6 #3
Había un hombre junto a la puerta por la que acababa de salir ella. Las sombras lo ocultaban casi por completo y no se apreciaban bien sus facciones. Pero entonces dio un paso y otro hasta que salió a la luz.
Vestía un traje de verano un poco grande para su cuerpo larguirucho y desgarbado.
Se diría que no era una prenda hecha a medida, como las que vestían muchos de los jóvenes adinerados que se paseaban por el campus, sino que la había conseguido por otros medios.
Tenía el pelo oscuro y un poco revuelto.
Sujetaba suavemente un cigarrillo entre los dedos.
Era guapo, pero no de una forma llamativa; no era el tipo de hombre guapo que haría que una mujer se sintiera incómoda en su presencia, sino más bien una especie de rompecabezas que hay que formar con cuidado para poder apreciar el resultado final.
Igual que antes, al ver a su amiga divertirse bailando, Eva se permitió disfrutar del momento: contempló los pómulos afilados, el verde profundo de sus ojos, la constitución delgada y las extremidades largas, catalogando sus rasgos como lo haría un artista, preguntándose qué partes de él incorporaría a su novela cuando retomara la escritura.
Su tío le había llevado una vez una edición de Cumbres borrascosas con la intención de que le sirviera de inspiración, pues sabía que quería ser escritora, y el hombre que tenía delante era justo como se había imaginado ella a Heathcliff entonces, mientras devoraba la novela.
El hombre abrió mucho los ojos durante un segundo, sorprendido quizá por su abierto escrutinio. Eva sintió como si se hubieran intercambiado los papeles temporalmente, después de todo el tiempo que habían estado mirándola a ella.
—Perdón, no lo había visto —dijo Eva—. No pretendía interrumpir.
Quería decirle algo más, aclararle que no lo miraba de esa forma por un interés amoroso, sino más bien por curiosidad profesional, pero ¿cómo explicárselo sin ofenderlo? Además, no le salían las palabras. Si hablar en inglés a solas ya la ponía nerviosa, imaginarse con un hombre al lado y…
—No se disculpe —respondió él—. He salido a descansar un poco de la fiesta. Imagino que a usted le habrá pasado lo mismo.
Eva asintió con la cabeza, consciente de cómo ella había salido buscando aire fresco.
Pillarla mirándolo sin ningún disimulo después de salir atropelladamente del salón no la hacía parecer una señorita educada precisamente.
Para nada la persona modélica, el modelo de perfección que quería mostrar a los medios que la observaban, a ella y a los demás profesores.
—Soy James. —Se llevó el cigarrillo a los labios—. James Webber.
—Eva Fuentes.
—Eva —pronunció el nombre despacio, como memorizándolo, saboreándolo, demorándose en él como había hecho ella al verlo. Curvó los labios en una amplia sonrisa y el gesto le suavizó las facciones en cierto modo—. Bienvenida a Harvard.
—Gracias —contestó ella. Vaciló un momento mientras buscaba las palabras que expresaran lo abrumada que se sentía sin ofenderlo—. Nunca me habían recibido de una manera tan calurosa.
Él se rio.
—Somos gente hospitalaria. Pero es verdad que se ha montado una buena con vuestra visita.
Admito que Cuba ha generado una gran curiosidad a juzgar por cómo habéis copado las noticias en los periódicos desde hace tiempo.
Supongo que todos nos sentimos involucrados en vuestro futuro.
Es como cuando por fin conoces a alguien de quien llevas años oyendo hablar.
Durante la guerra de Independencia, algunos compatriotas habían creído que Estados Unidos era la respuesta a sus intentos de librarse del yugo español, que con la ayuda de tan poderoso vecino podrían librarse por fin de los españoles.
Muchos cubanos habían adoptado esa postura en ciudades estadounidenses, estableciendo poderosas relaciones con la prensa y tratando de conseguir el apoyo de distintos grupos de presión.
Todos los que se habían visto empujados al exilio en la época, como su tío, aprovecharon el tiempo que vivieron en Estados Unidos para defender la independencia cubana.
No cabía duda de que habían conseguido su objetivo de llamar la atención de Estados Unidos.
Ahora estaba por ver si dicha influencia resultaría beneficiosa para Cuba.
A muchos les preocupaba que tras la expulsión de España, Estados Unidos destinara sus recursos a instaurar su propio dominio sobre la isla.
—¿Qué te parece nuestra ciudad de momento? —preguntó James.
—Es muy bonita.
Dentro del poco tiempo libre que tenían, a Eva le gustaba explorar el campus con Dolores, pasear por las bonitas calles.
Era una ciudad muy distinta de La Habana, pero encantadora igualmente.
Se preguntaba cómo sería poder viajar y conocer otros lugares, cómo sería el mundo y si los libros que leía eran la única forma que tendría de vivirlo.
—¿Echas de menos Cuba? ¿De dónde eres? ¿De la ciudad o del campo?
—De La Habana. Pensé que la echaría de menos, puesto que es la primera vez que viajo al extranjero, pero lo cierto es que están pasando muchas cosas y no me da tiempo a extrañarla. Cada día tenemos actividades, conocemos gente nueva, aprendemos cosas.
Hablaba más despacio en inglés que en español; le resultaba un poco frustrante tener que pensar tanto las palabras, sobre todo para alguien cuya vida estaba definida por ellas, alguien que había dado por sentado que nunca le fallarían cuando tuviera que echar mano de ellas.
Había una especie de intrepidez, de valentía, en el hecho de expresarse sin saber si se estaba cometiendo algún error o cómo se tomaban los demás el esfuerzo que suponía.
—Cuando me ofrecieron la posibilidad de venir, no era consciente de la gran oportunidad que sería. Harvard ha tirado la casa por la ventana para traernos. Por no hablar de la gente de Boston. Nunca pensé que nos recibirían como lo han hecho.
—Tiene que ser abrumador a veces. Me refiero a la sensación de estar bajo el microscopio, con la prensa siempre encima de vosotros.
Eva se quedó sorprendida. ¿Tan evidente era? ¿Acaso llevaba escrito en la cara que era así como se sentía?
—Lo es —admitió—. No dejo de repetirme que tengo que hacer como si los periodistas no estuvieran, disfrutar de la experiencia y sacar el máximo provecho sin preocuparme por lo que pensarán los demás. Pero no me sale.
Algunos de sus compañeros gestionaban el constante interés con la soltura de políticos curtidos.
—¿Dónde das clase en Cuba? —preguntó James, que se apoyó en el muro de ladrillo que tenía detrás, como poniéndose cómodo para charlar largo y tendido.
El movimiento los dejó más cerca de mirarse a los ojos, pero pese a estar medio tirado sobre la pared, seguía resaltando su esbelta constitución. Debía de medir algo más de un metro ochenta y, de repente, Eva se sintió pequeña ante su presencia.
Había algo íntimo también en su postura, una relajación que daba la impresión de que fueran amigos de toda la vida en vez de dos personas que acababan de conocerse.
A Eva le gustaba la comodidad, la sensación de prescindir de formalidades. Casi todo su tiempo se regía por la responsabilidad de representar a su profesión, a su país y a sí misma; era agradable ser Eva a secas por una vez.
—Doy clase en una pequeña escuela de señoritas en La Habana —respondió en español automáticamente antes de cambiar al inglés.
En Boston soñaba en los dos idiomas. El séptimo día en la ciudad se despertó sorprendida al darse cuenta por primera vez en su vida de que había soñado en inglés y no en español. Sin duda era el resultado de vivir gran parte del día en un ambiente donde se hablaba ese idioma.
James sonrió.
—Tus alumnas deben de disfrutar mucho en tus clases. Se te ha iluminado la cara al responder.
Eva se sonrojó.
—Soy afortunada porque me gusta mi trabajo.
—¿Y bailar? ¿Te gusta? —preguntó con un gesto hacia el salón.
—No especialmente —admitió—. No he tenido mucho tiempo para bailar. O para practicar. La guerra no fue una época fácil.
—¿Cómo era? —preguntó, poniéndose serio, como si percibiera sus sentimientos ocultos.
—¿Tú no has combatido?
Eva sabía que muchos se habían alistado voluntariamente tras la explosión del USS Maine.
—No, pero seguí la guerra de cerca. Se convirtió en una obsesión para todos.
Eva cerró los ojos un momento. En su mente ya no estaba en Massachusetts, sino en casa, y lo sintió de lleno, la aguda punzada de dolor.
—Yo no lo pasé tan mal como otros —siguió ella cuando abrió los ojos de nuevo—. Fue horrible.