La historia perdida de Eva Fuentes 14 #3
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Margo inspiró profundamente con el corazón acelerado y se apretó el pecho con la mano tratando de calmar el intenso dolor, la herida que se había abierto de golpe.

A lo mejor era esa la razón por la que no habían hablado hasta ese momento.

Cada palabra que intercambiaban le dolía como si la estuvieran haciendo pedazos con mil cuchillos.

Intentó recordar cómo se había sentido, el atosigamiento.

—No lo sabía —respondió con cautela, tratando de que las emociones no le impidieran hablar, aunque el tiempo transcurrido, la distancia y la terapia le habían enseñado a manejar sus sentimientos—.

No sabía que tenías bastante conmigo. Sentía que querías más de lo que yo podía ofrecerte y que no estaba a la altura.

En aquella época, las emociones la consumían por completo, pero ahora se daba cuenta de los pequeños errores y malentendidos que se producían entre ellos inesperadamente, que habría abordado de inmediato de haber sabido que formarían una bola de nieve gigante que terminaría arrasándolos.

Eso era lo malo de ver las cosas en retrospectiva: de haber sabido lo que ahora sabía, habría dado lo que fuera por volver atrás y hacer las cosas de otra forma.

Eran jóvenes, ella era muy inexperta. Había salido con muchos chicos, había tenido un par de novios, pero Luke había sido su primera relación seria, amor en mayúsculas, negrita y subrayado.

—Yo no sabía cómo se comporta una mujer casada —confesó—.

Cuando nos casamos, pensé que sería fácil.

Querernos al principio fue muy fácil. Aquella tarde cuando entraste en el pub y me sonreíste, pensé: «Quiero que me sonría así todos los días de mi vida».

Es de locos. ¿Quién se enamora tan deprisa?

Y cuando todos me decían que íbamos demasiado rápido, que bajáramos un poco el ritmo, solo pensaba que, si había sido tan fácil enamorarnos, era porque tenía que pasar, que había algo entre nosotros inmune a las peleas y las humillaciones que acababan con otras parejas.

»Suena a cuento de hadas, lo sé, pero creo que tenía que darle la oportunidad.

Si nosotros éramos diferentes, si nuestro amor era diferente, no debía temer que fuera a cometer los mismos errores que mis padres.

Que me despertaría un día amargada y divorciada, con un crío que iría de la casa de uno a la del otro como un pelele, el último vestigio de un matrimonio que nadie quería celebrar, que todos sabían que terminaría mal.

—Margo.

—Yo no quería casarme. Nunca quise. No te lo dije nunca.

Ni siquiera habíamos hablado del tema cuando me lo pediste.

No quería cargar con esa obligación después de lo que les ocurrió a mis padres.

No quería darle a nadie el poder de hacerme daño de esa forma, no quería ser el tipo de persona capaz de herir a otra persona de esa forma.

Y de repente apareciste tú con tus sonrisas y tus besos, lo más sólido y constante que había tenido en toda mi vida, y pensé que si iba a quebrantar mis reglas por alguien, no se me ocurría nadie mejor que tú.

El día de la boda estaba muerta de miedo.

Vomité dos veces. Nunca te lo dije porque me daba vergüenza.

Una de mis damas de honor me sujetó el velo.

—Deberías habérmelo dicho. Te habría apoyado. Podríamos haberlo hablado.

Lo dijo con tal intensidad que no quedaba duda de la veracidad de sus palabras.

—Lo sé. Sé que lo habrías intentado. Pero no quería que vieras esa parte de mí.

No quería dejar que la realidad se metiera en nuestra vida.

Tú veías mi lado profesional, la parte de mi persona capaz de correr riesgos cuando existía una lógica, pero mi corazón no era racional.

Tú admirabas esa versión, y yo no quería que te dieras cuenta de que, si bien soy la reina de la eficacia y la organización en lo que a mi trabajo se refiere, soy un desastre cuando me siento emocionalmente vulnerable, cuando se trata de expresar lo que siento.

Me resulta más fácil cuando tengo el control, cuando tengo un plan, cuando le encuentro sentido a las cosas.

No te vi venir, y de repente estabas allí, simplemente me dejé arrastrar por la idea de ser una pareja, no mostré ninguna sensatez.

»Y supongo que una vez casados, me entró el pánico. No sabía cómo ser una esposa. El único ejemplo que conocía no era precisamente feliz y no quería que a mí me pasara lo mismo, pero cuanto más me preocupaba por no ser como mis padres, más me enredaba en las mismas trampas.

Luke soltó una palabrota.

—¿Sabes cuántas noches he pasado preguntándome qué había hecho mal?

¿Por qué de pronto me mirabas y te comportabas de un modo diferente?

Me preocupaba que te molestara que tuviera siempre tantas ganas de ti, que estuviera tan enamorado de ti, que te hubiera empujado a un matrimonio que no deseabas.

Cuando me dijiste que querías divorciarte, me enfadé tanto conmigo mismo que solo podía pensar en que tenía que darte lo que querías, que tenía que ser justo contigo.

Una lágrima cayó por la mejilla de Margo y se la limpió de un manotazo.

—No me empujaste a nada. Yo salté. No estaba acostumbrada a hacerlo y me asusté.

—No lo sabía.

—Ya. Y lo lamento. Lamento no habértelo dicho.

Sinceramente, no era que no me fiara de ti, no me fiaba de mí.

O a lo mejor no confiaba en lo nuestro. En lo que teníamos estando juntos.

Me parecía demasiado bueno para ser cierto, y seguía esperando que ocurriera lo inevitable, eso que llevaba temiendo desde el principio.

Me ha costado muchas horas de terapia entender que a lo mejor mi miedo me estaba causando más problemas de lo que creía.

—No es culpa tuya —susurró—. Yo también podría haberte preguntado. Podría haber hablado más contigo. Podría haberte dicho lo que me asustaba. Nunca había querido a nadie como te quería a ti y me aterraba.

Sus palabras la aterrorizaron. La terapia le había ido muy bien y se sentía más fuerte y más segura de sí misma que entonces, sentía que tenía el control de la situación y que estaba mejor preparada para manejar situaciones que antes la habrían puesto frenética.

Pero seguía siendo un proceso. Saber qué era lo que desencadenaba sus reacciones no facilitaba plantarles cara. Los viejos fantasmas seguían pululando.

Aunque por una parte encontraba cierto consuelo en sus palabras, en saber que los sentimientos de entonces no habían sido solo cosa suya, que la habían amado tanto como había amado ella, no conseguía librarse de la desgarradora realidad de que todo eso pertenecía ya al pasado, lo que le produjo una inevitable sensación de pérdida.

—Desearía poder volver y hacer las cosas de otra manera —confesó Margo—. Desearía que nos hubiéramos conocido más tarde, cuando yo me encontrara en un momento mejor. Aún estaba tratando de averiguar quién era y lo que quería hacer. No estaba preparada.

Él asintió con la cabeza.

—Creo que yo sabía que no estábamos en el mismo punto, que no estábamos preparados para todo lo que yo quería para los dos. O lo sospechaba. Confiaba en que iba a funcionar. Tal vez fuera demasiado arrogante.

—No lo fuiste. Lo hiciste lo mejor que pudiste. Los dos lo hicimos. —Margo inspiró hondo—. Lamento haberte presionado con tu trabajo. Lamento que te obligara a creer que ese era el problema, que debías solucionar de algún modo el peligro y la imprevisibilidad por mí.

—Puede que no fuera el problema, pero tampoco facilitaba las cosas.

—No, cierto, pero sé mejor que nadie lo importante que es disfrutar con lo que haces, y a ti te encantaba resolver casos, trabajar con la Interpol. Ojalá hubiera entendido entonces que no serías el hombre del que me enamoré si te quitara todo eso.

—No me habría asociado contigo si no me hubiera parecido bien hacerlo.

Estaba quemado en el trabajo. Algunas de tus quejas también eran mías.

Pero por mucho que te quisiera y por muy orgulloso que estuviera de ti, trabajar contigo tampoco se adaptaba a lo que yo necesitaba.

Tú estabas levantando la empresa e hiciste lo que tenías que hacer.

Era yo el que estaba atascado. Y no sabía cómo decírtelo, porque al final lo había elegido yo.

Era yo quien presionó para arreglar las cosas y me daba vergüenza admitir que tampoco así funcionaban.

A lo mejor me daba miedo enfrentarme a ello.

—Los dos cometimos errores. No creo que ninguno de los dos sea el culpable. —Margo alargó el brazo y puso la mano sobre la de él, que estaba posada sobre la mesa—. Lo siento.

—Yo también —respondió él, y le apretó la mano.

Los ojos se le llenaron de lágrimas y Margo se las limpió con la mano libre.

—No quiero que llores —dijo Luke.

—No estoy triste. En cierto modo, me alegra que hayamos tenido esta conversación. No nos despedimos de nuestro matrimonio ni de nosotros como era debido. Esta me parece la despedida que necesitábamos.

—Es verdad.

Ninguno dijo nada. No había mucho más que decir. Permanecieron así, con las manos entrelazadas mientras el tren proseguía su marcha.