6 #2
Era realmente impresionante el cuidado que habían puesto en la organización del programa. ¿Sería el primero de muchos otros intercambios culturales entre ambos países? Era la primera vez que se hacía algo de ese estilo y dejaba el listón muy alto para futuras actividades, eso seguro.
El tiempo que había previsto dedicar a su libro estaba repleto de almuerzos y cenas, y por la noche, cuando pensaba que estaría ansiosa por sentarse en el pequeño escritorio de la habitación para continuar con la historia que tenía empezada, se tumbaba en la cama y miraba al techo mientras charlaba con Dolores hasta que una de las dos se quedaba dormida.
Se sentía culpable por no echar más de menos a sus personajes, por ser capaz de tomarse un respiro de ellos cuando le habían hecho compañía durante tantos años.
Sabía que era una bobada; no eran reales, aunque en cierto modo para ella sí lo habían sido.
En cierto modo los había abandonado: cuando ella había necesitado aquellas voces y esas historias en su cabeza para seguir adelante, los había convertido en parte de su vida diaria, y ahora que tenía una vida muy activa en Harvard, no le había supuesto ningún problema olvidarse de ellos.
Y es que había muchas cosas interesantes que hacer en Boston.
Dos veces a la semana organizaban bailes en el salón multiusos Hemenway del campus. Tenía solo un vestido adecuado para la ocasión, uno de color melocotón que le había regalado la madre de una alumna en agradecimiento por dar clases a su hija.
—Pienso bailar toda la noche —dijo Dolores según entraban en el salón.
Eva echó un vistazo a los asistentes y le sorprendió ver a tanta gente allí de pie mirándolas, cuaderno en mano.
Debería haber supuesto que iría la prensa, dado que había cubierto todas las actividades de la delegación desde su llegada a Boston nueve días atrás, pero aquello era un cambio tan radical con respecto a su vida en Cuba que aún no se había habituado.
Apartó la vista de los periodistas y miró a su compañera, que parecía ajena y totalmente despreocupada por la atención que despertaban.
—¿Toda la noche? ¿No vas a descansar? —preguntó con una sonrisa.
—Nada. Quiero que me duelan los pies a medianoche —contestó Dolores.
Su compañera sentía verdadera pasión por la música, algo que Eva había descubierto casi de inmediato.
Su anfitriona tenía un piano en el salón de la casa y había invitado a Dolores a tocar cuando quisiera.
Eva no había pensado nunca en las otras formas que había de contar una historia, pero no tardó en comprender que Dolores se expresaba a través de la música igual que ella lo hacía con la escritura.
—Pues me parece que no te va a costar nada —comentó Eva, señalando a continuación a los caballeros que las observaban. Entre los jóvenes que estudiaban en Harvard y los profesores cubanos, no había escasez de parejas de baile precisamente.
—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó Dolores—. ¿Vas a bailar? —Dirigió a los asistentes una sonrisa tan arrebatadora que hizo tambalear a algunos hombres.
Eva se rio mientras entrelazaba el brazo con el de su compañera.
—Ja, dices eso porque no me has visto bailar. Puede que baste una sonrisa para conseguir pareja de baile, pero te aseguro que no me durará. Bailo fatal.
Dolores sonrió.
—No me sorprende en absoluto. Supongo que le das demasiadas vueltas.
—¿Que le doy demasiadas vueltas?
—Sí. Te imagino preocupada todo el tiempo por si te equivocas o pisas al pobre hombre.
—Dudo mucho que lesionar a los nobles estudiantes de Harvard a base de pisotones sea bueno desde el punto de vista diplomático.
Dolores le tiró del brazo y la empujó hacia la pista de baile.
—¿Tenemos que ser diplomáticas todo el tiempo que vayamos a estar aquí? Yo no he hecho el viaje desde La Habana para pasarme el día en el aula. Quiero bailar. Quiero divertirme esta noche. Enseñar a alguno de estos a bailar el danzón cubano.
—Deberías —respondió Eva, señalando a uno de los profesores de la delegación cubana que estaba de pie junto a la mesa de los refrescos—. A juzgar por cómo te miran, creo que no vas a tener que esperar mucho para encontrar pareja.
Y se soltó delicadamente de ella.
Dolores suspiró.
—No vas a bailar, ¿verdad?
—Me temo que no. Pero pienso ir a por uno de esos pastelitos de allí.
Por lo que a ella se refería, un pastel era infinitamente mejor que cualquier baile.
Eva se abrió paso entre la gente que abarrotaba el salón en dirección hacia la mesa de los postres. La noche estaba muy animada y, aunque no le apeteciera especialmente ir al baile, estaba claro que todos lo estaban pasando muy bien.
Desde el principio del viaje, sus colegas habían expresado muchos de los temores que ella misma sentía —como que el programa de intercambio fuera un intento de Estados Unidos de imponer sus ideas en las escuelas cubanas—, pero cuanto más tiempo pasaba en Harvard, más obvio le parecía que lo que se estaba fraguando entre los educadores estadounidenses y los cubanos era verdadera camaradería.
A juzgar por el ambiente que había en el baile —y viendo que algunos no dejaban de echarse miraditas— más de un romance estaba floreciendo en el grupo.
Sintió ganas de escribir algo sobre la escena que se estaba desarrollando frente a ella, anotar sus observaciones. Había romance en su libro, dos personajes se enamoraban, pero le estaba costando mucho escribir esa parte.
Había leído historias de amor. Novelas románticas en las que el chico conquistaba a la chica.
Había creído que podría describir ese tipo de emociones en sus personajes, que podría meterse en su piel y hacer que los sentimientos cobraran vida, pero cada vez que se sentaba con intención de escribir la escena, no sabía por dónde empezar.
Era como si a su héroe… le faltara algo.
Algo que no conseguía identificar, pero era una cualidad esencial que sabía que necesitaba para que tanto ella como el lector se enamorasen de él.
En su caso, no solo no se sentía capaz de enamorarse de él, sino peor aún, ni siquiera le caía bien.
Y si ella no disfrutaba de su compañía, ¿cómo demonios iba a conseguir que los lectores quisieran pasar horas con él?
El problema era que su experiencia con los hombres era limitada, una forma muy optimista de decirlo.
Los años en los que debería haberse dedicado a conocer pretendientes y enamorarse los había vivido en guerra, la lucha de Cuba por la independencia de España primero, y luego, tras la explosión del USS Maine en el puerto de La Habana, la breve guerra entre Estados Unidos y España dentro de Cuba.
Muchos de los hombres que podría haber conocido y de los que podría haberse enamorado estaban luchando por su país, y aunque no hubiera sido así, su vida giraba en torno a la supervivencia.
Cuando se acostaba al final de cada día no había tiempo para soñar despierta con una historia de amor, tan solo una inmensa sensación de alivio por seguir viva cuando muchos otros no lo estaban.
Y luego, tras la guerra que se saldó con la derrota de España por parte de Estados Unidos y que dejó la isla en esa especie de estancamiento, fue como si se le hubieran quitado todas las ganas de tener un romance.
Ya no era la misma persona de antes, pero tampoco sabía en quién se había convertido.
Todo se le antojaba irreconocible, no solo su país, sino ella misma.
Eva había comenzado a escribir durante la guerra y había descubierto que una vez que empezaba, no podía parar.
Puede que Dolores tuviera razón. A lo mejor debería haber bailado, haber estado dispuesta a sacrificar algunos pies estadounidenses en nombre de la noble causa de documentarse para su libro.
Cogió un delicado pastelillo de azúcar de aspecto delicioso. Sin embargo, y pese a lo mucho que le apetecía comérselo, le resultó demasiado dulce. La guerra le había cambiado sus gustos también.
¿Cómo narraría la escena si ella fuera un personaje de la novela? Podría poner que un hombre apuesto se acercaba a ella, confinada al rincón de las tímidas, y la sacaba a bailar. Ella mostraría reticencia, por supuesto, pero al final aceptaría y se pasarían la noche entera bailando.
Dolores pasó girando entre los brazos de uno de los profesores cubanos.
Eva lo reconoció del viaje en el barco. Tenía una risa atronadora y la capacidad de atraer a las multitudes cuando contaba alguna historia.
Se cruzó con la mirada de Dolores, que le sonrió de oreja a oreja un segundo antes de alejarse girando entre el revuelo de la falda.
Eva cerró los ojos un momento y se dejó envolver por la maravillosa sensación de ver la felicidad en la cara de su amiga, de sentir que a lo mejor habían salido por fin del túnel de la guerra, pues algo como ese baile en la Universidad de Harvard, nada menos, habría sido inconcebible tan solo dos años antes.
Después de todo lo que habían vivido, las humillaciones y los horrores sufridos a manos de los españoles, tal vez fuera ese el futuro con el que todos habían soñado en Cuba, que se les presentaba por fases en vez de todo de una vez.
A lo mejor era una oportunidad de vivir una vida llena de placeres sencillos, preocupaciones insignificantes en vez de la opresiva sensación de derrota que solían tener.
De repente, se sintió abrumada por la emoción. Se dirigió hacia la puerta del salón con intención de salir a tomar el aire y alejarse un momento de la mirada inquisitiva de los periodistas, que aguardaban de pie en los márgenes del salón con el cuaderno y el bolígrafo preparados.
¿Qué escribirían sobre ella?
Notó el peso de las miradas curiosas, pero agachó la cabeza hasta que salió. Inspiró hondo una, dos veces.
Se apoyó en el edificio y miró el cielo oscuro notando que recuperaba la serenidad. A veces resultaba igual de difícil asimilar lo bueno y lo malo. Las cosas formaban un todo, se entrelazaban en un tapiz de recuerdos y emociones que aún le costaba desentrañar.
—Hola.
Eva se enderezó.