10 #3
—¿Seguro? Me siento fatal por arrastrarte a esta situación.
—A mí también me preocupa Bea. Y no me cuesta nada. —Luke se pasó la mano por el pelo—. Me quedé preocupado. Esto no puede ser una coincidencia.
—No, yo tampoco creo que lo sea. Anoche estuve investigando sobre Eva Fuentes y su libro.
—Vaciló un momento antes de continuar, pero le parecía que llegados a este punto, lo mejor era incluir a Luke—.
Antes de morir, el señor Thornton me dio una memoria usb con lo que había descubierto sobre el libro… y su autora.
—No me dijiste nada anoche.
—No, es verdad. Quería ver primero qué contenía.
—¿O estabas decidiendo si podías confiar en mí?
—No se trata de confiar en ti. Se trata de mi negocio, de proteger mi reputación, que incluye la discreción por mi parte.
—Sé cuánto significa tu empresa para ti. Y entiendo que tienes que ser discreta. —Frunció el ceño—. Pero, Margo, esta situación se ha ido de las manos. Puedes confiar en mí.
Tras el divorcio, había empezado a ir a terapia, lo que debería haber hecho después de que se divorciaran sus padres cuando era adolescente, y una de las cosas que había aprendido sobre sí misma era que tendía a intentar ocuparse de todo ella sola, que le costaba dejar entrar a los demás, pedir ayuda, confiar.
«No me sorprende, teniendo en cuenta tu infancia y juventud.
Carecías de la estabilidad que necesitabas, de forma que es comprensible que creyeras que solo podías confiar en ti misma.
Pero nadie puede con todo, Margo, independientemente de que seas una persona muy capaz.
Al final, la vida desgasta. Pedir ayuda, confiar a otra persona parte de la responsabilidad, no es una señal de debilidad», le había dicho la psicóloga.
A esas alturas ya era tarde para enmendar los errores que había cometido con Luke, pero se había tomado en serio el consejo.
No le resultaba fácil, seguía costándole luchar contra sus impulsos, pero lo estaba intentando.
—¿Qué había en el usb? —preguntó Luke.
—No tanto como esperaba.
Le contó lo que había descubierto sobre Eva Fuentes y la editorial Reston Brothers Publishing.
—Mencionaba también una página web que busca objetos pertenecientes a cubanos que fueron robados o desaparecieron.
Cuando las familias cubanas salieron huyendo del país tras la revolución de 1959, el gobierno de Fidel Castro confiscó los bienes que dejaron al marcharse.
Más tarde, obras de arte y libros han salido a la venta y las familias se han disputado la titularidad.
Algunas obras de gran valor están siendo reclamadas.
Natalia Evans, cubana, pero que vive aquí, en Londres, ha estado siguiendo la pista de esos artículos.
El señor Thornton trató de contactar con ella para ver si sabía algo del libro.
—¿Y pudo hablar con ella?
—No lo dice en sus notas. Es una posibilidad muy remota, pero lo cierto es que no tenemos gran cosa por donde tirar. Le he enviado un mensaje a través del formulario de contacto que hay en su web, pero de momento no me ha respondido.
—¿Crees que tu cliente es el responsable de esto? —preguntó Luke, mirando hacia la puerta de la oficina.
—No lo sé. Intenté romper el acuerdo anoche —admitió al final—. Igual no se lo tomaron bien. —Lo miró de frente—. ¿Y tu cliente? ¿Has podido hablar con ella?
Luke asintió con la cabeza.
—Está en Escocia. Voy a ir a verla.
—¿A Escocia?
—Pensé en hablar con ella por teléfono, pero quiero verla en persona para hacerme una idea más precisa, en vista de la gravedad de la situación.
—¿Crees que podría estar detrás de todo esto?
—¿Sinceramente? Me sorprendería mucho. Me dijo que tenía una relación familiar. Su marido y ella son dueños de un restaurante de comida española en Edimburgo, cerca de la Royal Mile.
—¿Cómo se llama el restaurante? —preguntó Margo.
Él vaciló un momento antes de contestar.
—Red Bull. Mi cliente se llama Adriana Josephs.
«Por fin».
Margo buscó «Adriana Josephs» y «Red Bull» en el móvil.
La información personal de Adriana venía en la web del restaurante.
De ascendencia cubana, nació en Madrid, donde estudió Arquitectura y conoció a su marido, que estaba estudiando cocina española allí.
Se casaron y se fueron a vivir a Edimburgo, la ciudad natal de él, donde abrieron un restaurante de cocina española de gran éxito, por lo que parecía.
—No parece la página web de un cerebro criminal —admitió.
—Estoy de acuerdo. Vigilar a alguien es caro. Contratar a alguien para cometer un crimen puede ser caro también. No me da la impresión de que esté tan forrada.
El móvil de Margo sonó en ese momento. Se le aceleró el pulso.
—A lo mejor es Bea.
El nombre de su asistente parpadeaba en la pantalla.
—Es ella.
Luke la miró aliviado.
—Bea, ¿estás bien? —preguntó Margo respondiendo a la llamada.
—Estoy bien —respondió ella—. Lo siento mucho. Acabo de ver todos tus mensajes. Estaba en clase de yoga y tenía el móvil apagado.
Margo estaba confusa. Intentaba no controlar el horario de Bea, y por la naturaleza de su área de trabajo no se ceñían al horario de oficina habitual, pero era de lo más impropio por su parte faltar al trabajo y menos aún sin avisar.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Bea.
—Han entrado a robar en la oficina. Me lo he encontrado todo revuelto cuando he llegado. Estoy aquí con la policía.
—¡¿Qué?! Cuánto lo siento. ¿Estás bien?
—Sí, sí, estoy bien. Estaba preocupada por ti. Al llegar y ver que no estabas, temí que te hubiera ocurrido algo.
—Lamento haberte asustado. Cuando me escribiste por correo electrónico para decirme que me tomara el día, decidí ir a yoga.
—¿De qué correo me hablas?
—El que me mandaste anoche.
Se le aceleró el pulso otra vez.
—Yo no te envié ningún correo anoche.
—¿Qué ocurre? —preguntó Luke moviendo los labios sin emitir sonido.
—¿Puedes reenviarme el correo, Bea?
—Claro. Pensé que eras tú. El remitente eras tú.