La historia perdida de Eva Fuentes 13 #2
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13 #2

Tenía razón: hacía un día perfecto para estar en el agua. Se veían otras embarcaciones a lo lejos, las velas ondeando como banderas. La escena era de lo más pintoresca e idílica, como sacada de un cuadro, el fondo pintado de pinceladas de azul cielo.

Un golpe de viento agitó el ala ancha de su sombrero de paja, y Eva se inclinó hacia delante y lo agarró por los pelos antes de que se le fuera volando. El agua se elevaba hasta el borde del bote y sentía las salpicaduras saladas en la cara a medida que se mecía surcando las olas.

Se sobresaltó al notar las manos de James en la cintura para equilibrarla cuando la embarcación se ladeó.

Eva se sentó de nuevo, agradecida por la ayuda. James sonrió, y sus dedos se demoraron un poco más en su cintura antes de soltarla y volver a centrarse en manejar el bote.

—¿Te está gustando?

Eva se echó hacia atrás y se rio, abrumada, sintiendo el sol en el rostro y la euforia que le corría por las venas.

—Es perfecto. Absolutamente perfecto.

Se adentraron un poco más en la bahía, hasta que el muelle se redujo a una motita en la distancia y las otras embarcaciones salpicaban el paisaje marino en aquel rincón del océano.

—¿Qué te está pareciendo el programa cultural? —preguntó James, más calmado.

Para Eva era fascinante verlo navegar, responder a indicaciones ocultas que solo él veía para ajustar su rumbo con suavidad.

—Pero dime la verdad, no la respuesta diplomática que estás obligada a dar porque estás aquí representando a tu país —añadió.

—¿Cómo sabes que mi respuesta diplomática no es la verdad?

—Porque siempre haces lo mismo: te pones una máscara cuando sales al mundo exterior. Pero, a veces, cuando hablamos, me permites atisbar cómo eres en realidad, lo que piensas de verdad. Y tengo ganas de conocer más.

Eva quería negarlo, quería decirle que la sugerencia era absurda, porque las máscaras se ponían precisamente para que nadie pudiera arrancarla y ver lo que había debajo.

Como si fuera una especie de armadura, necesaria en esa época si eras mujer, y ella le había cogido cariño a la suya.

Pero la había desarmado y ella había prometido que iba a ser valiente y disfrutar de su aventura, así que optó por decirle la verdad.

—Me provocó escepticismo al principio —admitió—.

En Cuba aún estamos aclimatándonos a esta nueva relación con vuestro país.

Haber pasado varias décadas luchando por independizarnos de España para terminar bajo el control de otra potencia extranjera ha sido descorazonador.

No es nada personal contra vosotros, es más bien el resultado de no tener la libertad que tanto anhelamos.

»Pero ahora que estoy aquí… siento que se está generando un entendimiento entre ambos países.

Este programa nos está dando la oportunidad de aprender los unos de los otros, de vernos en condiciones de igualdad, de desarrollar una amistad verdadera.

Me parece… prometedor. Esperanzador, incluso.

Toda mi vida ha sido moldeada por el conflicto.

Es agradable ver el otro lado de las cosas, formar parte de un proyecto diplomático que establece vínculos entre los países, en especial cuando hay mucho en juego.

»Espero que este sea solo el comienzo. Puede que algún día un contingente de profesores estadounidenses viaje a la Universidad de La Habana a aprender de sus colegas cubanos.

Parece que si el objetivo es llevarnos bien, escuchar y respetar la opinión del otro, la mejor forma de hacerlo es interactuando no solo a nivel académico, sino también personal, como seres humanos.

Admito que no tenía muchas ganas de bailes, pero ahora que he visto que en ellos las personas se sueltan y que divertirnos y aprender los bailes de los otros puede eliminar barreras, comprendo lo eficaces que son.

—¿Solo eficaces? ¿No te has divertido? —bromeó él, aunque Eva percibió en su tono de voz que de verdad quería saberlo.

—Supongo que sí me he divertido —respondió ella con sinceridad, demasiado nerviosa aún para continuar con el coqueteo, a pesar de que reconoció los celos en su mirada y verlo la hizo estremecerse.

—Seguro que recibes muchas invitaciones a bailar.

Lo dijo en voz baja, probando, y por un momento Eva se permitió pensarlo así, pensar en que pudiera ser como Dolores, que tenía que quitarse de encima a los pretendientes.

—No tantas —respondió ella en el mismo tono.

Volvió la cabeza hacia el mar, incapaz de mirarlo a él de la vergüenza. Seguro que lo sabía, que notaba lo inexperta que era. Pese a la madurez de los veintitantos años, en ese aspecto era una novata.

Se produjo un silencio que duró más de lo normal.

Eva lo oyó moverse a su lado, el roce de los pantalones de lino al cambiar de posición.

También percibió el aroma de su colonia y el calor que emanaba de él.

Bajó la vista, incapaz de mirarlo a la cara, y se centró en el brazo, justo a su lado.

Se había quitado la chaqueta de lino color marfil antes de subir a bordo y se había remangado la gastada camisa blanca, dejando a la vista las muñecas de piel clara cubierta de fino vello.

Tenía la piel mucho más clara que ella, y pecas diseminadas por los antebrazos.

Se fijó en que llevaba el puño manchado de tinta otra vez.

¿Habría estado escribiendo antes de pasar a recogerla?

Iba a preguntárselo, pero la pregunta se le quedó en los labios cuando subió la cabeza y sus miradas se encontraron.

James levantó la mano que segundos antes había estado contemplando y, rozándole levemente la mejilla, le apartó un mechón de pelo y se lo sujetó detrás de la oreja.

—Estás temblando —susurró.

¿Lo estaba?

Creía que no sentía el cuerpo, que estaba suspendida al borde de algo que no sabía definir.

Abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera pensarlo siquiera, James se movió, bajó la cabeza buscando la suya, o puede que fuera ella la que gravitó hacia él al mismo tiempo, y buscó sujeción en sus brazos mientras se precipitaba hacia algo para lo que no estaba en absoluto preparada.

Le olía el aliento un poco a menta, como si hubiera comido un caramelo y, acto seguido, le acarició los labios con los suyos con absoluta ternura, y la intimidad del acto la estremeció hasta lo más profundo de su ser.

Puede que ella no supiera qué hacer, pero era evidente que él sí, porque tras el roce preliminar, pasó por encima de los recelos que hubiera podido albergar.

No entendía cómo podía juzgarlo, pero el instinto le decía que James besaba muy bien, y un segundo después se dejó llevar y muy posiblemente le entregó su corazón.