La historia perdida de Eva Fuentes 8 #3
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Por un momento dudó si no sería mejor salir a pedir ayuda, pero desechó la idea rápidamente.

¿A quién iba a pedirle ayuda? Sabía quiénes registrarían el piso, y si el régimen iba a por ella, nadie en toda La Habana podría ayudarla, no habría ningún escondite seguro.

La red de Enrique se había disuelto tras la detención de él y de sus amigos, y no se le ocurría nadie que quisiera o pudiera ayudarla.

No podía arriesgarse a poner en peligro a los seres queridos de su marido: a Julio, que tenía dos hijos, o a Esteban, que bastante había sufrido ya.

Entró en el dormitorio con la sartén en las manos, aunque le costaba sujetarla.

Con cada paso empezó a cuestionarse la sensatez de su decisión, pero una testarudez que no sabía que tenía la impulsaba hacia delante.

Ya le habían arrebatado suficiente —a su marido, su país, su tranquilidad—; aquel piso era lo único que le quedaba, y se negaba a que se convirtiera en otra víctima de aquella maldita revolución.

Furiosa y sin nada que perder ya, comprendió que las personas eran capaces de cualquier cosa, que las circunstancias podían empujar a uno a actuar de un modo totalmente inesperado. Comprendió hasta dónde era capaz de llegar uno por venganza.

No había nadie en el dormitorio.

Entró y miró también en el cuarto de baño.

No había nadie allí tampoco.

Dejó la sartén en el borde de la cama, exhausta por el esfuerzo, y se dejó caer.

El corazón le dio un vuelco.

Alguien había levantado las tablas del suelo junto a la cama, las mismas bajo las cuales había tenido escondidos los libros hasta esa misma mañana.

Quien lo hubiera hecho había tratado de que no se notara, pero al cerrar el hueco había colocado las tablas al revés, de manera que las vetas de la madera no encajaban.

No era gran cosa, pero teniendo en cuenta el riesgo que corría, se había aprendido de memoria hasta el mínimo detalle.

Sabía lo que habrían encontrado al levantar las tablas —nada de nada—, pero ¿disuadiría a los que habían entrado o seguirían buscando?

¿Qué sería lo próximo? ¿Revolver la biblioteca entera para ver si ocultaba algo?

Tenía que cambiar de sitio los libros que había dejado en el trabajo. Cuando empezó con aquello se había jurado dejar a Ignacio al margen, no arriesgar su libertad o la de su familia. Pero se estaba quedando sin opciones, se estaba quedando sin amigos.

Todos se habían marchado de Cuba, todos la habían abandonado, el círculo de personas en las que podía confiar se había reducido muchísimo.

El silencio la engulló, a pesar del ruido que producía el tráfico en la calle al otro lado de las ventanas.

«Mi marido está muerto. Mi marido está muerto».

Tenía que decirlo en alto, gritarlo, para que fuera real.

¿Cómo era posible que en un momento todo su mundo se hubiera venido abajo, que le hubieran arrebatado la vida entera?

¿Cómo podía ser que fuera de aquellas cuatro paredes siguiera oyéndose el claxon de los coches o las mujeres tendieran la ropa o hicieran la cola para conseguir comida, y que su marido estuviera muerto?

¿Cómo iba a hacer para levantarse al día siguiente, ponerse un vestido e ir a la biblioteca como si tal cosa?

No había cuerpo que enterrar ni funeral que celebrar. Tan solo tenía la fina alianza de oro en el dedo y el recuerdo de haber amado y haber sido amada, y que en otro tiempo había albergado la esperanza de un mundo mejor que el actual.

Pasaron los minutos, las horas. El sol se puso y salieron las estrellas. Pilar observaba las tablas del suelo mal colocadas sentada en la cama, y por primera vez en la vida no pensaba en nada. No había… nada.

Un inmenso vacío.

Un ruido al otro lado de la pared la sacó de su estupor. Serían las once de la noche.

Era el portazo de la puerta de la entrada, seguido del grifo del agua, en el piso contiguo.

El piso de Zenaida.

El piso del comandante del ejército.

Más pisadas.

¿Habría sido él quien había registrado sus cosas?

¿Habría estado implicado en la muerte de Enrique? ¿Lo habría visto en sus últimos momentos antes de morir?

Pilar había empezado a esconder los libros cuando se lo llevaron.

Era como si la crueldad del régimen hubiera liberado algo dentro de ella, una especie de rebeldía desconocida que no se manifestó hasta que se lo arrebataron todo y sintió el deseo de contraatacar.

La primera vez fue cuando una lectora de la biblioteca se acercó a ella llorando y le contó que se iba de Cuba.

Enrique no podía haberles dicho nada sobre los libros ocultos porque no lo sabía.

Las únicas personas a las que se lo había contado eran las que habían acudido a ella en busca de ayuda.

Pero ya no sabía en quién confiar, quién podría fingir con la intención de averiguar algo para contárselo después a la policía secreta.

En los tiempos desesperados que corrían había gente que vendería a su propia madre para sobrevivir.

¿Habrían traicionado a Enrique?

¿La habría traicionado alguien a ella?

El miedo y la rabia se entrelazaron en su interior y, con el dolor de la pérdida, hizo lo único que se le ocurría: leer.