6 #4
¿Cómo le explicabas a alguien que mientras la guerra arrasaba Cuba, mientras mucha gente sufría, ella había seguido dando clase a sus alumnas y ocupándose de su madre cuando cayó enferma, y lavando la ropa cuando podía, y cocinando cuando conseguía comida, y tratando —no le quedaba otra— de seguir viviendo aunque el mundo que conocía se estuviera viniendo abajo?
Pero podía haber sido peor. La penosa situación de los «reconcentrados» encerrados en campos de concentración infernales dirigidos por los españoles sin duda había puesto de relieve ese hecho.
Cuando terminó la guerra, no tenían hogares a los que regresar: los españoles habían arrasado el campo para acabar con todo el apoyo a los revolucionarios independentistas.
La Habana y las ciudades no habían sufrido el mismo grado de destrucción, aunque los efectos de la guerra siguieron notándose después de la expulsión de los españoles.
James no respondió, y Eva agradeció el silencio, puesto que parecía que respetaba el muro que había levantado en lo tocante a ese tema.
Ella no había ido hasta allí para entretener a los estadounidenses con su dolor.
Quería que se respetaran unos límites. Si tenía que tomar parte en aquella representación pública, lo haría, pero establecería condiciones para ello.
—¿Y tú a qué te dedicas? —preguntó, con cierto embarazo por haber revelado tantas cosas sobre sí misma a un hombre al que acababa de conocer.
Él miró el suelo y el pelo le cayó sobre la frente al bajar la cabeza. Se enderezó y apartó el mechón de la cara.
—Soy escritor.
—¿En serio? ¿Qué escribes?
El hombre se rio.
—Buena pregunta. Yo sigo tratando de responderla. Admito que la inspiración no me llega con la frecuencia que a mí me gustaría. Tengo algo entre manos, pero… ahora mismo me provoca más frustración que otra cosa. —Se encogió de hombros.
A Eva le parecía natural contestar que ella también escribía, hablarle del libro que estaba escribiendo, decirle que lo entendía perfectamente, pero ya había desvelado bastante de sí misma.
James tenía algo que hacía que fuera fácil hablar con él.
Tal vez lo pensara porque muchos de los jóvenes que conocía tendían a llenar los silencios en las conversaciones con opiniones y pensamientos propios.
Ese intercambio suponía un gran esfuerzo para alguien poco dado a sociabilizar, para ella era difícil, pues su personalidad le impedía inmiscuirse así entre pausas.
—¿Qué te llevó a escribir? —le preguntó.
Tenía curiosidad por saber cómo se sentía otro escritor.
No conocía a nadie que escribiera. Por mucho que le gustara la intimidad que proporcionaba la escritura, a veces desearía tener a alguien con quien compartir sus ideas.
Menos mal que sí tenía el apoyo de otros en su profesión de docente.
Pero escribir era una actividad muy solitaria.
¿Se sentiría él igual?
La guerra había pulido sus palabras, forjadas en la pérdida. ¿Qué era lo que había dado forma a las suyas?
—Supongo que pensé que tenía algo que decir —respondió él—.
Es imposible no ver la influencia que tiene la palabra escrita en la época que vivimos.
Por algo se llamó a la guerra contra España la guerra de la prensa.
Estamos ante el inicio de un mundo de transformación social en el que las circunstancias de nacimiento no son lo que nos define, un mundo en el que parece que todo es posible. Quiero formar parte de ello.
Resultaba extraño que los dos vivieran en el mismo mundo y que, sin embargo, ocuparan espacios tan diferentes.
Eva se dio cuenta de que esos sentimientos que acababa de expresar James resonaban en su interior, solo que no podía aprobarlos.
Sí, España ya no estaba, y sí, Cuba era «libre», y tenía algo así como una tímida sensación de que las cosas estaban mejorando, de que tal vez hubiera pasado ya lo peor, pero no sabía si fiarse, no sabía si creer que podía hablar con conocimiento de causa.
James escribía para hacerse oír, porque había un lugar en el mundo para él.
Eva escribía para asimilar lo que había vivido, para hablar desde allí porque era el único lugar desde el que podía hacerlo.
La página en blanco la escuchaba cuando nadie más lo hacía.
Escribía sin saber si alguien llegaría a leerlo, sin saber si sus palabras tenían alguna importancia.
Envidiaba la seguridad que tenía James de que sus palabras marcarían la diferencia.
—¿Por qué has venido a Harvard? —cambió de tema James, dirigiendo la atención de nuevo hacia ella.
—Para representar a mi país. Di clases durante la guerra, pero la lucha no me afectó en mi vida como les ocurrió a muchos otros. Era mi oportunidad de hacer algo, aunque no fuera gran cosa.
James guardó silencio un momento y la miró mientras pensaba en ello detenidamente. Eva notó que se ponía colorada y agachó la cabeza, algo incómoda bajo el escrutinio.
—Hay muchas formas de demostrar el amor hacia tu país —respondió al cabo—. No deberías pensar que lo que estás haciendo aquí no importa. Sí importa.
Era curioso cómo unas pocas palabras podían reconfortar como un abrazo.
—Gracias. —Eva volvió la cabeza hacia la entrada del salón—. Tengo que volver a la fiesta. Es cierto que solo quería tomar un poco el aire.
¿Cuánto tiempo llevaba allí fuera hablando con él? ¿Un cuarto de hora? ¿Media hora? ¿Estaría buscándola su carabina?
Una expresión que tal vez fuera pesar invadió momentáneamente los ojos de James.
—Espero que volvamos a encontrarnos.
—Me gustaría —murmuró Eva. Admitirlo y, por algún motivo inexplicable, también tener la certeza de que no tardarían en volver a verse, hicieron que se sonrojara.
Una nueva aventura.