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Pilar intentó leer algo en su tono de voz o en la expresión de su rostro que le permitiera determinar qué era lo que no le estaba diciendo.
No hablaban sobre la Revolución en el trabajo.
Ignacio era un buen jefe, era justo, pero nunca habían tenido una relación muy personal.
Él era un hombre formal y dado que ella era una persona de naturaleza discreta, nunca le había importado que su relación no fuera nunca más allá de lo estrictamente profesional.
Además, en los tiempos que vivían, era mejor guardarse las ideas para sí, teniendo en cuenta la determinación acérrima del régimen a eliminar a los disidentes.
Si Ignacio supiera que ella no era leal a la Revolución, si supiera que ocultaba libros que hablaban sobre el exilio para evitar que el Estado los confiscase e inventariase, ¿la entregaría a las autoridades?
No lo sabía.
Pilar subió las escaleras de su casa con un montón de libros en los brazos.
No había logrado concentrarse después de la conversación con Ignacio; llevaba todo el día aterrada.
En los momentos tranquilos de su jornada, sin apenas movimiento de clientes por la lluvia, se había distraído repasando las estanterías en busca de libros sobre la historia del país a principios del siglo xx y cualquier mención sobre el programa de docentes que había ido a Harvard.
Había buscado información sobre Eva Fuentes también, pero, hasta donde había logrado saber, Tiempo para olvidar era lo único que había publicado, y no había sido capaz de encontrar ningún otro ejemplar.
Tampoco podía decirse que hubiera mucha información, pues la biblioteca tenía más obras de ficción que de material de referencia, que era lo que ella necesitaba. Iría a la Biblioteca Nacional en su día libre.
Pilar aceleró y subió con paso decidido a la siguiente planta, ansiosa por regresar a la comodidad silenciosa de su piso, deseando retomar la lectura.
Trabajar en la biblioteca era estimulante y agotador al mismo tiempo.
Nada le gustaba más que hablar de libros con los lectores, recomendarles títulos que creía que les gustarían, relacionar la personalidad y las necesidades de cada uno con la lectura perfecta, aunque tanto ajetreo le resultaba agotador, pues no estaba hecha para pasarse el día charlando y socializando con los usuarios.
Podía decirse que era un trabajo vocacional y, en ocasiones, cuando se sentía como un grano de arena en el vasto desierto de la vida, en un mundo donde los desafíos siempre cambiantes eran cada vez mayores, la sonrisa de un lector o el gesto de alivio de otro le recordaban que su trabajo era importante.
Dos vecinas —una de ellas la señora Padilla— cotilleaban muy juntas en el descansillo.
Callaron al verla aparecer.
Pilar no conocía bien a la otra mujer, la señora Sandoval, pero la veía tender la ropa y se sonreían cuando se cruzaban.
Tuvo un mal presentimiento al ver cómo la miraban.
Siempre había tenido una imaginación prolífica. De niña la mantenía ocupada. Puede que la vieran sentada tan tranquila, pero en su mente estaba muy lejos de allí corriendo aventuras. Leer no había hecho sino ampliar los horizontes de esa imaginación. Pero ahora…
—Buenas tardes.
Pilar se obligó a sonreír, intentando contener el temblor de la voz mientras desfilaban por su mente todas las cosas que podían haber sucedido desde que salió de casa por la mañana.
Las mujeres la miraron con idéntica expresión: una mezcla de lástima y miedo.
Lo primero que pensó Pilar fue en Enrique. Ella sabría si su marido había muerto, ¿no? Lo notaría en el pecho, cerca del corazón, sentiría que el hilo que los unía desde el momento en que se conocieron se había cortado irremediablemente.
—¿Ocurre algo?
Cerró los ojos y se preparó para lo peor.
—Zenaida nos ha dejado —respondió la señora Padilla en voz baja.
Pilar abrió los ojos.
—¿Cómo que nos ha dejado?
¿Quería decir que había dejado Cuba o que había muerto?
Zenaida no.
La mujer negó con la cabeza y le puso la mano en el brazo como si se hubiera dado cuenta de que estaba a punto de perder los nervios y quisiera tranquilizarla.
En todo el tiempo que llevaban viviendo allí, apenas habían cruzado los cumplidos de rigor, pero en ese momento, con el mundo desmoronándose a su alrededor, notar la mano de la mujer en el brazo era lo único que la mantenía en pie.
—Perdone, no era mi intención asustarla. Me refiero a que se ha ido del edificio. De La Habana. De Cuba.
Sintió un profundo alivio. Zenaida lo había logrado. Se alegró por ella. También agradeció que no le hubiera contado a la vecina que había ido a verla la víspera y que le había llevado un libro.
—Ya han venido a registrar el piso —añadió la señora Padilla.
Pues sí que se habían dado prisa. ¿Habrían encontrado algo incriminatorio y por eso tenían esa cara de preocupación?
—Tenemos un vecino nuevo —continuó la mujer.
Aquello la sorprendió, aunque lo cierto era que iba varios pasos por detrás en aquella conversación desde el primer momento. Después de lo que le había dicho Ignacio de que un hombre había preguntado por ella en la biblioteca, le inquietaba que se le ocurriera volver a buscarla.
—¿Ya hay alguien viviendo en el piso de Zenaida? —preguntó—. ¿Tan pronto?
Sinceramente, con todo lo que había ocurrido, no se le había pasado por la cabeza que fuera a llegar otra persona. Ya no era el piso de Zenaida, obviamente, el Estado se lo quedaba todo, pero la rapidez con que habían dado el piso a otro era bastante inquietante.
Las vecinas miraron hacia las escaleras, como esperando ver al nuevo residente.
No sabía quién sería, pero Pilar tuvo la sensación de que no iba a ser bueno.
Aquellas mujeres eran quienes dirigían el edificio.
En silencio, pero todos sabían que eran las que más tiempo llevaban allí, las que más cosas habían visto, y los demás les mostraban respeto.
Zenaida era la tercera pata del trío, pero ahora que no estaba, podía decirse que había quedado un vacío.
Era un buen edificio, bien situado. Que el nuevo hubiera conseguido el piso tan deprisa significaba que se trataba de alguien con contactos, alguien importante dentro del régimen castrista. La gente normal y corriente no conseguía un piso bueno en La Habana así como así.
—¿Y el nuevo residente? —preguntó Pilar.
—Es un hombre. Soltero —contestó la señora Padilla en apenas un susurro. Miró escaleras arriba y de nuevo a Pilar. Vaciló un instante en medio de un silencio estruendoso.
¿Qué era lo que no le estaba diciendo?
—Es militar. Un comandante del ejército, creo.
Pilar sintió ganas de vomitar.
¿Sería una coincidencia? Ya era mala suerte que uno de los comandantes de Fidel Castro necesitara un lugar donde vivir justo cuando el piso de Zenaida se quedaba libre. Puede ser. La vida tenía una extraña y horrible forma de retorcerse de manera sorprendente.
Si Pilar fuera una persona con una, digamos, fértil imaginación, podría pensar que no era una coincidencia.
Que, probablemente, el edificio estaría en una lista en alguna parte, que ella estaría también en una lista por ser la mujer de Enrique y que, al presentarse la oportunidad, las víboras habían atacado.
Si fuera una persona con una imaginación que tendía a desbordarse, podría aterrarle que hubieran puesto allí a ese comandante para espiarla, para controlar sus movimientos.
¿Sería el mismo hombre que había preguntado por ella en la biblioteca?
¿Su presencia allí tendría algo que ver con los actos de Enrique o se trataba de otra cosa?
Ojalá lo supiera.
Se despidió de las mujeres y se obligó a subir los escalones de uno en uno, poniendo un pie pesado como el acero delante del otro, y juraría que oyó un murmullo, aunque no sabría decir si procedente de las mujeres o de su propia imaginación.
«Ten cuidado».