13
EVA
—Hoy estás de buen humor —dijo Dolores desde el otro lado de la habitación compartida.
Eva se miró al espejo del tocador y se cepilló el pelo una última vez. Vio que se sonrojaba.
—¿Ah, sí?
—Venga ya, lo sabes perfectamente. Se nota que estás impaciente por… algo. Yo diría que es excitación, pero te noto demasiado nerviosa para que sea eso. Estás como una botella de champán recién descorchada.
Eva se rio.
—No sé muy bien cómo responder. Creo que nunca me habían comparado con una bebida alcohólica, y si lo hubieran hecho, no habría sido con champán, eso desde luego.
—Por no decir que estás tardando más en arreglarte de lo que es habitual en ti. ¡Pero si la noche del baile casi tuve que ponerte un lazo en el pelo yo misma!
—A lo mejor quiero ser como tú y por eso tardo un siglo en arreglarme —bromeó.
—Muy graciosa. Venga, hay una regla que dice que está prohibido guardar secretos a tu compañera de habitación. Tú conoces bien todas mis aventuras.
Eso era cierto. Dolores se había enamorado cien veces desde su llegada a Harvard, y mentiría si no admitiera que casi había disfrutado más a través de las aventuras de su amiga que si le hubieran ocurrido a ella. Dolores era muy divertida.
Dejó el cepillo en el tocador y se giró hacia su amiga.
—No es ningún secreto, creo. He quedado.
Dolores puso unos ojos como platos.
—Tienes una cita.
—No es una cita. Oficialmente, al menos. —¿O sí lo era? ¿Qué sabía ella sobre esas cosas?—. Me preguntó si quería ir a la playa con él.
Dolores se levantó de la cama y fue a sentarse en el borde de la de Eva frente a ella, con los codos apoyados en las rodillas y la barbilla en las manos.
—Cuéntamelo todo.
—No hay nada que contar.
—No me lo creo. Conozco esa mirada. Yo también la he tenido dos o tres veces. ¿Quién es él?
Eva vaciló un momento. Era la primera vez que le pasaba, que tenía una amiga con quien compartir ese tipo de cosas.
Antes de que muriese podía hablar con su madre, pero no era lo mismo contarle sus sentimientos a alguien de su edad.
Era como las conversaciones que tenían sus alumnas, como las que describía en su libro y que no había vivido aún en primera persona.
—Es escritor. Lo conocí la noche del baile en el salón Hemenway.
—¡Lo sabía! No te comportabas de manera habitual.
—¿Qué quieres decir?
—Estabas pensativa, pero no como lo estás siempre. No como cuando escribes mentalmente ese libro tuyo, sino como cuando es algo que te está pasando de verdad. Pero no te vi hablar con nadie. Y por mucho que te insistí, no te vi bailar tampoco.
Era extraño ver que alguien la conocía así de bien, y más cuando estabas acostumbrada a estar sola.
Había una intimidad en el hecho de compartir habitación con alguien que Eva no había sentido desde la muerte de su madre.
Al principio le costó acostumbrarse a compartir con otra persona el espacio y tantas cosas de la vida, pero habían creado su propia rutina y se daba cuenta de que disfrutaba mucho cuando estaban las dos en su habitación.
No tenía hermanas, pero siempre había imaginado que sería algo así.
—Salí a tomar el aire y resultó que él estaba haciendo lo mismo.
—¿Bailasteis a la luz de la luna?
—No. —Eva se rio al ver la decepción de su amiga—. Ya te lo he dicho, no soy muy de bailar. Aunque admito que suena muy romántico dicho así.
—¿Y si te lo hubiera pedido?
Lo pensó un segundo. En los momentos en los que se dejaba llevar por la fantasía, imaginaba que la invitaba a bailar y ella aceptaba.
—Puede que hubiera aceptado —admitió.
—¿Sabes bailar? ¿Quieres que practiquemos?
Eva se rio.
—Sé bailar. He enseñado a mis alumnas a hacerlo. Pero digamos que no me contrataron por mis capacidades para el baile.
—Pero dices que con él te lo pensarías.
—No se ha presentado la ocasión, pero en caso de hacerlo… no lo sé. Me habría sentido tentada, seguro. Tiene algo, no sé, una forma de ser que tranquiliza. Es muy agradable estar con él —añadió.
Dolores le echó una sonrisita cómplice.
—Te gusta.
—Puede. No lo sé. Apenas lo conozco. Solo hemos hablado dos veces, en el baile y ayer en la biblioteca, mientras escribía un rato.
—Y con solo dos veces te ha invitado a salir, y a la playa, nada menos. Suena muy romántico.
—No sé lo romántico que será. No es que tenga mucha experiencia en estas cosas. Es la primera vez que me encuentro en esta situación. No tengo ni idea de lo que hago.
—Yo no me preocuparía. Tienes que gustarle.
¿Cómo no vas a gustarle? Eres maravillosa.
Cualquiera sería afortunado de estar contigo.
—Vaciló un instante antes de continuar—.
Sal. Diviértete. Pero, Eva, ten cuidado.
Estoy segura de que es tan encantador como dices, pero los hombres pueden ser complicados.
A veces crees que es un tipo decente y luego te sorprende.
Por tu bien, espero que sea de los buenos. Es lo mínimo que te mereces.
—¿Navegar?
James sonrió.
—Tendrías que verte la cara. Sí, a navegar.
—Dijiste que íbamos a la playa.
Eva examinó la embarcación tratando de calcular cómo se las arreglaría en el mar un bote tan pequeño. Daba la sensación de que el océano lo engulliría sin esfuerzo. Por no hablar de que había tan poco espacio que irían los dos muy pegados.
Cuando James detuvo el coche delante del club náutico, Eva supuso que era porque entrarían por allí a la playa, pero, en vez de eso, la condujo hacia el muelle, donde los esperaba un pequeño bote blanco.
—Hace un día perfecto —repuso James—. ¿Has navegado alguna vez?
Eva negó con la cabeza sin separar la mirada del bote.
—Te va a encantar. No hay nada como estar en el agua. Salgo a navegar cuando me atasco y necesito inspiración. Nunca falla.
—¿Sales mucho a navegar?
No sabía por qué, pero no se lo había imaginado haciéndolo.
Se había fijado en que la mayoría de los jóvenes de Harvard tenían aspecto de ser los hijos ricos de algunas de las familias más importantes del país, pero James no tenía ese aire: su ropa estaba un poco gastada, no eran prendas impecables hechas a medida.
Y tampoco se comportaba igual: había una formalidad en él que no veía en los otros universitarios.
—Mis primos tienen una casa de verano en Buzzards Bay. Nos criamos juntos y navegábamos mucho. —Se giró hacia el bote—. Este es de mi primo Ethan. Me deja que lo coja cuando no lo está usando nadie.
Eva lo observó un momento como tratando de decidir si estaba preparada para dar el salto. Era algo totalmente impropio de ella, pero todo en ese verano estaba dedicado a hacer cosas que no había hecho en la vida, experiencias nuevas.
En todas las interacciones entre ambos, James se había comportado como un caballero.
Eva quería pensar que se le daba bien juzgar a la gente, dado que no le quedaba otra que fiarse de sí misma en el mundo, y también quería creer que podía confiar en él.
Al fin y al cabo, habían estado solos fuera del salón de actos la otra noche; podría haber hecho algo inapropiado, y no lo había hecho.
Si alguien se enteraba de que había salido a navegar a solas con un hombre, correría el rumor entre los del curso, pero ya no era una jovencita pensando en el matrimonio y en una reputación que proteger.
Llevaba mucho tiempo viviendo sola, y si a todos les parecía adecuada para cuidar de sí misma, no pensaba dejar que nadie le dijera cómo debía comportarse en nombre del decoro.
Si querían tratarla como si fuera una criatura delicada por el hecho de ser mujer, no deberían haber creado un mundo que no era más que una lucha constante por la supervivencia.
James tuvo que ver la determinación en sus ojos, porque le tendió la mano.
Eva posó la palma en ella.
El bote se bamboleó un poco cuando entró, pero Eva se sentó rápidamente en el banco corrido y se colocó bien la falda.
Vio a James aflojar las cuerdas de amarre rápidamente y con seguridad. Estaba claro que lo había hecho muchas veces, porque los movimientos eran tan naturales como respirar, y al poco se tranquilizó.
Sabía nadar —su tío le había enseñado cuando era pequeña—, aunque no tan bien como le gustaría en caso de que volcaran.
—Tendrías que verte la cara —dijo, deteniéndose un momento—. Te prometo que te traeré de vuelta en una hora totalmente seca y sana.
Eva se sonrojó.
—Hasta el viaje para venir aquí desde La Habana, no había vuelto a poner el pie en una embarcación desde que era muy pequeña, ni me acuerdo ya. Esto es muy distinto a subir a uno de vuestros poderosos barcos de guerra.
—¿Te gustó… la travesía?
—Sí. Me sorprendió lo mucho que me gustó. Estaba muy emocionada entre tanta novedad.
—Entonces, te lo prometo: te va a encantar. Después te llevaré a tomar un helado. ¿Confías en mí?
Eva vaciló un momento. Le estaba pidiendo más que fiarse de que iba a devolverla sana y salva al muelle. Había una nota interrogativa en su expresión que no tenía nada que ver con navegar y mucho con esa vibración íntima que fluía entre los dos.
Después de tantos años haciéndolo todo sola, se hacía difícil confiar en otra persona.
Dolores tenía razón en que James le gustaba.
Era la primera vez que conocía a un hombre que le interesaba y le provocaba ese cosquilleo del que solo había leído en los libros.
Probablemente no iría mucho más allá de lo que quedaba de verano, puesto que ella tenía su vida en La Habana y él en Boston, pero no quería volver a Cuba y lamentarse por no haber seguido sus sentimientos por miedo.
Si esa era su única oportunidad de vivir un romance, quería disfrutarla para que, cuando retomara su tranquila vida, pudiera recordar esa aventura con cariño y sabiendo que se había atrevido a correr el riesgo y abrirle el corazón a alguien.
—Confío en ti.
Lo dijo tan bajito que el viento se llevó sus palabras, pero la expresión calurosa que vio en el rostro de James le mostró que la había oído.
Cuando terminó de soltar la embarcación y prepararlo todo para zarpar, James se sentó muy cerca de ella en el banco.