La historia perdida de Eva Fuentes 8 #2
44%

8 #2

—Los tenían en una celda común con otros hombres. Las condiciones eran horribles, por lo que le he entendido. Enrique estaba enfermo, desnutrido, y no pudo resistir lo que le hicieron…

Pilar veía que Julio elegía las palabras con cuidado tratando de evitar las partes más feas. Como si no hubieran oído los rumores o a los pelotones de fusilamiento. Como si no supieran hasta dónde estaba dispuesto a llegar el régimen con tal de reprimir a los disidentes.

—Lo siento muchísimo —susurró Julio, o así lo oyó Pilar entre el zumbido ensordecedor de sus oídos.

Julio se ofreció a acompañarla a casa, pero ella le dijo que prefería volver sola.

Siempre había sido una persona reservada, le incomodaba hablar de sus sentimientos con desconocidos.

Por eso supo que Enrique era perfecto para ella, porque con él se había sentido más cómoda que con ninguna otra persona, como si ocuparan un espacio íntimo propio en el mundo que hacía de refugio mutuo.

Por fuera eran muy distintos: Pilar no era de las que hacían amigos con facilidad, mientras que Enrique era amigo de todos.

A veces, al volver caminando del trabajo, se lo encontraba con la cabeza metida bajo el capó del coche de algún vecino intentando arreglarlo.

Enrique era una persona muy sociable, una cualidad que Pilar adoraba y envidiaba a la vez.

Si los papeles se hubieran cambiado, si le hubiera ocurrido algo a ella, Enrique habría buscado consuelo en la compañía de los demás.

Ella prefería envolverse en un manto de soledad que la protegía del mundo exterior.

Recorrió las calles de la ciudad sin pensar siquiera. Pasó junto al lugar en el que solían reunirse muchos de sus vecinos, donde en otro tiempo la recibía Enrique con su risa fácil.

No había nadie.

Pilar atravesó el edificio y, al llegar a su descansillo, a la puerta de su piso, volvió en sí, al mundo real, a la inevitable realidad de que, desde ese momento y hasta el día que muriera, al otro lado de la puerta solo habría silencio.

Enrique no volvería a estar allí esperándola, no volvería a entrar sonriendo a darle un beso y contarle lo que había hecho ese día.

Le temblaba la mano cuando metió la llave en la cerradura, giró el pomo y empujó la puerta, que anunció su presencia con un sobrecogedor chirrido de bisagras.

Cerró la puerta tras de sí con el corazón en la garganta y lo observó todo con los ojos inundados de lágrimas.

Le resultó extraño que estuviera igual que esa misma mañana antes de saber que su marido estaba muerto, y, al mismo tiempo, se le antojó algo totalmente nuevo, un sueño que ya no reconocía.

Sin embargo…

Alguien había estado allí.

La sensación de que algo no estaba como debería le produjo un escalofrío en la columna que atravesó el duelo.

El libro de poesía de Enrique no estaba donde él lo había dejado, esperando a que volviera.

Estaba cerca, pero no en el lugar exacto.

Tal vez no se habría dado cuenta si no hubiera estado mirando el libro todos esos meses, incapaz de cambiarlo de sitio; tan solo podía cogerlo para ponerlo de nuevo en el mismo lugar exacto después de pasar suavemente las páginas y acariciar las palabras de tinta.

Alguien había tocado las cosas de su marido, las había registrado.

Pero ¿por qué?

¿En busca de sus secretos o los de ella?

Se devanó los sesos tratando de encontrar una conexión entre los acontecimientos de los últimos días, desentrañar la coincidencia de que un hombre hubiera ido a la biblioteca en la que ella trabajaba a preguntar a Ignacio si era leal a la revolución, que el comandante se mudara al piso de al lado, la visita de Julio y que alguien se hubiera colado en su casa.

¿Acaso les había dicho algo Enrique en sus últimas horas que los había llevado a su piso a rebuscar entre los restos de su vida en pareja una última vez? ¿O tenía que ver con su vecino?

Pilar lo recorrió todo con la mirada.

No era obvio: no estaba todo manga por hombro, pero ella sí notaba la invasión, las cosas fuera de su sitio unos milímetros.

¿Qué andaban buscando? ¿Quién estaba detrás?

Se oyó un crujido en alguna parte del edificio, pero con aquellas paredes tan finas costaba trabajo saber si el ruido procedía de su propio piso o del de algún vecino.

El miedo se mezcló con el dolor que amenazaba con partirla en dos.

Un sollozo brotó de sus labios, pero lo sofocó tapándose la boca con la mano, tratando de no hacer ruido.

Estaba a punto de perder los nervios, perder el control de lo que la rodeaba, un poco más a cada minuto que pasaba.

Habían puesto su vida patas arriba, primero con la noticia de que su marido estaba muerto y ahora con la invasión de su intimidad.

Pilar había hecho el camino desde la biblioteca a su casa rogando que le llegara la muerte, un mantra que se repetía en su cabeza. Le había pedido a Dios que se la llevara a ella también, ya que le había parecido bien llevárselo a él, porque no quería vivir en un mundo sin Enrique.

Sin embargo, en ese momento, ahora que veía que sus súplicas a lo mejor eran oídas, Pilar miró hacia los fogones de la cocina, la enorme sartén de hierro que dejaba allí porque no cabía en los diminutos armarios.

Dejó el bolso y agarró la sartén muy despacio y en absoluto silencio.

Después del saloncito se abría un arco que conducía al dormitorio y al cuarto de baño adyacente.

¿Seguía habiendo alguien en el piso? ¿Estaría escondido allí?