11
PILAR
Pilar permaneció en su piso llorando durante una semana.
Durmió. Miró la pared, escuchando los sonidos que resonaban por todo el edificio y los que se colaban de la calle, su única compañía y el recordatorio de que no estaba sola.
Comió lo poco que le quedaba, aunque todo le sabía a tierra y el estómago se le revolvía después de unos pocos bocados.
Leyó Tiempo para olvidar .
Cuando terminó la novela, cuando su mirada pasó de nuevo por las últimas palabras de Eva Fuentes, se sentó en la cama con un terrible dolor. Una lágrima se deslizó por su mejilla, y luego otra, y las lágrimas se convirtieron en sollozos que le sacudían todo el cuerpo.
Hizo lo único que se le ocurrió que podía hacer: releer la novela, y cuando la terminó, volvió a empezar.
Lo que no pudo leer fue la carta, aunque sus palabras la atormentaban.
El final del libro fue lo que más la impactó.
Ana había vuelto a Cuba tras el intercambio cultural, con un océano de por medio entre Michael, el hombre que había conocido en Boston y al que había amado, y ella.
Era la fortaleza de Ana, la manera en la que lo soportaba todo, lo que más la emocionaba.
Eva describía el amor perdido de Ana con un dolor que trascendía el papel, con un pesar que Pilar entendía y conocía bien.
La conexión entre la carta que había encontrado entre las páginas y el final del libro era evidente.
No estaba preparada para llevar el libro a la biblioteca, para seguir con su vida como si todo fuera normal. Después de la visita de Julio, Ignacio le había dicho que se tomara el tiempo que necesitara, pero no habían hablado de un número de días concreto.
Tenía que decidir qué hacer con los libros que había escondido en la biblioteca.
No podía tenerlos allí indefinidamente, por no hablar de la complicación añadida de la novela que le había encomendado su vecina.
Cuanto más la leía, más se obsesionaba con ella, pero la responsabilidad de devolvérsela a su legítima dueña era también una de las pocas cosas que la ayudaban a no pensar en la pérdida.
Oía la voz de Enrique con toda claridad, alentándola, animándola a seguir buscando a Eva. Eso es lo que habría hecho él si viviera. En vida, su marido se había dedicado a ayudar a la gente, así que la mejor forma que tenía de honrarlo tras su muerte era hacer lo que él habría hecho.
Una vez decidido, Pilar se vistió rápidamente y se sorprendió bastante cuando se miró en el espejo del cuarto de baño.
No estaba preparada para verse tan pálida, con las mejillas hundidas y unas ojeras oscuras.
¿Cuánto tiempo llevaba sin comer? Ni se acordaba ya.
Los días que habían pasado desde que le dijeron que Enrique había muerto estaban borrosos.
Había un plátano un poco pasado en la encimera de la cocina, pero se lo comió sin pensar para tener algo en el estómago y se encaminó hacia la Biblioteca Nacional con la novela de Eva en el bolso.
Cerró la puerta con llave y salió con la sensación de haber envejecido años desde la última vez que había realizado la misma rutina diaria.
—Es usted la bibliotecaria.
Pilar se sobresaltó al oír una voz masculina y se giró. El hombre la miraba, de espaldas a la puerta de Zenaida —porque para ella siempre sería el piso de Zenaida—. No llevaba el uniforme verde que tanto miedo le infundía, pero la reputación de los militares le precedía. Su vecino nuevo.
Sintió la agitación, la avalancha de sentimientos dispares que se apoderó de ella.
Le dieron ganas de lanzarse sobre él y pegarle puñetazos en el pecho.
Deseaba también regresar a la seguridad de su piso, con la puerta y varios cerrojos cerrados entre los dos.
Sintió que el plátano le subía por la garganta y se imaginó echándoselo encima de las botas negras.
Él la observaba con los ojos oscuros entornados, atravesándola con la mirada mientras veía desfilar las diferentes emociones por su rostro.
No le extrañaba que las vecinas estuvieran tan preocupadas.
No sonreía, no transmitía afabilidad vecinal o soltura en su forma de comportarse.
Tan solo una frialdad que lo envolvía todo a su alrededor.
Deseó encogerse, hacerse pequeña e invisible para que la dejara en paz, pero la sensación vino y se fue en un suspiro. El régimen se lo había quitado todo. Su vida le daba igual ya.
Lo miró con firmeza, sosteniéndole la mirada.
—Sí, soy la bibliotecaria.
No le dijo cómo se llamaba ni le ofreció ningún tipo de saludo, no tenía ningunas ganas de darle la bienvenida al edificio. Ni siquiera podía disimularlo. No es que fuera un acto desafiante muy grande, pero en ese momento lo era todo para ella.
—Tenía curiosidad por usted. Llevo un tiempo sin verla. Empezaba a pensar si no sería un fantasma.
Sus palabras tenían dientes que se le clavaban, pero siguió sosteniéndole la mirada.
—He estado enferma —mintió, pues compartir con él su pérdida, pronunciar siquiera el nombre de Enrique, se le hacía insoportable.
Y de pronto no pudo aguantarlo más, notó que la bilis le subía a la garganta.
—Discúlpeme —añadió, y pasó por su lado tapándose la boca con la mano.
Se estaba asfixiando. Nunca había deseado tanto salir a la calle y respirar.
Cuando por fin se encontró fuera, el sol fue lo primero que le dio en la cara, con tanta fuerza que la cegó por completo después de tantos días encerrada. Tardó un momento en adaptarse a la luz, a los sonidos de la calle, a la gente que pasaba por su lado.
Y seguidamente vomitó en el pequeño recuadro de tierra en el que antes crecían las flores.
«¿Quién fue Eva Fuentes?».
Pilar estaba sentada en una mesa en la Biblioteca Nacional con todo el material de referencia que había encontrado sobre el proyecto de la Escuela de Verano.
Había localizado el nombre de Eva Fuentes en una lista de participantes, así como el de la escuela donde daba clases.
Había leído todos los artículos de prensa que había encontrado para averiguar todo lo posible sobre ella.
Se sentía mejor instalada cómodamente en la seguridad de un rincón de la biblioteca. Había algo acogedor y familiar en el acto de consultar libros y artículos de prensa. Nada más cruzar la entrada principal la invadió una sensación de calma y determinación.
La biblioteca conservaba ejemplares de guías telefónicas antiguas.
Revisó las páginas de las guías de La Habana en busca de nombres, preguntándose cuántos habrían abandonado Cuba.
Estaban desfasadas, eran de antes de la Revolución.
Constituían una especie de cápsula del tiempo, un recuerdo de la vida antes de que todo cambiara.
Podía ser que Eva Fuentes se hubiera casado, que hubiera fallecido, que hubiera abandonado Cuba como tantos otros, o que se hubiera mudado simplemente y que ya no estuviera allí, aunque su nombre apareciera en la guía.
Había varias personas apellidadas Fuentes.
Pero solo una Eva.
Fuentes, Eva.
Allí estaba.
La dirección era del centro de La Habana, no lejos de donde vivía Pilar.
¿Sería posible? ¿Seguiría viviendo en La Habana?
—Pilar.
Se giró al oír su nombre, un susurro que tronó como un chillido en la biblioteca silenciosa.
Esteban estaba apoyado en la estantería.
Tenía el rostro cubierto de moratones en una amplia gama de colores, desde los más antiguos a otros que parecían recientes. No se atrevía a mirarla a los ojos.
Pilar se levantó de la mesa horrorizada y se dirigió hacia él, fijándose en su aspecto, en su cuerpo levemente hundido sobre la estantería y la forma en que le colgaba el brazo izquierdo, como si no estuviera en su sitio. Atrás quedó el misterio de Eva Fuentes.
—Lo siento mucho —susurró el hombre con la mirada gacha, mirándole los pies en vez de a los ojos—. Era el hombre más bueno que he conocido en mi vida.
—Sí que lo era.
¿Qué otra cosa podía decir? ¿Bastaban las palabras para describir cómo se sentía?
—Te quería mucho.
Pilar asintió con la cabeza.
—Siento acercarme así, a escondidas, no pretendía asustarte.
No me atrevía a ir a tu casa, pero en cuanto he dado esquinazo al hombre que me seguía, te vi salir y te he seguido.
Si puedo hacer algo por ti, hazme llegar un mensaje a través de Julio.
Parece que no sospechan tanto de él. —Vaciló un momento—.
Voy a desaparecer un tiempo, pero cuando regrese…
Le haría bien desaparecer un tiempo. Una vez que llamabas la atención del régimen, lo más seguro era esconderse, evitar llamarla de nuevo.
Pilar abrió la boca para preguntarle cómo lo habían liberado, pero no encontraba la forma de decirlo sin aumentar la culpa que se notaba que llevaba encima.
A fin de cuentas, ¿quién podía explicar por qué unos vivían y otros morían?
, ¿por qué el régimen decidía que algunos permanecieran en prisión y a otros los soltaba?
Vivían en un estado caótico, cualquier esperanza de justicia pisoteada por los caprichos de los tiranos.
—Entiendo que me odies. Lamento haber regresado a casa y que él no lo haya hecho. Debería haber sido él. Ojalá hubiera sido él.
Pilar negó con la cabeza. No servía de nada pensar en eso, no tenía sentido que Esteban se castigase por algo que estaba fuera de su control. Los malos en esa historia eran Castro y sus hombres.
—No podías hacer nada.
A veces se temía que nadie podía hacer nada.
—¿Pasaste el otro día por la biblioteca a verme? —preguntó, recordando de repente la advertencia de Ignacio. No tenía mucho sentido, puesto que según él, el hombre le había preguntado si ella era leal a la revolución, pero sería una explicación que no implicaba que el Estado sospechara de ella.
—No. ¿Alguien te está buscando?
—Mi jefe me dijo que un hombre preguntó por mí hace una semana.
—Tienes que andarte con cuidado. Nos traicionaron. Alguien nos delató a los hombres de Castro, y no he conseguido saber quién fue.