí, ¿verdad?

James titubeó un momento antes de contestar.

—En mi defensa he de decir que yo nunca dije que lo hiciera. Tú lo diste por sentado.

Eva repasó todas las conversaciones que habían mantenido, recordó la ambigüedad de sus respuestas. Puede que no le hubiera mentido abiertamente, pero estaba claro que la había conducido en una dirección determinada.

—Dejaste que lo diera por sentado. ¿Por qué?

Porque querías que lo hiciera. Porque todo esto dependía de ello.

—Estaba furiosa, las palabras en español entrechocaban velozmente en su cabeza.

Tardaba un poco más en decir lo que quería en inglés y la enfureció aún más saber que no le quedaba otra que hablar en la lengua de él para hacerse entender—.

Menuda historia te he dado. Eres periodista.

Dijo esto último como si fuera un insulto, aunque no tuviera nada en contra de los periodistas. Los admiraba incluso. Pero que la hubiera seducido fingiendo que le gustaba solo para sonsacarle información…

Notó que se ponía roja de indignación.

Ella no confiaba en muchas personas, no se permitía intimar con nadie, por eso le dolía tanto que alguien en quien había confiado, que había encendido el deseo en ella, le hubiera mentido.

—¿Hasta dónde habrías sido capaz de llegar? ¿Hasta cuándo pensabas seguir mintiéndome? He oído hablar de lo que cuentan vuestros periódicos. ¿Pensabas publicar alguna historia escandalosa?

Puede que las palabras no le salieran tan rápido como le habría gustado, pero le era imposible contener la rabia. No dejaría que aquel hombre la avergonzara. No dejaría que un artículo suyo la pusiera en evidencia, no se disculparía por el hecho de haber…

—Eva —la interrumpió, acercándose a ella rápidamente hasta poco menos de un brazo de distancia—. Ya vale.

—¿Cómo te atreves a decirme que ya vale?

Confié en ti. ¿Sabes lo mucho que me cuesta confiar en la gente?

Me has mentido, me has hecho creer que estabas interesado en mí, conseguiste que te contara cosas, que confiara en ti, y todo ¿por qué?

, ¿por un artículo sobre una maestra cubana que no le importa a nadie?

No vas a decirme si puedo o no enfadarme. No tienes ningún derecho a…

—No iba a escribir un artículo sobre ti.

—Alargó la mano y la atrajo hacia sí tomándola por el codo—.

Es verdad que la noche del baile estaba allí por trabajo.

Y que me había fijado en ti antes, en la celebración del 4 de julio.

En eso consiste mi trabajo, en fijarme en las personas, estudiarlas.

Tú haces lo mismo. Te he visto hacerlo. Eso fue lo que me atrajo de ti ese día.

Se notaba que tenías curiosidad por la forma en que lo observabas todo, evaluándolo y captándolo todo con lo que ahora sé que es la mirada de una escritora, y me llamó la atención porque yo hago lo mismo.

Cuando empezamos a hablar la noche del baile, me quedé porque me gustó hablar contigo, pero eras interesante y preciosa.

No pensaba en ti como periodista, pensaba en ti como hombre.

—No te creo.

—Vamos, Eva. Me conoces. Sabes lo que sentimos cuando estamos juntos, cuando nos abrazamos y nos besamos.

¿Lo sabía de verdad? Hasta ese momento pensaba que sí, pero ahora se sentía como una idiota.

Una novata. ¿Qué sabía ella del deseo? ¿Qué sabía ella de la naturaleza de los hombres?

Sabía desde el principio que no era la primera mujer a la que besaba, que había habido otras.

Era evidente sin necesidad de decirlo en voz alta, sin necesidad de preguntárselo.

¿Cómo podía distinguir lo que era verdad y lo que era fingido? ¿Cómo podía volver a confiar en él?