La historia perdida de Eva Fuentes 10
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MARGO

Margo no podía dormir.

Los números rojos del despertador se burlaban de ella. Eran solo las dos de la madrugada.

Cada vez que trataba de cerrar los ojos, se le aparecía el señor Thornton moribundo.

La policía ya habría avisado a su familia.

No estaba casado ni tenía hijos, solo tenía una hermana mayor, que vivía en Gales, con quien hablaba con frecuencia.

Estaría destrozada. Todos los que lo hubieran conocido se quedarían atónitos.

Era uno de los hombres más buenos que había conocido, y pensar que alguien lo había atacado brutalmente en su propia tienda, que el asesino probablemente estuviera allí aún cuando llegó ella era…

Margo se levantó con el pulso acelerado y fue a comprobar una vez más que había cerrado con llave la puerta de la calle. Estaba cerrada, igual que dos horas antes cuando se fue a la cama. Había puesto una silla del comedor debajo del pomo para más seguridad, y seguía tal como la había dejado.

Cuando la llamó para decirle que habían asesinado al señor Thornton, Bea se había ofrecido a ir a dormir con ella, pero Margo solo quería ducharse, cambiarse de ropa y meterse en la cama.

Había tirado a la basura la ropa que llevaba puesta.

Pero ahora lamentaba haber decidido quedarse sola.

Su piso se le hacía mucho menos acogedor a las dos de la madrugada que unas horas antes.

Margo fue a la mesa del comedor y se sentó en la otra silla delante del ordenador y la escasa información que había recabado sobre Tiempo para olvidar .

La memoria usb que le había entregado el señor Thornton antes de morir estaba encima del ordenador.

Se había dicho que no iba a pasar nada por examinar lo que hubiera averiguado el hombre, que no lo hacía porque Luke estuviera implicado en el caso también o porque una vez que se metía de lleno en algo, no lo soltaba por nada del mundo.

Al día siguiente devolvería a su cliente el dinero que le había pagado. Y entregaría la memoria usb a la policía. Apenas se había involucrado en el caso.

La información que contenía el dispositivo proporcionaba un interesante contexto al libro, aunque no mencionaba el nombre de la primera persona que había ido a la librería preguntando por él, como ella esperaba.

El libro lo había publicado Reston Brothers Publishing, una editorial pequeña de Boston que había estado en funcionamiento unos treinta años, desde finales del siglo xix hasta comienzos del xx.

Los editores, Henry Reston y su hermano John, habían fallecido hacía ya tiempo, pero las esquelas podían consultarse en Internet, y Margo buscó información sobre sus nietos en una web que podía no ser del todo fiable.

Consultó el correo electrónico de nuevo para ver si le había respondido alguno de los familiares de la editorial con los que se había puesto en contacto por las redes sociales.

Nada de momento.

Se había repetido que no tenía nada de malo investigar un poco, al fin y al cabo no podía dormir.

Y ya que estaba despierta a esas horas, mejor hacer algo productivo que pasar el tiempo dando vueltas a su conversación con Luke, o pensando en el momento en que llegó a la librería y se encontró al pobre señor Thornton.

Si lo habían asesinado por el libro, no podía pasar por alto que ella era culpable en parte por haberlo implicado en el asunto.

Era muy remota la posibilidad de que los nietos de Henry o John Reston supieran algo sobre un libro que sus abuelos habían publicado más de un siglo antes, pero esas posibilidades remotas eran lo único que tenía en ese momento.

El señor Thornton no había logrado encontrar mucho más sobre el libro, lo que debía de haberle resultado de lo más frustrante, pues estaba segura de que no había muchos libros que le hubieran supuesto un obstáculo infranqueable.

¿Qué tenía de especial ese? ¿Por qué había gente dispuesta a matar por ese libro?

Claro que, a fin de cuentas, ¿qué hacía que algo fuera valioso? El deseo de tenerlo.

Esa era la piedra angular de su negocio. Ella se movía en un mercado secundario en el que los precios los marcaba la historia que tuviera el objeto, lo raro que fuera y hasta dónde estuviera dispuesta a llegar una persona con tal de conseguirlo.

La investigación del señor Thornton sobre Eva Fuentes, sin embargo, sí había resultado un poco más productiva.

Leyó que fue profesora y viajó a Harvard en el verano de 1900 con una gran delegación de docentes cubanos.

Fue el programa cultural de ese tipo más importante en su momento y hasta la fecha, y si bien existía gran cantidad de información sobre el tema, no había muchos más datos sobre Eva Fuentes.

Al menos resolvía parte del misterio, tal vez por qué optó por publicar en Boston. Pero quedaban muchas más preguntas.

Una notificación la avisó de la entrada de un correo electrónico. Leyó el nombre del remitente: Oliver Reston.

Asunto: Su mensaje

Oliver Reston, nacido el 3 de enero de 1948, en Cambridge, Massachusetts, según la web sobre genealogía en la que lo había encontrado.

Era hijo del hijo menor de Henry Reston.

Por lo que parecía, Oliver Reston era un entusiasta de la genealogía de su familia, de modo que lo había buscado a través de redes sociales y webs en las que investigaba sobre el legado de la familia Reston.

Era en quien más confiaba que fuera a responder.

Abrió el correo y leyó el mensaje.

Estimada señora Reynolds:

Gracias por su correo. Sí que soy el nieto de Henry Reston.

Él y su hermano tenían una editorial en Boston a principios del siglo xx.

Publicaron alrededor de un centenar de libros hasta que se vieron obligados a cerrar para ir a combatir en la Gran Guerra.

Mi abuelo y su hermano mayor murieron en combate.

No me suena ese libro, Tiempo para olvidar, pero donamos parte de los documentos de mi abuelo relacionados con la editorial a la biblioteca pública municipal.

La semana que viene voy a Omaha a visitar a mi nieta, pero a mi regreso a Boston revisaré los archivos y me pondré en contacto con usted si encuentro información relevante sobre el libro.

Atentamente,

Oliver Reston

No decía nada de que otras personas hubieran contactado con él para preguntarle por el libro, lo que la llevó a preguntarse por qué era la única que estaba buscando por ahí.

¿Y si sí habían contactado con él, pero no había dicho nada en su correo?

A lo mejor no servía de mucho investigar la editorial.

Le escribió para agradecerle el mensaje y por un segundo consideró la posibilidad de preguntarle si se había puesto en contacto con él alguien más, pero después de lo que le había ocurrido al señor Thornton, pensó que era mejor no implicarlo demasiado.

El otro dato que había desenterrado el librero era igual de interesante.

Se trataba del nombre de una «mujer también cubana» que vivía en Londres, una tal Natalia Evans, que dirigía un sitio web dedicado a recuperar artículos que pertenecieron a cubanos exiliados, según las anotaciones del señor Thornton y sus propias observaciones.

Después de mirar un poco, Margo no pudo resistir la tentación de rellenar el formulario de contacto de la web.

No especificó el motivo, tan solo que tenía que ver con un libro, aunque sí se cuestionó varias veces lo que iba a hacer antes de pulsar el botón de «enviar».

La indecisión nocturna en Internet se estaba convirtiendo en el tema de la noche.

Con los dedos sobre el teclado listos para escribir, al final entró en uno de los sitios web que había consultado para encontrar a los descendientes de Henry Reston.

No era la primera vez, y mucho se temía que no sería la última, que escribía el nombre de Luke en la caja de búsqueda.

El nombre apareció al instante, debido, sin duda, a que el algoritmo había reconocido que era una información que ya había buscado, aunque llevase meses sin hacerlo.

Intentaba no pensar demasiado en él, no cometer esos deslices, no caer en la tentación de dejarlo entrar en su vida aunque fuera brevemente. Después de verlo con su novia, no pudo evitar preguntarse si habría cambiado la foto de perfil.

No lo había hecho.

Seguía siendo la foto de él solo en una excursión por las montañas galesas, sin mirar a la cámara, de manera que no se apreciaban bien los rasgos.

Con su trabajo podría decirse que usaba las redes esporádicamente, y era mucho decir.

Y tenía activados los controles de privacidad hasta tal punto que no podía ver mucho más.

Probablemente fuera lo mejor. Ella lo había borrado de su lista de amistades cuando empezaron con los trámites de divorcio para evitar momentos de debilidad como ese.

Miró el reloj del portátil.

Las tres de la mañana.

Tenía que dormir si quería ser mínimamente productiva al día siguiente.

Cerró la ventana del buscador, dejando con ello el pasado atrás, donde le correspondía estar, y fue a comprobar una vez más que la puerta de la calle estuviera bien cerrada.

La silla seguía en su sitio, todo estaba como lo había dejado.

No tenía alarma, pero a lo mejor tenía que pensar en escribir a su casero para pedirle que le instalara una. Lo pondría en la lista de tareas pendientes.

Margo dejó encendida la luz del salón, pues no le apetecía demasiado quedarse a oscuras en el piso.

La luna estaba cubierta esa noche, tampoco se veían las estrellas, y reinaba un silencio inquietante en la calle.

Cuando encontró ese piso tras el divorcio, agradeció que fuera céntrico, y también que estuviera alojado en un barrio residencial, lo que reducía bastante los ruidos de la calle por la noche.

Pero en ese momento deseó que hubiera un poco más de actividad, algo que le hiciese sentirse menos sola.

Miró por la ventana. No se veía un alma, la calle estaba ocupada por los coches de los vecinos.

Le pareció ver un destello de luz en uno de los coches aparcados.

¿Serían las luces del salpicadero? ¿Un móvil tal vez?