7 #2
Se conocieron en la universidad. Él tenía ocho años más que ella y había aprovechado su formación en arte para su trabajo dentro de la policía, donde se había especializado en robos de obras de arte.
Su trabajo siempre había sido un tema prohibido.
Por entonces trabajaba en el Departamento de Delitos relacionados con obras de arte, casos de la Interpol, por lo general.
No le contaba nada de lo que hacía, no compartía con ella el estrés del trabajo, no hablaban del día tan horrible que había tenido mientras cenaban.
Eso no quería decir que no les afectara, claro.
Ella aprendió a leer su estado de ánimo, sabía cuándo un caso lo llevaba de cabeza.
El robo y el contrabando de arte solían estar relacionados con operaciones delictivas más amplias y, por su trabajo, Luke se encontraba con el lado malo del mundo.
Eso siempre fue un muro entre ambos en su matrimonio.
Había un lado de Luke que conocía bien: el del hombre que veía la tele por la noche en la cama con ella, el que se lo pasaba bien yendo al pub del barrio los fines de semana, el que la volvía loca cuando la besaba.
Pero detrás de todo eso había un desconocido, un hombre que vivía en un mundo de secretos y peligros que la sumían en la preocupación cuando no volvía a casa por la noche.
Hacía mucho que no se sentía a gusto con otra persona, como si hubiera encontrado su lugar.
Tras el divorcio de sus padres cuando solo tenía diez años, siempre se había sentido como si viviera en una especie de limbo.
Ella era lo que quedaba de una familia pasada que los dos —su padre y su madre— habían rechazado, un vestigio que no encajaba del todo en la vida que cada uno había decidido crearse.
Puede que fuera ese el motivo por el que se había enamorado de Luke tan rápido, agradecida por ello incluso, aunque no estuviera buscando nada en ese momento, aunque no supiera qué hacer con él y con su matrimonio.
Había decidido adoptar el mismo enfoque con el matrimonio que con su empresa: finge hasta que lo consigas.
Había subestimado lo difícil que sería el aspecto emocional.
Al año de casarse, Luke le preguntó si quería que empezaran a intentar tener un hijo y ella había respondido con una carcajada ante lo ridículo de la pregunta. No podía pensar en algo así cuando le costaba llegar a todas sus responsabilidades.
A él no le pareció tan gracioso como a ella, no entendía por qué perseguía una vida que estaba fuera de su alcance.
Sus amigos y colegas eran mayores que ella, estaban todos establecidos en el aspecto laboral y centrados en el familiar.
Ella seguía compitiendo. Y cuando le dijo que un trabajo tan peligroso e impredecible como el suyo no era lo mejor para criar a un hijo, la relación comenzó a deteriorarse hasta que las pullas se volvieron demasiado afiladas y permanentes.
Margo sacó el móvil y pinchó en la foto borrosa que le había enviado Greer. Se la enseñó.
Luke la miró un segundo sin dejar que viera su expresión y, finalmente, la miró a ella.
—¿De dónde la has sacado?
—¿Qué hacías en la librería? —repuso ella.
—Fui a recoger un libro de historia naval para mi padre —respondió él con tono lacónico.
—Buen intento.
—A mi padre le gustan los libros de historia naval.
—¿Qué hacías allí? —insistió.
—¿Quién te ha dado la foto?
Margo se cruzó de brazos y contuvo las ganas de golpear el suelo con el pie derecho como Luke le había echado en cara una vez durante una pelea. Ese era el problema entre ellos, que eran capaces de saber lo que pensaba el otro, de leer su expresión corporal con solo mirarse.
—Un cliente —respondió Margo—. A ver si lo adivino: fuiste por trabajo. Alguien te ha contratado para que le busques un libro y fuiste porque conocías a la persona capaz de rastrear cualquier libro raro.
«Y eso lo aprendiste de mí».
Tras meses de peleas por el tema de conciliar los hijos con sus respectivos trabajos y el hecho de que no tenían esa «tribu» que todo el mundo decía que necesitaban, Luke había sugerido que si el problema era su trabajo, tal vez él tendría que cambiar de trabajo.
Con su formación en arte, la red de contactos que había creado con el tiempo y su habilidad para rastrear objetos, pensó que lo más lógico era que trabajaran juntos.
De esa forma, si lo que preocupaba a Margo era conseguir levantar su empresa y formar una familia, trabajar juntos les permitiría encontrar el equilibrio.
La teoría sonaba bien. Y la realidad era que los dos querían arreglar lo que parecía irremediablemente roto entre ellos, pero trabajar juntos no era la solución que los dos habían esperado. Y hacerlo solo sirvió para acelerar el derrumbe.
Luke no disfrutaba tanto buscando antigüedades y otros objetos perdidos como ella y, aunque nunca lo dijo, aunque fingía estar contento con la decisión que había tomado, Margo sabía que lo lamentaba, que echaba de menos la emoción de su antiguo trabajo.
El resultado: Reynolds-Walsh Acquisitions estaba tan muerto como su matrimonio, el divorcio empresarial tan real como el personal.
Lo último que había sabido de él —al final los dos se dedicaban a un área de negocio relativamente pequeña— era que había abierto una agencia de investigaciones y que le iba muy bien.
Y por inteligente y trabajador que fuera, mentiría si dijera que no le había escocido un poco ver la despampanante oficina que se había montado en Westminster.
Había buscado la página web de la empresa en un momento de debilidad, y pensó que probablemente no habría tenido que sufrir los dolores de cabeza normales de cuando estabas empezando un negocio propio porque contaba con un fondo familiar, un colchón que ella nunca había tenido.
—¿Y tú qué hacías allí? —contraatacó él—. ¿Era un asunto personal o profesional?
—He aceptado un trabajo nuevo esta semana.
Trato con un intermediario y su jefe quiere que le consiga un libro.
Uno raro. —Lo miró de frente—. Creo que es el mismo libro que te han encargado a ti.
Pero te confieso que estoy un poco confusa.
Sabía que ahora te dedicas a la investigación privada, casos de fraude a las compañías de seguros, ¿no es así?
Luke abrió los ojos un poco más de lo normal, sorprendido tal vez al percatarse de que Margo había seguido su carrera.
—Nos ocupamos de distintos tipos de investigaciones.
—¿Eso incluye buscar libros raros?
Luke vaciló un momento antes de contestar.
—Por lo general, no.
—Entonces, ¿qué hacías allí hoy?
—Ayudar a un compañero.
Margo esperó unos instantes a que le diera algún tipo de explicación, pero, siguiendo su exasperante modo de proceder habitual, no lo hizo.
—El señor Thornton me dijo algo mientras agonizaba. —Margo tragó saliva—. Me dijo que tuviera cuidado. Dijo exactamente: «Quieren el libro» o eso es lo que me pareció entender. Se lo dije a la policía, pero vi claramente que pensaron que exageraba. No estaba… no estaba en mi mejor momento.
—Margo —dijo, pronunciando su nombre como si fuera un apodo cariñoso—. ¿Te han contratado para que busques Tiempo para olvidar ?
—Sí —respondió ella con el corazón acelerado.
Luke soltó una palabrota por lo bajo.
—¿Quién es tu cliente?
—No voy a decírtelo. A menos que tú me digas quién te ha contratado a ti.
—Nadie me ha contratado. Tienes razón, ya no hago ese tipo de trabajos. No era lo mío, pero sospecho que tú ya lo sabías cuando estuvimos trabajando juntos.
Sí que lo sabía.
—Uno de mis investigadores recibió el encargo.
Tenía una relación personal con el cliente, de modo que, aunque no era su especialidad, lo aceptó como un favor.
Pero han tenido que hospitalizarlo inesperadamente, algo de la vesícula, y me estoy ocupando yo.
—Vaciló un momento buscando la manera más adecuada de decirle algo—.
Me enteré de que estaba buscando un libro y, después del tiempo que trabajé contigo, pensé que yo era el más indicado para el caso.
Acababa de cerrar un caso de falsificación, así que podía ocuparme. No parecía muy complicado.
—Yo pensé lo mismo —admitió ella—. Encontrar un libro no podía ser tan difícil.
—Exacto.
Y por el momento había un muerto.
—Entonces, ¿fuiste a ver al señor Thornton? —continuó él.
—Sí, ayer. Me dijo que otra persona le había preguntado por el mismo libro. Tenía un fichero con lo que había descubierto sobre él, que no era mucho, e iba a pasármelo. Pero no se refería a ti ni a los tuyos, ¿verdad?
Luke negó con la cabeza.
—¿Y habías quedado esta tarde con él para que te contara lo que había descubierto?
—Sí.
—¿Te dijo algo sobre la persona que fue a verlo?
Margo le dio la descripción básica que le había hecho el librero.
—¿Podría ser tu cliente? —preguntó Margo.
—No nos hemos visto en persona. Toda la correspondencia es vía correo electrónico. Pero mi cliente es una mujer. —La estudió un momento—. ¿Crees que pudo ser tu cliente?
—No lo sé, pero no lo creo. Me comunico a través de un intermediario. No tiene sentido que me contrate y que luego obstaculice la investigación.
—¿Te dio la impresión de que Thornton estuviera asustado o de que lo hubieran amenazado?
—No, en absoluto. Si acaso, tenía curiosidad por saber a qué se debía el repentino interés por el libro. Estaba de muy buen humor cuando lo vi. Me regaló un libro.
—¿Tenía enemigos? —preguntó él.
—No creo. Ayer lo vi y no me dijo nada. A ver, no éramos amigos íntimos tampoco. Si tenía algún problema con alguien, no creo que me lo contara. Teníamos una relación profesional.
—Teníais mucho más. Erais amigos. Era evidente que se preocupaba por ti.
Margo tragó con dificultad el nudo que se le había formado en la garganta.
—Era un buen hombre. Yo lo respetaba mucho.
—Lo sé —respondió él, y la dulzura con que lo dijo se le hizo casi insoportable.
Se miró los pies. Le daba vergüenza mirarlo y que viera que estaba llorando. Vio que tenía una salpicadura de sangre en el lateral derecho de la bota marrón.