10 #2
Margo descorrió las cortinas con el corazón acelerado.
La tenue luz solo le permitió adivinar la silueta de una persona sentada en el asiento del conductor de un sedán oscuro, azul o tal vez negro.
No sabría decirlo desde su posición. Estaba acostumbrada a los coches que había normalmente en su calle, pero ese no lo reconocía.
Sus vecinos eran en su mayoría criaturas de costumbres que se movían en el horario que les marcaba el trabajo.
¿Cuánto tiempo llevaba allí ese coche? Y si ella podía apreciar la silueta que estaba dentro, ¿qué podía ver de su piso esa persona?
La luz del coche se apagó.
Margo se apartó de la ventana de un salto. Las cortinas se cerraron tras ella. Corrió a apagar la lámpara y el piso quedó a oscuras, impidiendo que la vieran desde fuera.
¿La estaban vigilando? ¿Sería el hombre del metro? ¿O tanto la había traumatizado el asesinato del señor Thornton que veía peligros inexistentes? Eso era lo malo de vivir en la ciudad, que costaba diferenciar entre una coincidencia y una amenaza.
El móvil estaba en la mesa, junto al portátil. Lo agarró con fuerza. Y regresó a la ventana, pero las cortinas de terciopelo eran demasiado gruesas para poder ver a través de ellas. Tampoco eran tupidas del todo, de modo que quien estuviera en el coche habría visto que había apagado la luz.
Oyó el claxon de un coche a lo lejos.
Se sobresaltó al oír el penetrante sonido. Y el móvil se le cayó al suelo.
«Mierda».
Se agachó a recogerlo y apartó un poco el borde de la cortina para mirar por la ventana.
El coche no estaba.
Necesitaba café. Dos tazas por lo menos.
Después del susto del coche, no se había dormido hasta las cuatro de la mañana, y cuando el despertador sonó tres horas más tarde para ir a trabajar, le había hecho falta toda su fuerza de voluntad para no apagarlo y seguir durmiendo.
Sin embargo, y pese al agotamiento, nada más sonar el despertador, lo recordó todo con aterradora claridad. Consultó el correo electrónico nada más despertarse, pero no había ningún mensaje de Greer ni de Luke. Tampoco de la policía.
Margo cogió la tarjeta que le había dado el policía y marcó el número.
—Matthews.
—Soy Margo Reynolds. Llamo para saber si han averiguado algo más sobre lo sucedido.
—Seguimos investigando —respondió al cabo de un momento—. La llamaremos si tenemos que hacerle más preguntas.
Margo abrió la boca con la intención de hablarle de la memoria usb y Oliver Reston, y del coche desconocido que había visto en su calle, pero el policía le había colgado.
Se quedó mirando el móvil atónita e indignada. Tal vez fuera una ingenua, pero esperaba, confiaba, en que la policía se mostrara un poco más cercana y comunicativa teniendo en cuenta que estaba con el señor Thornton cuando murió.
Se vistió a toda prisa, en piloto automático, mientras daba vueltas a lo ocurrido, tratando de encontrarle lógica.
Su trayecto diario hasta el trabajo se le hizo el doble de largo de lo habitual, pues iba todo el rato mirando hacia atrás y por el camino menos directo hasta su oficina.
Menos mal que todo transcurría por calles muy transitadas, de modo que nunca iba sola, pero aun así se ponía tensa cuando alguien caminaba cerca de ella, la rozaban sin querer o se producía algún ruido fuerte.
Resumiendo, tenía los nervios de punta cuando llegó.
Buscó las llaves de la oficina en el bolso, sorprendida al ver que la puerta no estaba entreabierta como siempre, lo que significaba que había llegado antes que Bea, y eso que era tarde. Las dos competían en broma a ver quién llegaba antes al trabajo, y por el momento ganaba Bea.
Margo se quedó un momento mirando las llaves, o mejor dicho, el llavero.
Se lo había regalado Luke el día que pusieron una puerta de seguridad en la oficina.
Lo habían celebrado con champán y sexo en su mesa nueva.
La vida le sonreía, llena de esperanzas para su matrimonio, su carrera, para sí misma, en el sentido de que estaba convirtiéndose en la persona que siempre había querido ser.
Ocho meses después le dijo a Luke que quería el divorcio.
Se quitó el recuerdo de la cabeza. Había vuelto a abrir la herida al ir a verlo la noche anterior y eso estaba haciendo aflorar sus sentimientos. Era más fácil cuando no pensaba en él, y se enterraba bajo el montón de cosas en las que prefería concentrarse.
Cogió el pomo para meter la llave, pero la puerta se abrió antes de que le diera tiempo a hacerlo.
Se quedó de piedra.
—Bea —llamó.
No obtuvo respuesta.
Empujó la puerta un centímetro para entrar y un escalofrío la recorrió de arriba abajo.
Su preciosa y acogedora oficina, que ella misma había decorado hasta el último detalle, desde el tono claro de la pintura de las paredes hasta la mesa antigua tras la que se sentaba Bea, estaba destrozada.
La mesa de Bea estaba volcada, con los cajones abiertos y un par de ellos por el suelo. Todo estaba cubierto de papeles tirados. Habían rajado los cojines del pequeño sofá que tenían en la zona de espera para los clientes, cerca de la puerta de entrada, y se veían plumas desperdigadas por el suelo.
El ordenador y el teléfono de Bea estaban en el suelo también. Pero a ella no se la veía por ninguna parte.
Observó todo, desde la sala de recepción hasta la puerta entreabierta de su despacho, y por el hueco vio que había seguido la misma suerte que el de Bea.
Esta vez no vaciló, no se arriesgó a entrar y que el autor del destrozo siguiera allí dentro. Sacó el móvil para llamar a la policía y se fue a toda prisa.
—Todo despejado —dijo el agente de policía—. Nos llevaremos las imágenes del sistema de seguridad a ver qué encontramos. Nos ayudará que revise todo para ver si falta algo.
Que aquel fuera el tercer agente de policía que conocía en dos días no auguraba nada bueno.
—¿Qué pasa con mi ayudante? —preguntó.
Había llamado a Bea una docena de veces, pero no contestaba.
—Mandaremos a unos agentes a su casa, pero no parece que estuviera aquí. No parece que hubiera nadie trabajando.
—¿Cómo puede saberlo si está todo hecho un desastre? —preguntó Margo, tratando de mantener la calma y que no se notara que le estaba entrando el pánico.
—Bueno, su bolso no está. Y no deja de llamarla al móvil, pero no se oye, por lo que es evidente que tampoco está aquí. Menos mal que no ha venido a la oficina. Habría sido mucho peor si hubiera llegado en pleno robo.
Margo lo miró con calma pero con firmeza.
—No puede decirme en serio que piensan que ha sido un robo. Y dice que no hay señales de que Bea estuviera aquí, pero ¿qué me dice de que la alarma estuviera desconectada? ¿Y si fue Bea la que marcó el código? ¿Y si la obligaron a hacerlo?
—Vamos a investigarlo. Podemos comprobar el sistema de seguridad. Lo más importante es que no cunda el pánico. Vemos robos a diario.
—¿Al día siguiente de que asesinen a mi colaborador en Notting Hill? ¿Qué posibilidades hay de que ambas cosas no estén relacionadas?
Margo inspiró hondo tratando de no perder los estribos, pese a lo frustrante que era la forma en que aquel agente trataba de calmarla.
Lo primero que había hecho nada más llegar la policía fue contarles lo ocurrido en la librería la noche anterior, que un hombre la seguía y que había visto a alguien en un coche aparcado delante de su casa.
Viéndolo en retrospectiva, no sabía si apresurarse a darles toda la información que tenía la había ayudado o perjudicado, teniendo en cuenta el escepticismo que transmitía el agente de policía, pero no quería correr más riesgos.
Puede que la policía no estuviera dispuesta a creerla, pero Margo no tenía ninguna duda de que el allanamiento estaba relacionado con el libro.
Sintió que la atravesaba una punzada de rabia.
La oficina que habían destrozado era la suya, la que había levantado ella sola con lo que muchas veces se le había antojado poco más que un sueño imposible.
Habían sido muchos los momentos de angustia durante el primer año, preguntándose si sería capaz de mantener el negocio.
Había echado más horas que un reloj y sacrificado muchas cosas con el fin de alcanzar su meta, que no era otra que conservar esa empresa que había levantado ella sola.
Y ver lo que habían hecho en ese espacio privado…
No había trabajado tanto para dejar que alguien llegara ahora e hiciera añicos su vida.
—¿Margo?
Se giró.
Luke entraba por la puerta mientras observaba las salas destrozadas.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Estoy bien. ¿Qué haces aquí?
—Quería hablar contigo —contestó, bajando la voz—. Seguir con lo que estuvimos hablando anoche. ¿Qué ha pasado?
—No lo sé. Me lo he encontrado así al llegar esta mañana.
—¿Dónde está Bea?
—La estoy llamando, pero sale el contestador. Me preocupa… Bea no faltaría al trabajo sin avisar. Después de lo que ocurrió anoche…
—Hemos enviado a unos agentes a su piso a ver —la interrumpió el policía—. Como le estaba diciendo a la señora Reynolds, probablemente decidiera tomarse el día libre o trabajar desde casa.
Por la forma de mirarlo, se notaba que Luke se había enfadado.
—No, Bea no es así. No le haría algo así a Margo.
—Eso es lo que les he dicho yo —convino ella.
—Déjenos un momento a solas —dijo Luke al policía y, sin esperar a que le dieran permiso, llevó a Margo hacia la entrada.
—¿Te has fijado en si te han seguido otra vez desde que fuiste a mi casa anoche? —le preguntó.
Ella vaciló un momento antes de contestar.
—Me pareció ver a alguien aparcado fuera de mi piso anoche —dijo al fin, y le detalló lo ocurrido.
No había vuelto a llorar desde que encontró el cadáver del señor Thornton, pero la invadía una pena inmensa que se mezclaba con el miedo de que le hubiera sucedido algo a su ayudante.
—No sé si tenía algo que ver o no —continuó Margo—. Estoy muy nerviosa desde que encontré al señor Thornton moribundo, y ahora me preocupa Bea. Hablé ayer con ella y no me dijo que fuera a quedarse trabajando en casa hoy. Ya sabes cómo es…
—Lo sé. Yo mismo iré a su piso a comprobar qué ha podido pasar si quieres.