La historia perdida de Eva Fuentes 8
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PILAR

La mañana estaba muy tranquila, pues la lluvia ahuyentaba a los lectores. En días como aquel, lo único que le apetecía era sentarse cómodamente a leer. Casi había terminado el libro de Eva, que no paraba de hacerle ojitos para que lo acabara.

No había dormido nada. Su piso había dejado de ser un santuario sabiendo que uno de los hombres de Castro vivía en el piso de al lado.

Así que se sentó en la cama arrebujada entre las mantas, pendiente de cualquier ruido: el crujido de la madera del suelo, el ruido de mover muebles o cajas…

¿Se podía entrar sin más en la vida de otro, registrar sus cosas y tirar todo aquello que no le sirviera y robar lo que sí?

¿Ocurriría lo mismo con ella en algún momento? ¿Algún día llegarían otros a ese piso que había albergado sus esperanzas de futuro con Enrique y harían lo que les pareciera con él? ¿Borrarían sus recuerdos? Era muy posible e igualmente insoportable.

Menos mal que tenía una lectura reconfortante, porque si no, no sabía cómo habría soportado toda la noche.

Cuanto más leía, más se preguntaba hasta qué punto la novela se había inspirado en las experiencias vividas por Eva en la Escuela de Verano, y si la misteriosa carta tendría que ver con el hombre que Eva había amado en la vida real y había perdido.

Pilar había leído la carta mil veces.

Era extraño, casi invasivo, leer la correspondencia íntima de otra persona, pero no dejaba de buscar pistas en la carta y en la novela que pudieran arrojar algo de luz sobre la vida de Eva y sobre cómo localizarla para entregarle el libro, tal y como le había pedido Zenaida.

Y la carta parecía una extensión misma de la novela, pues la forma en que estaba escrita y los sentimientos que expresaba eran tan similares que parecía que estuvieran relacionados.

La protagonista del libro, Ana, era una profesora cubana que había participado en un intercambio cultural de verano en Boston.

Le recordaba tanto a sí misma que a veces tenía que parar un momento la lectura, porque la realidad que destilaban las palabras la inundaba de pena.

Para Ana —o la propia Eva—, el alargado espectro de la lucha de Cuba por la independencia se erguía amenazante, la incertidumbre del frágil futuro del país le impedía imaginar un futuro para sí misma.

Era imposible no encontrar paralelismos entre las dificultades que había afrontado Cuba entonces y las que se le presentaban en el presente.

Era como si la historia se repitiera, y los gritos de libertad que resonaban en las páginas de la novela eran los mismos que latían en el corazón de Pilar.

Habían cambiado la tiranía de España por la dictadura de Fidel Castro.

¿Por eso había escrito el libro en inglés?, ¿porque iba dirigido al público estadounidense, que había tenido el control administrativo de Cuba en aquella época?

Pilar no estaba segura.

El libro tenía una parte política que retrataba con valentía el coste que la guerra había supuesto para el pueblo cubano.

Pero en el fondo era la historia de amor entre Ana y el joven que conoció en Harvard.

En eso, la autora también había sido valiente, al describir el enamoramiento desde el punto de vista de alguien que parecía entender las caras gemelas del amor y la pérdida, y era esa certeza, esa honradez, lo más fascinante del libro para Pilar.

Aunque las separaran sesenta y cinco años, se preguntaba si Eva entendería por lo que estaba pasando Pilar ahora y lo inspiradora que le parecía su valentía.

Pilar se dirigió al fondo de la biblioteca, donde tenían los libros que estaban en peores condiciones o demasiado frágiles para prestarlos.

Había intentado mantener su actividad con los libros prohibidos al margen de la biblioteca para no implicar a Ignacio, pero ahora que tenía al enemigo en casa, su piso ya no era un escondite seguro.

Sacó los libros de la bolsa que solía utilizar para hacer la compra de la semana.

Dentro llevaba una docena de títulos, trece contando Tiempo para olvidar , del que aún no podía despedirse.

El valor de aquellos libros variaba. Los había con un significado puramente sentimental y otros importantes desde un punto de vista monetario, como una edición de Don Quijote de 1605, una Biblia medieval que había pertenecido a una de las familias más influyentes de Cuba, que se remontaba a la época del dominio español, o una edición rara de un libro de Hemingway, firmado y regalado por él mismo a un amigo durante el tiempo que vivió en La Habana.

No era gran cosa teniendo en cuenta la cantidad de posesiones que había incautado el gobierno castrista, pero cuando le entraba la angustia, Pilar trataba de convencerse de que sí era algo.

Pilar sacó los libros de la bolsa con rapidez y cuidado, y los colocó en las estanterías.

Los títulos más antiguos eran también más delicados, y no le gustaba nada la forma descuidada con la que se veía obligada a transportarlos y almacenarlos.

Algunos de los libros de la propia biblioteca estaban en proceso de restauración, y tenían una cubierta provisional.

Pilar disimuló los libros secretos bajo esas cubiertas y los colocó en los estantes de forma que quedaban ocultos a plena vista.

No era una solución permanente, ni siquiera valía como solución a largo plazo, pero no le quedaba otra hasta que encontrara otro escondite.

Tras arrestar a Enrique, la policía secreta había ido a la biblioteca a buscarla.

Se la habían llevado detenida para interrogarla sobre las actividades de su marido.

Lo cierto era que, aunque hubiera estado dispuesta a delatar a Enrique —algo del todo inconcebible—, no hubiera podido decirles nada.

Enrique había sido muy cuidadoso para protegerla, de modo que, si bien sabía cosas a grandes rasgos, como que ayudaba a aquellos que estaban en el punto de mira del régimen, realmente no sabía con quién trabajaba ni dónde se encontraban los pisos francos que utilizaban ni ninguna de las otras cosas que no paraban de preguntarle una y otra vez, tratando de doblegarla.

Al final la soltaron, convencidos probablemente de que aquella bibliotecaria estudiosa que había estado muerta de miedo todo el tiempo era la última persona que se prestaría a hacer algo ilegal.

Pilar guardó la bolsa en la habitación del personal y volvió corriendo al mostrador.

Tres nuevos usuarios habían entrado en la biblioteca mientras ella estaba con los libros secretos, y pasó la siguiente hora ayudándolos a encontrar varios libros, recomendando algunos de sus favoritos a una mujer joven que buscaba una novela de aventuras.

Ignacio se le acercó.

—Ha venido una persona que quiere hablar contigo —le dijo en voz baja—. Yo me quedo aquí.

Algo en la forma de rehuirle la mirada la llenó de ansiedad.

—¿Es el mismo hombre que vino el otro día para hablar conmigo?

¿Es que también iba a detenerla?

Ignacio negó con la cabeza.

Pilar se dio la vuelta con el corazón acelerado. Le temblaban las piernas mientras atravesaba el espacio ocupado por todos aquellos libros que tanto amaba.

Cuando llegó al fondo de la sala, giró a la derecha, hacia la salita que solían utilizar para las tareas administrativas y para los descansos.

Julio, el sobrino de Enrique, esperaba apoyado en una esquina de la mesa con el sombrero en la mano. Levantó la cabeza al oír el golpeteo de los gastados tacones en el suelo.

Pilar se detuvo al verlo.

Julio se incorporó.

—Pilar.

Y lo supo. Lo supo nada más verlo, por la expresión de sus ojos, la forma de pronunciar su nombre, la voz quebrada.

«Enrique no va a volver».

Las piernas se le doblaron y un rugido furioso le inundó la cabeza.

Se agarró a una de las librerías de la sala para no venirse abajo de golpe y al hacerlo rozó suavemente el lomo de cuero de un libro.

Se dejó caer al suelo despacio, sin fijarse casi en que Julio se había agachado delante de ella imitando su postura.

—Lo siento —susurró—. Lo siento muchísimo.

Como es lógico, desde el principio había sabido que la detención de Enrique no iba a terminar bien, que cuando se lo llevaron aquel día sería muy probablemente la última vez que lo vería con vida.

La lógica se lo decía, pero así y todo se permitió albergar contra todo pronóstico la esperanza de volver a verlo, porque la alternativa era, sencillamente, insoportable.

A lo mejor se había hecho un favor albergando la esperanza, porque sin ella, jamás habría logrado sobrevivir los días siguientes a su detención.

«No va a volver».

Pilar se miró la delgada alianza de oro que llevaba en el dedo, la que le había puesto Enrique el mágico día de su boda. En aquel momento se había sentido invencible, con un futuro por delante, segura de que podrían vencer todos los obstáculos que encontraran en el camino.

No se había preparado para la revolución de Fidel Castro.

Nadie lo había hecho en realidad.

—¿Qué le pasó? —preguntó, y levantó la cabeza para mirar a Julio.

Por dura que fuera, necesitaba saber la verdad. Era el fin de su historia, una parte de su amor, como el día que se conocieron o el día que se casaron.

—Murió en prisión —respondió Julio—. O eso es lo que me ha dicho Esteban.

Pilar conocía bien a Esteban. Antes de que sus vidas se derrumbaran, antes de la Revolución, soñaba con ser cómico y artista. Era la clase de persona que iluminaba una sala con su espontaneidad y su trato fácil. Enrique y él habían crecido juntos y eran como hermanos.

—Esteban estaba en la celda con él cuando murió. Acaban de soltarlo y ha venido corriendo a decírmelo. —Vaciló un momento antes de seguir—. Me ha dicho que te pida disculpas por no venir a decírtelo en persona. No es… No es la persona que tú recuerdas.

Cuánto habría tenido que pasar. Cuánto habría tenido que pasar Enrique.

—¿Estaban juntos Enrique y Esteban?

Julio asintió con la cabeza.