La historia perdida de Eva Fuentes 7
36%

7

MARGO

No debería estar allí.

Margo miró a ambos lados de la calle una, dos veces. Sentía la tensión en todo el cuerpo, las piernas inmóviles. El deseo apremiante de irse era abrumador y, a pesar de ello, echó a andar hacia delante.

Tendría que haber llamado antes. Tendría que haber concertado una reunión por teléfono o por correo electrónico. Tendría que haberlo hecho de manera oficial, puesto que ya no tenían ninguna relación personal.

Margo observó el edificio de ladrillo rojo con detalles de piedra en los bordes. Había tres plantas con grandes ventanales frente a ella.

La cuarta era una azotea con jardín, no mucho más grande que el espacio delante de la casa, pero impresionante teniendo en cuenta los precios de los inmuebles en esa parte de Londres.

Una barandilla negra de hierro forjado bordeaba toda la azotea, con unos postes que se elevaban hacia el cielo como certeras flechas.

Solía contemplar la puesta de sol sobre la ciudad desde detrás de la barandilla y preguntarse cómo había podido tener tanta suerte en la vida.

Se veía luz en la ventana de la estancia principal.

Margo se dirigió hacia la puerta. Fue a sacar la llave del bolso como había hecho tantas veces, pero se detuvo al recordar que aquella ya no era su casa, que ya no tenía llave, que ya no tenía nada allí.

Llamó al telefonillo de todos modos.

Pasaron diez segundos. Veinte. Treinta.

Margo contaba entre respiraciones, tratando de calmarse. Y cuando decidió que lo mejor era marcharse y retrocedió, la pesada puerta barnizada de negro se abrió.

Al otro lado del umbral estaba una mujer rubia y guapa con una sudadera extragrande que Margo conocía muy bien, sus piernas kilométricas cubiertas por unas mallas negras.

La mujer abrió mucho los ojos al verla, y Margo imaginó el aspecto que tendría.

Se oía música dentro y reconoció una de las canciones de inmediato, conocía la lista de reproducción, y recordó muchas veladas con una copa de vino en la mano.

Aquella mujer rubia, quienquiera que fuese, se había hecho un hueco en la vida anterior de Margo.

—Lo siento, no sé por qué he venido —soltó ella sin pensar, pero lo lamentó nada más decirlo.

Se oyeron pasos por el pasillo. La mujer se giró, lo que dejaba a Margo la excusa perfecta para desaparecer, la oportunidad de echar a correr, de alejarse de Kensington y de su pasado.

Pero no lo hizo. En su lugar se quedó paralizada en la puerta, incapaz de hacer otra cosa más que esperar…

Alguien salió de la cocina. Lo primero que vio fue su sonrisa, clavándose en ella y partiéndola en dos.

El hombre miraba a la mujer rubia, no había reparado aún en ella.

—¿Sasha? —dijo con preocupación.

Si no le doliera tanto, si no fuera tan horrible, le habría hecho gracia lo cómico de su reacción. Empezó a ponerse histérica. Deseó poder retroceder varias horas, volver al momento en el que había llegado al metro esa misma tarde, ajena por completo a lo que iba a suceder.

El hombre se tropezó y tuvo que apoyarse en la pared. Era tan impropio de él que casi consiguió sacar a Margo del terror que la atenazaba. El Luke que ella conocía nunca daba un paso en falso.

—Lo siento… Yo… —masculló Margo, sin acertar con las palabras.

¿Qué más podía decir aparte de que había metido la pata presentándose allí?

—Tengo que hablar contigo —consiguió decir finalmente.

Sintió que Luke la observaba y se dio cuenta demasiado tarde de que tendría que haberse aseado antes de ir.

Luke se le acercó rápidamente.

—¿Estás bien? Estás sangrando.

De repente estaba allí mismo, delante de ella. Le habría bastado con alargar el brazo para apoyar la palma de la mano en su pecho y agarrarlo de la ropa para acercarlo a ella como solía hacer…

—No es mía, la sangre, digo. Me habré tocado la cara sin querer después de…

Se le quebró la voz al comprender que iba manchada de sangre del señor Thornton. Le dieron ganas de vomitar.

—¿Qué pasa, Luke? —interrumpió Sasha.

—Lo siento —dijo este, apartándose de Margo—. Dame un segundo.

—¿Quién es esta mujer? —preguntó Sasha.

Luke inspiró profundamente como si estuviera cogiendo fuerzas para hacer algo que se le antojaba muy desagradable.

—Mi exmujer.

Margo observó su reflejo en el espejo del aseo.

Se había limpiado la sangre, pero la toalla de color marfil de Luke había quedado moteada de rojo.

La madre de este les había regalado la ropa de cama y baño cuando se casaron.

A Margo nunca le habían interesado mucho las tareas domésticas, y menos aún en una época en la que había destinado todas sus energías a levantar su empresa.

Seguro que la mujer solo pretendía ayudar, pero ella se lo había tomado como una crítica a sus capacidades domésticas, o la falta de ellas, mejor dicho.

Al fin y al cabo, se suponía que ella podía hacerlo todo, ¿no?

Dirigir una empresa, ir a pilates al menos tres veces por semana, administrar el dinero y las tareas del hogar, dedicar tiempo a las amistades, la familia y la pareja, por supuesto, tener tiempo libre y realizar aficiones sobre las que poder hablar con conocimiento y entusiasmo en las fiestas, encontrar la paz interior y tener la cena hecha para Luke cuando los dos volvían a casa después de un día agotador.

Seguro que era posible. O eso decían todos esos artículos de las revistas que leía poniendo los ojos en blanco y con la desagradable sensación de ser una inútil.

Por no hablar de los perfiles en redes sociales que había seguido en busca de inspiración, pero siempre terminaba apagando el móvil mientras se preguntaba cómo porras se las apañaba aquella gente para hacer tantas cosas, y al final se tumbaba delante de la tele.

Había intentado ser una buena esposa, de verdad que sí, pero no existía ninguna guía que te dijera cómo hacerlo.

Su orgullo, y su autoestima procedían de su trabajo, de haber levantado su propio negocio, de saberse independiente y capaz de cuidarse ella sola si fuera necesario.

Todo lo había hecho de forma natural. El resto no tanto.

Sus padres se divorciaron cuando era pequeña, por lo que no tenía un modelo de matrimonio sano y funcional en el que fijarse.

De hecho, su madre había vuelto a casarse con un hombre que vivía en Scottsdale cuando ella tenía veinte años, hecho que solo las había separado aún más.

Nunca habían estado muy unidas, no era una madre a quien hacer confidencias y pedir consejo.

La madre de Luke, aunque tenía buena intención, era demasiado refinada, demasiado perfecta, y las pocas veces que ella había intentado sincerarse sobre sus dificultades, el tema la horrorizaba, aunque siempre intentaba disimular con educación.

Margo echó la toalla en el cesto de la ropa sucia. Había quedado hecha una pena. Anotó mentalmente pedir a Bea que le enviara una nueva.

Abrió la puerta y salió al vestíbulo. De la cocina llegaba el olor de lo que Luke y su ¿novia? estaban cocinando. Parecía algún tipo de guiso de pollo, estilo francés, a juzgar por el olor a especias.

Se oía música tenue y el tintineo de los utensilios de cocina; Sasha estaba pagando el enfado en la cocina. ¿Le había contado Luke que había estado casado? Imaginaba lo que le habría dicho: que había sido un acto impulsivo, que lo suyo se terminó tan deprisa como empezó.

No, imposible que Luke se abriera tanto.

Margo se detuvo un momento en el umbral del estudio e inspiró profundamente para reunir el valor.

Abrió la puerta y fue como retroceder en el tiempo.

La estancia estaba tal y como la recordaba, excepto por las fotos que tenía antes en la mesa.

No estaba la del viaje a París, en el que le dolieron las mejillas de frío y de reírse.

Tampoco estaba la foto de su boda, pero no pudo evitar el alivio al ver que no la había sustituido por una con Sasha.

Aunque supuso que acabaría pasando. El día que le dijo que sería mejor divorciarse supo que en algún momento pasaría página.

Simplemente, había dado por sentado que seguiría con su vida sin que ello afectara a la suya.

Que igual lo vería por la calle o se encontraría con un conocido común que le diría por casualidad que había vuelto a casarse, y entonces ella sonreiría y diría que se alegraba por él, y sería verdad en gran parte, y solo moriría un poquito por dentro.

Más o menos como le estaba pasando en ese momento.

Luke estaba apoyado en una esquina de su mesa, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos y los brazos también cruzados.

Se golpeaba el antebrazo nervioso. Le costaba mucho quedarse sentado sin hacer nada cuando estaba inquieto o impaciente, como si necesitara estar preparado para hacer frente a la situación que fuera.

Le echó un rápido vistazo de arriba abajo para comprobar que estaba bien y que no sangraba.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Margo inspiró profundamente.

—El señor Thornton ha muerto. Lo han asesinado en la librería. Apuñalado. Yo lo encontré.

Luke separó los brazos, se apartó de la mesa y fue hasta ella. Se detuvo muy cerca. Margo notó su vacilación, y vio que el impulso de consolarla desaparecía tan deprisa como había surgido. Estaba claro que no era la única que estaba atascada entre el pasado y el presente.

—¿Cuándo?

—Hace un par de horas. Aún vivía cuando llegué —añadió esto último mientras se preguntaba si él estaría repasando la cronología y se habría dado cuenta de que no se habían cruzado entre ellos por muy poco. Y que también se había cruzado con el asesino.

—Lo siento —dijo Luke—. Sé que lo respetabas mucho. Era un buen hombre. Se notaba que le importaban mucho los libros, conseguir que sus clientes se fueran contentos. Tú también le importabas mucho. Se preocupaba por ti.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

Se produjo un silencio y, de pronto, Margo reconoció la forma en que la miró, como hacía cuando estaban juntos: calibrando las palabras, sopesando lo que iba a decir, decidiendo cuánto contarle.