12
MARGO
Margo y Luke llegaron al piso de Natalia Evans, en un lujoso edificio en Knightsbridge, con un portero vestido impecablemente que los condujo hacia los ascensores.
Por dentro, el edificio era tan imponente como por fuera, y, dada su ubicación, Margo apostaría lo que fuera a que tendrían unas vistas impresionantes de Hyde Park.
El portero pasó el dispositivo electrónico de seguridad por delante del panel y subieron a la décima planta.
Margo esperó delante de la puerta junto a Luke, que llamó al timbre. No se notaba, pero este se estaba fijando en todos los detalles igual que ella, creando su propio expediente mental sobre Natalia Evans, que, a juzgar por todo aquello, era muy rica.
Una mujer, que parecía la viva imagen del estilo, abrió la puerta.
Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño tenso y unos pendientes con unas esmeraldas inmensas.
Podía tener cuarenta o sesenta años, imposible decirlo con certeza.
Llevaba un vestido negro clásico que parecía salido de una pasarela y se ajustaba a su figura como un guante.
Margo tomó la iniciativa.
—¿Natalia Evans? Soy Margo Reynolds. Hemos hablado antes por teléfono. Este es mi colega, Luke.
La mujer asintió con la cabeza.
—Sí, claro. Adelante, por favor.
Los condujo hasta un gran salón que, efectivamente, tenía una espléndida vista sobre Hyde Park. Se sentó en un sofá verde pálido y les indicó por señas que se sentaran en sendos sillones situados frente a ella.
—¿En qué puedo ayudarlos? —preguntó la mujer—. Me ha dicho algo sobre un libro titulado Tiempo para olvidar, ¿no es así?
—Exacto. Nos han contratado para localizarlo.
No explicó que los habían contratado dos personas distintas porque pensó que era mejor optar por la explicación más sencilla.
Tampoco le contó que habían asesinado al señor Thornton o que se temían que hubiera alguien más detrás del libro.
Dado el peligro potencial que lo rodeaba, parecía que lo mejor era no implicarla demasiado.
La muerte del librero había salido en la prensa, pero si lo había visto o había encontrado alguna relación con el libro, no dijo nada.
—Lo escribió una escritora cubana y lo publicó una editorial de Estados Unidos a principios del siglo xx —continuó Margo—. Creemos que desapareció en los años posteriores a la Revolución.
Natalia Evans asintió con la cabeza.
—No me sorprende, teniendo en cuenta las dificultades que se vivieron en aquella época.
La Revolución fue devastadora para muchas personas.
Mis padres nacieron en Cuba y se marcharon en 1959, unos meses después de que Castro tomara el poder.
Vinieron a Londres porque mi padre tenía negocios con una empresa británica en La Habana en aquel tiempo, y lo contrataron de buena gana para ayudarlos a empezar una nueva vida. Yo nací aquí unos pocos años después.
»Cuando mis padres se vieron obligados a abandonar el país, no les permitieron traerse sus cosas.
Fue terrible para ellos. Todo aquello que tuviera un valor sentimental para ellos —joyas familiares, fotos, la mantilla de su boda—, todo tuvo que quedarse en La Habana.
Y la lista sigue. Castro lo confiscaba todo: dinero, propiedades, obras de arte, antigüedades…
Todo se lo quedó el Gobierno cuando se marcharon.
»Mis padres, sobre todo mi madre, llevaban un registro meticuloso de todo.
Para ella era importante preservar esa parte de nuestra historia, tratar de recuperar las cosas que nos robaron.
Siempre pensó que Castro moriría y que sus actos serían invalidados.
Como si su muerte pudiera borrar todo el daño que les habían hecho y las cosas pudieran volver a ser como antes, como si pudieran regresar a su vida anterior.
Era su mayor deseo, su sueño más ansiado.
»Mi padre murió hace siete años, mi madre, dos años después.
Por desgracia, ninguno de los dos llegó a ver la Cuba libre con la que tanto soñaban, ninguno pudo regresar a su patria.
Mi padre se creó enemigos en la dictadura y no era seguro para ellos volver.
Nunca recuperamos ninguno de los objetos que les robaron.
Les prometí que haría lo que estuviera en mi mano, pero, obviamente, ha pasado mucho tiempo y los bienes han ido cambiando de manos en circunstancias de dudosa legalidad.
—¿Fue eso lo que la llevó a crear la web? —preguntó Margo.
La mujer asintió con la cabeza.
—A partir del listado de efectos personales que habían creado mis padres, contacté con familiares y amigos, y añadí objetos a la lista inicial.
Pero esta fue haciéndose más y más grande.
A los cubanos nos apasiona nuestra historia, lo que perdimos.
Formamos una comunidad muy unida. Pero el proyecto se convirtió en una forma de intentar seguir la pista a los objetos perdidos.
De vez en cuando alguien contactaba conmigo para informar de que habían visto un cuadro que había pertenecido a una familia exiliada.
No puedo garantizar la procedencia de los artículos, no soy jurista ni policía.
Esto es solo un pasatiempo, y lo hago a través de contactos personales únicamente.
No tengo documentación acreditativa ni nada de eso.
—¿Sabe qué pasó con todos estos artículos? —preguntó Margo.
Había algo atrayente en la pasión con la que hablaba. Se parecía mucho a la que tenía ella cuando buscaba los artículos que le encargaban sus clientes, aunque era consciente de que para aquella mujer era algo personal.
—Castro los repartía entre sus favoritos o se los guardaba para sí, según lo valiosos que fueran —respondió—.
De vez en cuando, nos enterábamos de que tal o cual objeto había sido visto en algún sitio.
Un cuadro propiedad de un amigo de la familia salió a subasta en París hace un par de años, y pudo recuperarlo.
También hubo quienes dejaron sus objetos al cuidado de amigos que permanecieron en Cuba.
Al fin y al cabo, nadie imaginaba que el régimen duraría tanto tiempo.
Pero, al final, los amigos se fueron y confiaron los objetos a otras personas para que los protegieran como mejor pudieran, los ocultaron por toda Cuba o, en algún caso, trataron de sacarlos a escondidas del país.
—¿Y el libro en cuestión? ¿Ha oído hablar de él o encontrado información entre sus contactos?
—Lo siento, pero no. Me gustaría poder ayudarla. He revisado mi base de datos y no he encontrado nada al respecto. —Los miró alternativamente—. ¿Quién los contrató para encontrarlo? Por lo que me ha comentado, imagino que perteneció a una familia cubana.
Margo vaciló un momento.
—Nuestro cliente prefiere mantener el anonimato. Es un asunto personal.
Luke no mostró intención de dar ningún otro dato, y dado que el cliente de ella era realmente anónimo, pensó que le correspondía a él contar lo de su propio cliente, no a ella.
—Entiendo —respondió la mujer—. Contactaré con algunas personas con las que suelo trabajar, de todos modos, y, si averiguo alguna cosa, los informaré.
—Se lo agradecemos. Nos resultaría muy útil. —Margo vaciló de nuevo—. Tenga cuidado cuando pregunte por él. Yo… yo hablaría únicamente con personas de absoluta confianza.
La mujer la miró con gesto de sorpresa.
—Hay… ¿Conoce a un librero llamado Thornton? —preguntó Margo—. Tiene una librería en Notting Hill.
—No me suena, no.
—Me entregó una memoria usb con lo que había averiguado sobre el libro y mencionaba su web. Me estaba ayudando a encontrarlo. —Las ganas de llorar le hicieron un nudo en la garganta—. Lo… mataron ayer. En su librería.
—Qué horror. —La señora Evans se inclinó hacia ellos—. Lo siento mucho.
—Gracias. Era un gran hombre. Me preocupa que lo mataran porque estaba indagando sobre el libro. No queremos que nadie más resulte herido por su culpa.
—Estás muy callado —comentó Margo, mirando de soslayo a Luke al salir del edificio.
—Estoy pensando.
—¿En qué?
—En que no quiero que te quedes sola en Londres cuando me vaya a Edimburgo con todo lo que está pasando.
—No va a pasarme nada. —Guardó silencio un momento mientras ordenaba las ideas—. O también podría acompañarte a ver a tu cliente.
Luke suspiró.
—Temía que fueras a sugerirlo. ¿No decías que ya no ibas a trabajar para tu cliente?
—Yo no he dicho que vaya a buscar el libro para él. Pero quiero saber en qué queda el asunto. Además, has sido tú el que has dicho que no querías que me quedara aquí sola con lo que está pasando. Le he dicho a Bea que se tome unos días y se vaya de la ciudad. Yo también debería hacerlo.
—¿Por qué te importa tanto? No es necesario que te arriesgues.
—Porque es mi trabajo. Porque se me da bien y estoy orgullosa de la empresa que he levantado. Porque me da la impresión de que es mi oportunidad de hacer algo importante, una forma de ayudar a la gente, aunque no sea gran cosa. Sé que no lo entiendes…
—No es cierto —replicó él—. Sí que lo entiendo.
Es una de las cosas que siempre he admirado de ti: tu determinación.
La pasión por tu trabajo. Recuerdo que te quedabas hasta tarde por la noche con ese brillo en los ojos cuando estabas buscando algún objeto raro.
Me encantaba oírte hablar de ello. Pero te mentiría si no te dijera que también me preocupaba por ti.
—Lo sé.
—No quiero que te ocurra algo malo.
—Ya no tienes que preocuparte por mí. Ya no estamos casados.
—Lo sé. Supongo que cuesta abandonar los hábitos.
—¿Y si trabajamos juntos? —le propuso—. ¿Y si colaboramos? Podríamos formar un equipo otra vez. Solo en este caso.
Le tendió la mano con el corazón acelerado.
Luke titubeó un momento, pero Margo sabía que lo estaba valorando y, de pronto, justo cuando creía que iba a dejarla así, en suspenso, le estrechó la mano tendida.
—¿Socios? —preguntó Margo.
—Socios —repitió él, asintiendo con la cabeza.