La historia perdida de Eva Fuentes 9
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EVA

El libro era espantoso.

Eva miró la página, los tachones furiosos y las anotaciones rápidas. Pensaba que el hecho de estar allí, viviendo una aventura, la ayudaría a terminar la novela, pero en su lugar cada vez le costaba más encontrar las palabras.

La historia que había empezado en La Habana, esa a la que había dedicado años, no le decía nada. Los personajes eran unos desconocidos, la ambientación no tenía la fuerza de antes y las dudas que la asaltaron cuando decidió emprender la hazaña de escribir una novela estaban allí otra vez.

Le daban ganas de llorar.

O de gritar.

O de eliminar una o dos frases.

Le había resultado más fácil al principio, el día que decidió que iba a escribir una novela: la página en blanco del cuaderno estaba llena de posibilidades; era un mundo sin explotar que esperaba a ser descubierto.

Las primeras palabras la llenaron de felicidad por la promesa que encerraban, por la forma en que las frases se unían y se encadenaban unas tras otras, dando forma inicial a algo que le costaba creer que hubiera salido de ella.

Se sintió como una madre orgullosa. Pero luego algo cambió.

La página en blanco pasó de representar la libertad a ser una exigencia.

«Dame de comer. Lléname de palabras».

Y después esa libertad se convirtió en la necesidad clara de responder a una pregunta inevitable que había llegado a odiar: «¿Y después qué?».

Pero lo que estaba ocurriendo en ese momento tal vez fuera la fase más crítica de todo el proceso.

Ahora estaba ya tan cerca del final que podía saborearlo, y las dudas aparecieron otra vez, consciente de que si conseguía publicar la novela, tendría que ponerle título y, peor aún, la gente la leería.

Gente que la conocía: sus alumnas, sus amigos, sus colegas, el director del colegio.

Cuando la leyeran, conocerían sus pensamientos íntimos, y no sabía si estaba preparada para ese grado de intimidad, preparada para que la conocieran tanto.

Tal vez fuera ese el motivo por el que le estaba costando tanto terminarla ahora que ya no era una idea abstracta, sino una entidad perfectamente formada que un día dejaría de estar en sus manos para pasar a manos de otros.

¿O sería que los personajes habían dejado de dialogar con ella?

¿Que la historia ya no le decía nada? Ojalá lo supiera.

Había ido hasta allí con la esperanza de que cambiar de escenario respecto a la habitación que compartía con Dolores la ayudaría a superar el bloqueo creativo, y no se le ocurría mejor sitio que el majestuoso edificio gótico que albergaba la biblioteca de la universidad.

«Pues no».

—Lo admito, yo pongo la misma cara cuando escribo, pero no creo que estés con un manuscrito que se te resiste de una manera frustrante, así que ahora tengo curiosidad. ¿Qué te ha hecho ese cuaderno?

Eva levantó la cabeza sorprendida. El acento estadounidense la sacó de la desastrosa escena ambientada en Cienfuegos y la devolvió a la biblioteca de Gore Hall.

Delante de ella estaba James, mirándola con esa expresión ligeramente divertida de la noche que se conocieron.

Seguía siendo como lo recordaba: los mismos ojos penetrantes, el pelo oscuro un poco despeinado, una mancha de tinta asomándole del puño de la camisa blanca que llevaba debajo del traje beis.

Su aspecto era igual de refinado que el de los otros alumnos, pero de su exterior sofisticado se desprendía cierto desaliño.

Había pensado en él muchas veces desde el baile dos noches atrás, preguntándose cuándo volverían a encontrarse. Lo había buscado entre la gente en el concierto y la recepción en el teatro Sanders a la que habían asistido la víspera, pero si estaba allí, no lo había visto.

También había escrito sobre él, sobre lo que sentía cuando lo veía, al comprender por fin esa agitación extraña que se describía en algún libro que había leído.

Las palabras que habían surgido de la pluma no encajaban en el estilo del libro, desentonaban en la escena entre un niño y su abuelo en una granja en Cienfuegos, escena que tenía que escribir, pero no acertaba a hacerlo, y, sin embargo, había sentido el impulso de poner las palabras sobre el papel, diseccionar cada momento grabado en su memoria.

—No es nada —respondió, cerrando el cuaderno para que no leyera nada.

La novela estaba en español, y era bastante improbable que James hablara español; se lo habría comentado la otra noche o se habría lanzado a decir alguna palabra, pero no quería arriesgarse.

—Mientes fatal, ¿sabes?

Lo dijo con despreocupación, como si se conocieran de toda la vida en vez de ser meros conocidos. Sacó una silla de la mesa a su lado y se sentó sin molestarse siquiera en preguntarle si le importaba que le hiciera compañía.

—¿Historia de Estados Unidos? Un tema de lo más aburrido —bromeó con una leve curvatura de los labios y ojos chispeantes.

Lo dijo con un volumen demasiado alto para una biblioteca, lo que llamó la atención. A James no pareció preocuparle en absoluto, pero Eva deseó que se los tragara la tierra y que su segundo encuentro hubiera tenido lugar en un sitio íntimo en vez de a la vista de todos en Gore Hall.

—No es historia de Estados Unidos.

Tenían clase de historia de Estados Unidos, y también estudiaban métodos de enseñanza estadounidenses, geografía, inglés, historia de la colonización española, bibliotecas y psicología. Además, las mujeres daban clases sobre educación infantil, mientras que los hombres lo hacían de carpintería.

James se reclinó en la silla y se cruzó de brazos.

—Pues ahora sí que me tienes en ascuas, lo admito.

—¿Por qué? —preguntó sorprendida.

—Porque siento curiosidad por ti. Las cosas que te gustan y lo que te frustra —añadió, señalando el cuaderno—. Lo pasé muy bien la otra noche charlando contigo fuera del baile. Te confieso que me preguntaba cuándo volveríamos a encontrarnos, y esperaba que fuera pronto.

Eva sintió un cosquilleo en el pecho y bajó la mirada. Aún no estaba preparada para que James adivinara lo que sentía, y según lo que él le decía, su rostro se leía como un libro abierto.

—Escribo —dijo por fin.

—¿Eres escritora?

James parecía más intrigado de lo que hubiera imaginado. Eva se obligó a levantar la cabeza mientras reunía todo el aplomo que había adquirido después de muchos años dando clases a señoritas que no siempre tenían ganas de aprender.

—Así es.

Ya estaba. Lo había dicho. Había reconocido que era escritora.

James se inclinó sobre la mesa, reduciendo la distancia entre los dos.

—¿Y qué escribes?

Eva inspiró hondo.

—Estoy con una novela.

Si le quitaba importancia o se burlaba de ella, al menos sabría el tipo de hombre que era. Mejor saberlo ya que dejar que la atracción aumentara si no era digno de su interés y su afecto.

—Por eso me entendiste el otro día, cuando te hablé de mis frustraciones.

Eva asintió con la cabeza.

—¿Y de qué va tu novela? —continuó James.

—Va de una familia en Cienfuegos, Cuba, a finales del siglo xix.

Es una historia familiar que recorre distintas generaciones y las dificultades que atraviesa su granja.

Está narrada desde dos perspectivas temporales, una desde el punto de vista de la tía y la otra desde el del sobrino.

—Dudó un momento mientras ponía las ideas en orden—.

Te seré sincera: he cambiado de protagonista media docena de veces por lo menos.

El sobrino es quien dialoga conmigo ahora, así que creo que va a ser él.

—¿Tus personajes te hablan?

James se le acercó aún más al decir eso, apenas unos centímetros separaban el rostro de ambos, y fue entonces cuando Eva se dio cuenta de que también ella se había estado acercando, de modo que los dos estaban muy juntos.

Los ojos curiosos simplemente habían desaparecido, como si no hubiera nadie más en la biblioteca, sino que estaban los dos solos otra vez en una burbuja propia de intimidad.

Esa era la conexión que ella había estado buscando, la capacidad de compartir esa parte de sí misma con alguien que la comprendiera.

—Sí —admitió—. Así fue como decidí que era el sobrino quien tenía que contar esa parte de la historia.

No existía al principio, pero apareció mientras iba construyendo la familia en mi cabeza.

Y de pronto…, no conseguía que dejara de hablar.

Se llevaba muy bien con su abuelo, que lo estaba preparando para tomar las riendas de la pequeña finca familiar.

—Me parece extraordinario. Eres capaz de ocuparte de todas tus actividades cotidianas y, a la vez, viajar mentalmente a una época y un lugar totalmente diferentes.

—Sí, creo que así es como logré sobrevivir a la guerra.

Nada más decirlo deseó poder comerse las palabras.

—¿Cómo?

Abrió la boca para darle una respuesta fácil que le quitara las ganas de seguir preguntando, pero en su lugar le dijo la verdad.

—Trasladando a mis personajes lo que yo sentía.

Los miedos. Las esperanzas. La novela no hablaba de la guerra.

No podría haber escrito sobre ese tema aunque hubiera querido.

Aún es muy reciente, muy doloroso. Demasiado.

Pero tenía un montón de inquietudes ahí dentro.

Yo… —titubeó un momento con las emociones a flor de piel—.

Yo no… no sabía qué hacer con ellas, así que cada día, cuando me iba a dormir, escribía.

Y la historia empezó a cobrar forma. Los días en que sentía que no tenía motivos para levantarme de la cama, sobre todo tras perder a mi madre, mis personajes me hacían compañía.

Que pudieran superar los retos que les ponía la vida delante me daba esperanzas para superar los míos.

James negó con la cabeza, disgustado.

—Estoy impresionado, en serio.

—¿Sí? ¿Por qué?

—La forma en que describes tu proceso de escritura, lo que significa para ti y cómo lo iniciaste, vivir un momento traumático y que de él brote un trabajo creativo… —dudó antes de continuar—. Supongo que yo aún estoy buscando lo que quiero decir, algo que importe.

Se sonrojó. Esta vez fue él quien se mostró avergonzado, como si Eva le hubiera sonsacado una confesión que no estaba preparado para compartir con nadie, de forma que los dos estaban empatados.

—Alguien muy sabio me dijo una vez que hay muchas formas de demostrar el amor hacia tu país, de pensar que lo que haces sí importa —respondió ella.

James le sonrió.

—¿Te acuerdas?

Ella asintió con la cabeza y, viéndolo vulnerable y un poco incómodo, decidió contarle el resto.

—He pensado mucho en lo que hablamos la otra noche.

—Yo también —respondió él, reclinándose en la silla y mirando a su alrededor, como si acabara de darse cuenta de que no estaban a solas—. ¿Has ido a la playa?

—¿La playa?

James asintió con la cabeza.

—No, aún no —continuó ella.

—Yo te llevo. ¿Tienes algún plan para mañana por la tarde? Iremos también a mi heladería favorita.

Ella sonrió.

—¿Playa y helado? Una excursión perfecta.

—¿Dónde te hospedas?

Eva le dio la dirección en la que vivía con Dolores.

—Tenemos una cita.

Eva no sabía muy bien qué responder, nerviosa y emocionada a partes iguales. Imaginaba que no iba a conseguir escribir nada. Y a continuación se le ocurrió algo de lo más extraño: ¿qué iba a ponerse?

—Tengo que irme —dijo James a continuación, mirándola fijamente y sin hacer ademán de moverse—. He venido a documentarme para mi libro.

Eva se moría de ganas de preguntarle, pero después del momento de inseguridad que le había confesado sentir, no quería forzarlo ni que se sintiera incómodo con su bloqueo creativo.

De repente se los imaginó en la misma mesa, trabajando juntos en sus respectivos libros, y aunque sabía que aún no estaba lista, que los sentimientos que estaba empezando a tener eran nuevos para ella, no podía pensar en otra cosa, una esperanza prometedora brotó en su interior.

—Buena suerte.

James le sonrió con ironía.

—Gracias, la necesito.

Tenía que preguntárselo.

—¿De qué va?

James vaciló antes de contestar.

—De un ambicioso periodista que encuentra un cadáver en la ciudad. ¿Te suena el crimen del pozo que tuvo lugar en Manhattan en 1800?

Eva negó con la cabeza.

—Fue el caso de un asesinato famoso que tuvo lugar en Nueva York hace un siglo y el escandaloso juicio que se produjo después.

Mi libro se inspira en eso. Es una historia ficticia, pero mi protagonista se encuentra por casualidad con un crimen similar y termina enredado en un juicio sensacionalista.

—Fascinante.

—Eso espero. Ahora mismo es solo un montón de ideas buenas y una escritura que deja bastante que desear.

Quería documentarme sobre el caso real para dar forma al caso ficticio.

Espero haber avanzado antes de que nos veamos mañana.

Una editorial pequeña de Boston que dirigen dos hermanos está interesada en la novela, o al menos en el proyecto que les he presentado, pero escribirla me está costando más de lo que creía.

Se levantó para irse.

—¿Me dejarás leer tu novela algún día? —preguntó James.

—Está en español —respondió ella, dando gracias en cierta manera por la intimidad que le proporcionó que estuviera escrita en su lengua materna—. ¿Hablas español? —preguntó, aunque sabía que no.

—No, es una pena. Me encantaría leerla. ¿Escribirás algo en inglés para mí algún día?

El corazón le dio un vuelco. Había algo muy íntimo en cómo había dicho «Me encantaría leerla», como si le hubiera cogido la mano y le hubiera acariciado la cara interna de la muñeca, donde el pulso le latía enloquecido.

—Puede que lo haga —respondió, y aunque quiso decirlo con un tono ligero y despreocupado, lo cierto es que parecía más una promesa.