La historia perdida de Eva Fuentes 6
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EVA

A finales de junio, cinco barcos militares estadounidenses trasladaron a Eva y los demás docentes, unos mil trescientos en total, desde Cuba hasta Boston.

Puede que decidieran utilizar barcos de guerra por cuestiones de logística.

Al fin y al cabo, era una cantidad enorme de profesores, la mitad de todos los educadores que había en Cuba.

Pero también cabía la posibilidad de que hubiera sido una decisión diplomática con la intención de mandar un mensaje inequívoco del poderío y la fuerza de los Estados Unidos.

Fuera lo que fuera, ver aquellos barcos le hizo revivir recuerdos desagradables de un tiempo en que la presencia militar había sido una constante en su vida, con la armada española decidida a subyugar a Cuba y los estadounidenses librando su propia guerra contra España en terreno cubano.

Desde el principio, los barcos marcaron la pauta del viaje para que Eva no lo olvidara.

Iba a Harvard a representar a su país, a su gente. Todo lo demás era secundario.

El viaje a bordo del Sedgwick fue bastante tranquilo; el miedo a marearse se le olvidó rápidamente.

Cuando era pequeña, su madre le contaba historias de un abuelo pirata que llegó a Cuba desde alta mar.

Puede que algo de él corriera por sus venas, que le hubiera trasladado esa inesperada predisposición a la aventura.

Estaba decidida a dejar constancia de todo lo que viviera en el viaje, anotar hasta el más mínimo detalle.

Todas y cada una de las sensaciones, desde el balanceo del barco hasta la vista del horizonte lejano, quedaron catalogadas y recordadas como inspiración para un futuro libro, o puede que ese mismo.

A lo mejor podía hacer que sus personajes vivieran una gran aventura como la que acababa de emprender ella.

Llevaba un cuaderno en el que iba anotando sus observaciones, como la forma en que el viento le agitaba el pelo en la cubierta o el color que tenía el agua en alta mar, cuando no se veía tierra por ninguna parte.

Y, de repente, en algún punto entre La Habana y Cambridge, ocurrió algo de lo más extraño.

Se fijó en que cada vez usaba menos el cuaderno y se dedicaba más a sentir el sol en la cara cuando estaba en la cubierta y a oír el estruendo de las olas.

Estaba convirtiéndose en otra persona, mudando la piel de la mujer que era en La Habana —profesora, huérfana, trabajadora incansable para hacerse un hueco en un mundo, con frecuencia, hostil— y se deleitaba con cosas que no había experimentado nunca, disfrutaba de momentos que antes había pasado por alto.

Llevaban dos días en Boston. En Harvard recibieron una acogida tan calurosa que Eva no podía hacer otra cosa que sonreír y asentir ante las demostraciones de cariño.

—¿Nerviosa? —le susurró al oído su compañera de habitación, Dolores.

Las dos estaban de pie, vestidas con sus mejores ropas, a punto de salir.

Eva había escogido una blusa blanca y una falda azul marino para la ocasión, a juego con un sombrero, también azul, sobre el recogido.

Se había comprado el conjunto un mes antes, justo después de la reunión con el director en la que había aceptado formar parte del programa de verano en Estados Unidos.

Dolores le había caído bien casi desde el principio.

Daba clases en un barrio residencial de La Habana y era tan extrovertida como Eva callada, lo que facilitaba mucho el asunto.

A Eva le costaba aprenderse el nombre de todas las personas nuevas que estaban conociendo, pero le seguía la corriente a su compañera.

—Siento que todos nos miran —susurró Eva sin dejar de sonreír.

A un lado estaba su carabina, cuya presencia se requería para defender la «virtud» de las mujeres.

Que los hombres no requiriesen acompañante era bastante insultante, aunque para nada sorprendente, teniendo en cuenta la preocupación que había expresado mucha gente en Cuba porque las mujeres participaran en un programa que iba a alejarlas tanto de casa.

Eva no tenía a nadie que pusiera objeciones a su marcha, y llevaba tanto tiempo viviendo sola que esas conversaciones no tenían lugar en su realidad.

Los hombres se alojarían en las residencias para estudiantes de la universidad, mientras que las mujeres se instalarían en casas privadas en los alrededores de las facultades.

En el caso de los hombres se daba la circunstancia excepcional de que iban a Estados Unidos a estudiar en una universidad con una reputación distinguida como Harvard.

Sobre las mujeres pesaba la misma responsabilidad —representar a su país—, con la novedad y el desafío añadidos de que iban a entrar en el corazón de una comunidad académica dominada por los hombres.

Seguro que los docentes del programa que tenían la piel más oscura que Eva iban a notar aún más la atención y las miradas de la gente.

El estudiante habitual en Harvard era blanco y hombre, pero eso iba a cambiar, aunque solo fuera durante el verano, gracias a ella y a los demás profesores cubanos.

Estaba por ver la aceptación que iban a recibir.

Algunos de esos hombres blancos de Harvard miraban a las mujeres como si fueran bichos raros. Se daban codazos, y Eva los oía reírse por lo bajo y gastar bromas en tono amistoso. No todos los hombres en Harvard, aunque sí bastantes, pensaban en algo más que en la historia de Estados Unidos.

Algunos de los docentes se habían quejado de sus alojamientos, pero la habitación que compartía con Dolores era de lo más cómoda, y mucho más agradable que su austero piso de La Habana.

Como estaba cerca del campus, era agradable ir caminando, pese a lo mucho que la había sorprendido el calor y la humedad que hacía en Boston en verano; ella había creído que en el norte tendrían un clima más frío.

Echaba de menos la brisa del mar de la isla, y aun así, todo era tan novedoso que no podía por menos de preguntarse por el aspecto que tendrían los árboles cuando cambiaran de color en otoño, o la transformación de las calles bajo el manto blanco de la nieve.

Delante de un precioso árbol, un militar daba un discurso ante un grupo de personas.

Ver aquel uniforme le produjo toda clase de emociones.

Eva había vivido en La Habana durante la guerra y, aunque ella se había librado de algunos de los horrores a los que había tenido que enfrentarse la gente que vivía en las zonas rurales, no quería volver a ver un uniforme militar en la vida.

Eva miró a sus colegas y se preguntó qué pensarían del discurso de aquel hombre.

La mayoría no hablaban inglés y muchos solo entendían unas pocas palabras.

Una de las oportunidades que suponía aquel curso de verano era precisamente la posibilidad de recibir clases de inglés.

Iban a dividir a los participantes por niveles.

Aprender un idioma tan enrevesado como ese en solo seis semanas intimidaba, aunque suponía que la inmersión lingüística la ayudaría, y le estaba muy agradecida a su tío por haberle enseñado ya algo.

Tenía la sensación de que le había resultado más fácil aprender de pequeña, y había progresado mucho más cuando todo era más nuevo que ahora.

La actividad prevista para ese día podía decirse que era una mezcla de bienvenida y celebración, pues era 4 de julio, el Día de la Independencia de Estados Unidos.

Todos hacían gala de su orgullo y su patriotismo haciendo ondear banderas del país, que habían tenido la cortesía de intercalar con la bandera de Cuba para dar la bienvenida a sus invitados.

Eva no sabía muy bien con qué se iban a encontrar a su llegada a Cambridge, pero jamás habría imaginado que vería la nueva bandera cubana ondear por todas partes. La bandera por la que muchos habían muerto tenía un gran significado. Era su esperanza de futuro, de una Cuba libre e independiente.

La fiesta de bienvenida era la primera oportunidad de causar buena impresión y estaba decidida a representar a su país como era debido.

La bandera cubana la llenó de un rebosante orgullo nacional.

Al día siguiente, el presidente de la universidad, Charles Eliot, sería el encargado del discurso de bienvenida en el teatro Sanders.

El calendario previsto para el curso de verano estaba lleno de actividades, y Eva había hablado más en los últimos dos días que en toda la semana previa.

Estaba tan acostumbrada a estar sola cuando terminaban las clases que aún no se había adaptado del todo al cambio y a su estatus de «celebridad».

Tras la solemnidad del discurso, los profesores atravesaron Harvard Yard, la zona ajardinada en el centro del campus, en dirección al parque de Cambridge Common, a modo de exhibición de la representación cubana.

Eva agachaba la cabeza, demasiado abrumada por la atención.

No era de extrañar, puesto que el programa lo habían promovido en las altas esferas diplomáticas cubano-estadounidenses, y se imaginaba que la buena gente de Boston merecía sacar partido de su dinero, ya que el programa cultural se había financiado con los setenta mil dólares conseguidos a través de donaciones personales.

Era tanto dinero que Eva se mareaba solo de pensarlo.

¿Qué pensarían los ciudadanos bostonianos de los docentes cubanos que habían desembarcado en su ciudad? ¿Esa buena voluntad suya ayudaría a Cuba a luchar por su independencia?

La primera semana se pasó a toda velocidad entre clases, excursiones y eventos sociales tras los que caía en la cama exhausta.

El calendario de actividades había sido organizado con precisión militar.

Era obvio que pretendían que aprovecharan el intercambio cultural al máximo.

Dedicaban la mañana a ir a clase y por las tardes hacían visitas guiadas a diversos lugares cercanos a Boston y Cambridge.