14 #2
—No pasa nada. Cuando te fuiste, empezó a preguntarme por ti, por nuestro matrimonio…
—se rio abochornado, alborotándose el pelo—.
Teníamos una relación distendida. Nos lo pasábamos bien y nos gustábamos, pero le dejé claro desde el principio que no quería nada serio, no me veía capaz, y ella tampoco.
Lo habríamos dejado tarde o temprano, no era un gran amor ni nada de eso.
Ninguno de los dos lo buscaba. No pensaba arrastrarla mientras me aclaraba las ideas, y tampoco creo que ella estuviera dispuesta.
No la culpo. Volver a verte ha hecho que me dé cuenta de que no estaba preparado para una relación, aunque ni siquiera fuera seria.
—Te entiendo —confesó ella—. Yo también he salido con alguien, pero… creo que no estoy preparada para algo serio.
No podía imaginar pasar otra vez por el dolor de romper, como había pasado con Luke.
¿Era alivio lo que vio en el rostro de Luke? Duró solo un segundo, no sabría decirlo con seguridad.
Luke asintió con la cabeza.
—Cuando nos divorciamos, mis amigos me decían que lo mejor para superarlo era una nueva relación…, a veces con eufemismos realmente horribles. Oírlos hablar hacía que pareciera fácil, y yo no dejaba de pensar que si supieran lo que había perdido, no les parecería tan fácil. Para nada.
¿Y eso a cuento de qué venía?
Tenía razón, eso era cierto. Su matrimonio había sido especial.
Cuando se divorciaron, Margo supo que no volvería a encontrar un amor igual.
Imposible tener tanta suerte. Pero también había aprendido que, a veces, el amor no bastaba, que el cuento de hadas que le habían vendido de pequeña era una historia bonita, pero no era verdad.
La verdad era que el matrimonio era difícil, y pese a los momentos de romanticismo, lo que verdaderamente había definido su relación había sido la incapacidad de unir las vidas de ambos y los desafíos cotidianos, no las mariposas en el estómago.
—Creo que voy a ir a ver si duermo un poco —murmuró Margo—. Mañana nos espera un día largo. Se está haciendo tarde.
—Hace mucho que es tarde. Lo siento, no quería espantarte.
Luke parecía tan frustrado como ella, y se acordó de cómo se trastabilló al verla en su casa la noche anterior.
—No lo has hecho, estoy cansada, en serio, y…
Joder, no podía seguir balbuceando y mirando la mesa como una cría enamorada. Era ridículo. Su comportamiento era ridículo. Era una ejecutiva de treinta y tantos y habían estado casados. No tendría que ser tan complicado enfrentarse a su ex.
Inspiró profundamente. En otro tiempo, no tan lejano, habría corrido a esconderse en la intimidad y la comodidad de su cochecama por miedo a enfrentarse a la tensión entre ambos, a reconocer sus propios sentimientos y lo vulnerable que era a ellos.
Era el patrón de conducta que había desarrollado de pequeña, cuando se veía atrapada entre las peleas de sus padres, obligada a presenciar los problemas y los escollos de su matrimonio, cuando era demasiado pequeña para entenderlo y solo quería encontrar la forma de escapar.
Y había repetido el mismo patrón en su matrimonio, un mecanismo de defensa cuando las cosas se ponían difíciles y la sacaban de su zona de confort.
Pero necesitó la terapia y hacer frente a todos esos momentos difíciles de su vida para comprender que no quería que el pasado determinara su futuro.
Cobrar conciencia de ello no era lo difícil; lo difícil era ponerlo en práctica, sobre todo en momentos como ese.
—Es raro estar así, aquí, juntos. No sé qué decir o cómo actuar —confesó con el corazón acelerado.
Le gustaría hacerle comprender que incluso esa confesión, por obvia que fuera, le daba tanto pavor como tirarse de un avión o nadar entre tiburones—.
Tengo la impresión de que voy a meter la pata, aunque supongo que en gran medida se debe a que no hay una forma perfecta de manejar una situación como esta.
—Ya. Sí que es raro. Éramos amigos, siempre lo fuimos, siempre podíamos hablar. Se me hace duro no tener ese vínculo. Creo que es lo que más echo de menos. Hablar contigo. Reírme contigo. Vivir aventuras.
Empujó el vaso hacia ella.
—He pensado mucho en ti desde que te fuiste —continuó—. Imaginaba cómo sería volver a vernos. Estaba trabajando en mi mesa y de pronto me preguntaba qué pasaría si nos encontráramos por la calle un día. Lo que nos diríamos, cómo estarías, cómo sería tu vida. Si serías feliz.
Ella había estado haciendo lo mismo, pero no sabía que Luke también lo hacía.
—Por algún motivo no se me ocurrió que te plantarías en mi casa de noche y manchada de sangre —continuó él con una sonrisa triste—. Y debería haberlo hecho, teniendo en cuenta cómo nos conocimos.
Margo pestañeó varias veces, distraída, imaginándolo en su despacho pensando en ella, igual que le pasaba a ella con él por mucho que se esforzara en no hacerlo.
—¿Cómo que «teniendo en cuenta cómo nos conocimos»? —preguntó.
—El día que pasaste por el pub y te quedaste a tomar algo con todos, yo estaba allí supuestamente para conocer a otra persona. George había insistido en que fuera porque quería presentarme a una amiga de su novia, Aimee, que sabía que me iba a gustar.
No tendría que sentirse indignada por algo que había ocurrido hacía tanto tiempo, y, sin embargo, no le gustó nada pensar que Luke iba a conocer a otra aquel día, que si ella hubiera decidido no salir con los de clase, puede que las cosas hubieran sido diferentes.
O puede que no. A lo mejor simplemente estaban destinados a estar juntos.
—Aimee era simpática —dijo Margo, acordándose de una chica menuda, morena, siempre dispuesta a dejar sus apuntes y organizar sesiones de estudio en grupo—. Creo que trabaja en el V&A.
—Sí.
—Seguís en contacto, por lo que veo —dijo Margo, tratando de que no se le alterase la voz.
No es que estuviera celosa, tampoco tenía ningún derecho, pero le incomodaba admitir que no le hacía gracia.
Tras el divorcio, se convirtió en una sombra de la que solía ser, su mundo se limitó al trabajo.
No es que quisiera que Luke lo pasara mal también.
Parte de sus motivos para separarse era que no querían lo mismo, que todo el amor que hubiera podido haber entre ellos no había bastado para hacer frente a sus problemas.
—George y sus intentos de que «volviera al mercado» después del divorcio.
Era inasequible al desaliento —explicó Luke con un pequeño gemido de resignación.
Y seguidamente se encogió de hombros—. Pero tenía buena intención.
No puedo culparlo. La verdad es que yo estaba fatal y pensó que me vendría bien salir más para superar que me hubieras dejado.
—Yo no te dejé —protestó Margo, aunque el alma se le cayó a los pies. Trató de encontrar las palabras adecuadas para describir la pérdida más dolorosa de su vida—. Nos dejamos mutuamente. O así lo sentí yo.
Guardó silencio un momento con expresión inescrutable.
—Supongo que tienes razón.
—Entiendo que lo de Aimee no salió, ¿no?
Luke se rio.
—No me cabe duda de que la pobre no habrá sido capaz de olvidar la única vez que salimos. Qué desastre. —Se sonrojó—. Puede que llorase y todo.
—¿La hiciste llorar?
Jamás lo habría imaginado.
—La cita no estuvo tan mal. Me temo que fui yo el que lloró.
Margo lo miró boquiabierta.
—¿Qué? —preguntó Luke.
—Que tú no lloras nunca.
Ni siquiera el día que se casaron. Tenía una sonrisa radiante, igual que ella, nada de lágrimas.
—Pues parece que sí —respondió él, impasible—.
Me preguntó qué había pasado mientras los demás me miraban incómodos, como deseando no estar presentes en una conversación tan embarazosa.
Creo que la pregunta y mi intento de responder me pillaron tan de sopetón que me vine abajo.
Por lo menos sirvió para quitarle las ganas a George de buscarme pareja.
Se quedó flipado y le dije que no se le ocurriera volver a hacer de celestina en su vida.
Margo trató de encontrar las palabras adecuadas, algo con lo que llenar el silencio, pero no se le ocurría nada.
—No soy un ser incapaz de sentir, por si no lo sabías —continuó, como si hubiera leído la sorpresa en su cara—. Estábamos enamorados, estábamos casados, y de pronto dejamos de estarlo. No esperarías que saliera indemne. Me afectó mucho. Me dejaste noqueado.
—No pretendía decir eso. Es que… yo no… —Margo calló un momento y tomó aire profundamente—.
Casi al final, no hacía más que esperar una señal de que seguía habiendo algo por lo que luchar, que yo te importaba, que no estaba sola en nuestro matrimonio, y solo parecía que estabas dispuesto a mandarlo todo a la porra.
Dispuesto a mandarme a mí a la porra. Pensaba que sería un alivio para ti volver a estar solo.
Pensaba que al llegar yo había destrozado tu vida perfectamente organizada.
—¿Un alivio? ¿Lo dices en serio? ¿Que sería un alivio perder a mi mujer?
—¿Sabes lo que hiciste cuando te dije que quería el divorcio? Asentiste con la cabeza. Me dio la impresión de que sentiste alivio.
—Intentaba no llorar. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Discutir? ¿Decirte que no querías lo que tanto afirmabas necesitar? ¿Intentar convencerte cuando era obvio que te sentías desgraciada? Te quería. Quería que fueras feliz. Aunque eso implicara que yo no lo fuera.
—No era desgraciada… —repuso Margo—. Yo solo…
—¿Qué? Dime. No conseguí entenderlo. No me lo dijiste nunca.
—No me lo preguntaste. Pensé que era obvio. Intenté decirte cómo me sentía. Intenté hablar contigo.
—Para mí no era obvio. Creía que éramos felices. ¿Acaso nuestra vida era perfecta? No, claro que no. Pero yo no quería estar con ninguna otra persona. No quería nada más. Solo te quería a ti.