La historia perdida de Eva Fuentes 14
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MARGO

Margo miró por la ventana del tren camino de Edimburgo.

No había encontrado plaza en ningún vuelo nocturno, pues todos iban llenos de pasajeros que hacían el trayecto Londres-Edimburgo a diario por motivos laborales; solo había uno con dos sitios disponibles, pero no les daba tiempo a llegar al aeropuerto, de modo que compró dos billetes para el tren, con cargo a la empresa.

Habían salido de la estación de Euston unas horas antes y llegarían a Edimburgo por la mañana.

Según el horario que aparecía en su web, el Red Bull empezaba a servir comidas al mediodía, así que con un poco de suerte podrían hablar con Adriana Josephs antes de que abrieran. Había comprado el billete de vuelta en avión confiando en que hubieran encontrado respuestas.

Bebió un sorbo del whisky que había pedido en su primera visita al vagón cafetería y sintió que le quemaba la garganta.

Miró la hora.

Pasaba un poco de la una de la madrugada.

Hacía una noche preciosa, demasiado oscura para ver nada más allá de las luces de las ciudades por las que pasaban, pero la calma en la seguridad del vagón resultaba cómoda.

Luke y ella habían subido al tren mirando a todos lados como si fueran fugitivos, pero no habían notado que los siguieran.

Margo había tenido cuidado al comprar los billetes a través de una dirección de correo antigua que utilizaba para que no se llenara de spam la dirección principal.

Se había asegurado de enviar un correo a Bea para decirle que se quedaría en casa a trabajar unos cuantos días con la esperanza de que, si les habían hackeado el correo, quien la estuviera vigilando no se despegaría de su casa en vez de seguirlos a Escocia.

Sin embargo, tenía la impresión de que no era suficiente, sobre todo porque no sabía a qué, o a quién, se enfrentaban.

—¿No puedes dormir?

Margo levantó la vista.

Luke estaba en el pasillo, junto a la fila de asientos vacíos frente a ella.

Se había quitado la otra ropa y se había puesto una sudadera negra y unos pantalones de deporte que sabía que eran sus favoritos.

Se los había comprado ella al poco de casarse, y, cada vez que mencionaba lo cómodos que eran, se llenaba de satisfacción.

Le gustaba saber que había contribuido a simplificarle la vida, igual que hacía él con ella cuando se quedaba trabajando en la oficina y él le llevaba el café de una cafetería que le gustaba mucho o le preparaba su cena favorita cuando volvía después de un mal día.

Tenía buen aspecto. Muy bueno. Y no le costaba nada recordar lo que era abrazarlo, sentir el suave tejido en la mejilla cuando apoyaba la cabeza en su pecho y oía el latido de su corazón, o alojarse cómodamente entre sus brazos, donde siempre se había sentido protegida y seducida.

Tragó saliva. Tenía la garganta seca a pesar de que acababa de beber.

—No puedo, no.

No era solo por el dolor de la muerte del señor Thornton o por la preocupación por el allanamiento de su oficina y el misterio del libro.

Estar ahí con Luke era superextraño. La adrenalina tras encontrar el cadáver del librero el día anterior le había servido de distracción, y, bueno, descubrir que alguien había entrado en su oficina, unido a la preocupación por Bea y a la última visita relacionada con el libro misterioso también le había ayudado a no pensar en su ex.

Pero en ese momento la consumía una energía nerviosa al saber que iba en el tren con Luke, y estaba despertando todo tipo de sentimientos complicados.

Y ahora lo tenía allí delante, y con el vagón cafetería desierto no había nada que le sirviera de distracción, no tenía manera de evitarlo.

Estaba allí mismo, y estaban divorciados, sí, pero estaba claro que en algún momento tendrían que hablar del tema y del hecho de que, por poco que les costara retomar las viejas costumbres y trabajar juntos, ya no eran socios y mucho menos amigos.

—¿Te importa que te acompañe?

Margo negó con la cabeza a pesar de lo que sentía en su interior. Luke se sentó frente a ella, pero la mesa no le ofrecía la protección que necesitaba.

—¿Has cenado bien? —preguntó Luke.

Si fuera otra persona, Margo se habría tomado la pregunta como una forma inocua de entablar conversación, pero lo conocía bien —pese a todo, probablemente mejor que nadie—, y sabía adónde quería ir, lo que no estaba diciendo.

«¿Tantas ganas tenías de evitarme que has preferido venir a cenar un sándwich seco de huevo con berros y una botella de agua del tiempo? ».

—Muy bien —respondió ella alegremente. «Me habría comido un sándwich de atún y apio con tal de evitar esta situación tan incómoda, y sabes que odio el apio».

Luke negó con la cabeza suavemente, pero Margo no sabría decir si porque la situación le parecía divertida o exasperante.

—¿Te ha dicho la policía algo más sobre el allanamiento? —preguntó a continuación Luke.

—No. He intentado llamarles para ver si sabían algo, pero el policía que vino esta mañana no me ha contestado, y tenía el buzón de voz lleno.

Lo intentaré otra vez por la mañana. Pensé que enviarles el contenido de la memoria usb los convencería de que las dos cosas están relacionadas, pero no sé si se lo han creído.

O no me han dicho nada al respecto, desde luego.

Antes del allanamiento, llamé al detective que me interrogó y no exagero si te digo que pasó olímpicamente de mí. A lo mejor cambia de idea ahora.

—Es posible. Pero puede que tarden en llegar a esa conclusión.

La respuesta más sencilla para ellos es la más probable, y los robos que han tenido lugar en la zona de la librería están muy cercanos en el tiempo como para no tenerlos en cuenta.

Cuando el objetivo es cerrar casos, a veces la respuesta más fácil parece la más prometedora.

Los crímenes no quedan perfectamente finiquitados.

Todos reconocen que siempre queda algún detalle que no encaja.

—¿Lo echas de menos? —preguntó ella.

—¿Ser policía?

Ella asintió con la cabeza.

—A veces.

—Lo siento.

Luke negó con la cabeza.

—No lo lamento. Y no fue culpa tuya. Yo lo decidí.

Quería que las cosas funcionaran. Y mi trabajo…

me hacía ver cosas muy feas. Cuando era más joven y estaba empezando, me encantaba la persecución, el subidón de resolver los casos, de tratar de encontrar algo parecido a la justicia.

Pero el tiempo me pasó factura. Y no solo en nuestro matrimonio.

Margo miró por la ventana una vez más, incapaz de mirarlo a los ojos.

Detrás del cristal solo había oscuridad, las luces de la civilización estaban tan lejos que casi no se veían.

Los demás pasajeros habían vuelto a sus asientos hacía rato, eran los únicos en el vagón, y el traqueteo rítmico del tren el único sonido entre ellos.

Lo miró, pero se encontró con su rostro de perfil mientras él también miraba por la ventana.

¿Había ido porque estaba buscándola y sospechaba que estaría allí o buscando estar un rato a solas? ¿Y ella? ¿Por qué lo había hecho ella?

Últimamente, no sabría decir. Las cosas estaban muy embrolladas y le costaba encontrarles sentido.

Le resultaba demasiado agradable estar ahí con él, y al mismo tiempo la situación entre ellos era muy diferente, una nota discordante en el aire que lo confundía todo.

No habían resuelto las cosas entre ellos, no habían tenido una de esas difíciles conversaciones para aclarar y poner el punto final.

La verdad era que ella lo había evitado porque no encontraba las palabras, y ahora lo que tenía era una herida abierta que no había curado bien.

Luke parecía cansado, tenía ojeras y le estaba empezando a despuntar la barba.

—¿Tú tampoco podías dormir?

Él negó con la cabeza y se giró para mirarla de nuevo.

—Estoy preocupado por ti. Desde que te presentaste en mi casa la otra noche.

—Guardó silencio un momento antes de seguir—.

Nunca he dejado de preocuparme por ti. Sé que se suponía que tenía que hacerlo.

Tendrían que ponerlo por escrito en el acuerdo de divorcio, al lado de quién se queda con la mesa del comedor.

—Se la había quedado él. Ella no podía soportar la idea de sentarse en su silla de siempre y no tenerlo enfrente—.

Pero aun así, seguía pensando en ti, preguntándome si estarías bien, si serías feliz.

La noche que fui a ver al señor Thornton, le pregunté por ti. No pude evitarlo.

El corazón de Margo se aceleró.

Deslizó el vaso de whisky por la mesa hacia él.

Luke vaciló un momento, pero al final lo cogió y se lo llevó a los labios.

¿Cuántas veces habían bebido uno a medias?

Era natural y fácil, y tal vez por eso fuera tan peligroso, la razón por la que se había alejado del vagón: porque le gustaba estar con él aunque querían cosas diferentes y parecían incapaces de dejar la mala costumbre de hacerse daño sin querer.

Y pese a todo…

Era muy pero que muy injusto que estuviera tan guapo y que después de todo lo ocurrido siguiera teniendo esa sensación de caer al vacío que se le ponía en la boca del estómago, el anhelo, la mezcla de miedo y deseo.

Bajó la cabeza. Le daba miedo que Luke lo viera en su cara, que se percatara de cómo observaba sus dedos largos y finos, su mandíbula marcada, la piel bronceada de la garganta.

Era una idea muy mala. Malísima.

—Me dijo que estabas bien —continuó él, aunque Margo no se lo había pedido—. Y me alegró oírlo. Y también… me pregunté qué quería decir. Si habías pasado página, si estabas con alguien…

No terminó la frase, como si estuviera esperando la explicación o la confirmación de Margo. Pero esta no se atrevía. Era demasiado, no podía.

Quedaron en silencio.

—Sasha y yo ya no estamos juntos —continuó Luke con tono despreocupado, pese a la solemnidad del momento.

«¿Qué?».

—Lo siento —dijo Margo, buscando las palabras adecuadas—. Parecíais felices el otro día cuando os vi juntos en tu casa. Pensé…

Él negó con la cabeza.