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Ignacio Arenas, el encargado en todo el tiempo que llevaba trabajando allí, estaba recorriendo los pasillos, como todos los días, comprobando que nadie hubiera dejado libros mal colocados o que se hubieran olvidado artículos personales entre las estanterías la tarde anterior al cerrar.
Al principio, cuando empezó a trabajar en la biblioteca, intentaba llegar temprano y quedarse hasta tarde como él, deseosa de dar buena impresión.
Pero aunque él nunca le decía directamente que prefería estar solo a la hora de abrir y cerrar, no tardó en darse cuenta de que esos momentos del día eran sagrados para él, una rutina que quería conservar todo el tiempo que le fuera posible, de modo que dejó que siguiera haciéndolo hasta que llegara el momento de tomarle el relevo.
Miró la hora. Faltaban diez minutos para abrir.
—Buenos días —saludó ella para hacerle saber que estaba allí, aunque sabía que Ignacio no respondería ni se acercaría hasta que terminara su tarea de revisión.
La mayoría de los usuarios le tenían un poco de miedo. Su propensión a mandar callar a los que hacían demasiado ruido o a reñir a alguien que hubiera estropeado, o peor aún, perdido un libro, intimidaba a cualquiera.
Su pasión era una de las cosas que más admiraba ella de él.
Se ocupó de encender las luces antes de dirigirse al mostrador de préstamos. En él la esperaba abierto ya el cuaderno en el que llevaban el registro de los libros que sacaban los lectores.
La Revolución había afectado a la biblioteca como había ocurrido con todos los demás aspectos de la vida de los cubanos.
Era una biblioteca pública y, por lo tanto, y como sucedía con todo lo demás, estaba controlada por el Estado.
La campaña de alfabetización que había impulsado Fidel Castro cinco años atrás con férrea determinación había cosechado elogios a nivel internacional.
Sobre el papel, el objetivo consistía en aumentar el número de ciudadanos letrados a través de voluntarios que les enseñaran a leer y escribir.
Pero las lecciones las dictaban los panfletos propagandísticos y los libros que el gobierno había publicado con el fin de «instruir» sobre la gloriosa Revolución, tanto si la letra impresa se correspondía con la realidad que vivían las personas como si no.
Para que el Estado los considerase personas «letradas», debían escribir una carta al propio Fidel Castro.
A Pilar ese fervor político presente en todo el asunto le causaba un malestar creciente.
Durante la mayor parte de su vida, los libros habían significado para ella libertad.
Ahora ya no estaba tan segura, teniendo en cuenta la cantidad de libros que habían sufrido la censura o que se habían prohibido, la libertad de prensa que habían eliminado y los artistas y autores a los que habían expulsado de su tierra.
Se suponía que todo el mundo debía aceptar que la narrativa que publicaba y distribuía el Estado era incuestionable.
La primera vez que abrió una caja que les habían enviado y vio el material infantil que se había impreso para su distribución en las aulas de todo el país, se quedó aterrada.
Aquel día llegó a casa con el estómago revuelto. Era la primera vez que se le había pasado por la cabeza dejar de ser bibliotecaria.
Fue Enrique quien la convenció de que no lo hiciera, quien le dijo que todavía podía hacer mucho bien, que su trabajo era importante.
—Buenos días —respondió Ignacio, que apareció entre las últimas estanterías, las de los libros infantiles.
Iba vestido de forma impecable, como siempre.
Pese a los difíciles tiempos que estaban viviendo, ella nunca le había visto un botón fuera de su sitio, un descosido o una mancha.
Su mujer, Migdalia, había trabajado como costurera con un famoso diseñador cubano que había huido de la isla tras la Revolución, de modo que ahora se ganaba la vida cosiendo en casa, y la gente le pagaba con comida y otras provisiones.
Pilar imaginaba que cuando terminaba con los encargos, repasaba la ropa de su marido.
Por su parte, Pilar se aseguraba de ponerse sus mejores prendas para ir a trabajar.
No tenía ninguna habilidad con la aguja, pero se esforzaba en seguir el ejemplo de Ignacio.
Lo primero que le había dicho era que la suya era una vocación noble, que eran los custodios de una historia literaria, de una tradición cultural que debían proteger a toda costa.
Y ella intentaba estar a la altura de tan importante tarea.
—¿Qué tal estaban los libros? —preguntó Pilar.
—A la espera de nuevas aventuras —respondió él, con un brillo en los ojos que contradecía su comportamiento normalmente formal.
—Hablando de aventuras —dijo Pilar, y sacó la silla de detrás del mostrador para sentarse—. ¿Has oído hablar de una autora llamada Eva Fuentes? Es cubana. Escribió un libro titulado Tiempo para olvidar .
Si alguien podía conocer el libro era Ignacio.
Ignacio vaciló y Pilar casi podía verlo repasando sus archivos mentales igual que hacía con las estanterías de la biblioteca. No conocía a nadie con una memoria tan prodigiosa como la suya.
—Pues ahora mismo no me viene a la cabeza. ¿Has comprobado el catálogo para ver si tenemos el libro o si ha publicado algún otro?
—Es lo que voy a hacer.
—¿Por qué te interesa el libro?
—Me lo ha comentado una amiga. Dice que me gustaría.
¿Has oído hablar de un grupo de docentes cubanos que visitaron Estados Unidos a comienzos del siglo xx?
—preguntó, cambiando de táctica—. Estudiaron en Harvard.
Sentí curiosidad por Eva Fuentes, pues no había oído hablar de ella, y leí la biografía que aparecía en la cubierta.
Decía que ella había sido una de aquellos docentes.
Era extraño que algo que había sucedido en la época de sus padres le resultara tan desconocido, teniendo en cuenta que sesenta años no era tanto tiempo. Pero, si había oído hablar de la Escuela de Verano para maestros cubanos, no se acordaba.
—¿Cuándo fue eso exactamente?
—En el verano de 1900. El libro lo publicó en inglés una editorial de Boston al año siguiente.
Consideró la posibilidad de contarle la historia del libro, bueno, no toda, claro.
No mencionaría la visita nocturna de Zenaida, el secretismo del asunto ni la carta, solo le hablaría de lo bien escrito que estaba.
Necesitaba hablar con alguien de lo deliciosa que le estaba pareciendo la lectura, la sensación de que la autora le hablaba a ella directamente, como si estuvieran compartiendo secretos de amigas íntimas.
Quería hablarle del libro porque el instinto le decía que Ignacio reconocería la joya que era, pero algo la detenía.
Confiaba en él todo lo que se podía confiar en el prójimo en esos tiempos, que, por desgracia, no era mucho.
Pero no se trataba solo de en quién confiabas, había que tener en cuenta también a quién querías proteger.
Ignacio sabía lo de Enrique; había dejado que Pilar siguiera trabajando en la biblioteca pese a que había pasado a ser alguien incómodo a ojos del Estado por sus contactos.
Pilar no quería pagarle lo que había hecho por ella poniendo en peligro su seguridad.
—Me sorprendió no haber oído hablar del programa de la Escuela de Verano, o que no me acuerde en caso de haberlo hecho —añadió Pilar.
—Se te perdonaría, creo yo, teniendo en cuenta todo lo que ha vivido Cuba en los últimos sesenta y seis años —respondió él con ironía.
No se equivocaba. Pilar se había preguntado muchas veces cómo sería haber nacido en un país en el que sus mayores preocupaciones fueran única y exclusivamente las domésticas, en el que solo se ocupara de asuntos personales en vez de tener que adaptarse a los vaivenes de la política.
En lo diferente que habría sido su vida si no la hubieran moldeado las guerras, como les había sucedido a su madre, a su abuela y a su bisabuela.
Ser mujer cubana significaba dominar el arte de la resistencia.
—A lo mejor dicen algo de esa Escuela de Verano en algún libro de la época o en algún artículo de prensa que conservamos. Y quizás haya muchos más en la Biblioteca Nacional. Podrías investigar.
La suya era una biblioteca pequeña con una selección de libros hecha con sumo cuidado, pero ni por asomo tan robusta como las que había en otras bibliotecas municipales de mayor tamaño o en la prestigiosa Biblioteca Nacional José Martí.
Pilar asintió con la cabeza mientras la idea iba arraigando en ella.
—Yo quería hablar contigo de otro asunto —dijo Ignacio—. Ayer vino un hombre después de que te marcharas. Me preguntó qué tipo de trabajadora eres, si apoyabas la Revolución.
El miedo se apoderó de ella. No podía perder el trabajo…
Era lo único que tenía, la biblioteca era lo único que la mantenía en pie ahora que no tenía a Enrique.
Siempre había sabido que existía la posibilidad; había temido que, como el régimen había decidido que su marido era una amenaza, pensara lo mismo de ella por asociación.
La habían interrogado después de llevarse a Enrique, pero no les había mentido al decirles que ella no sabía mucho sobre lo que hacía su marido.
Él no le había contado nada para protegerla.
—¿Qué le dijiste? —preguntó ella, intentando controlar el temblor de su voz.
Ignacio respondió mirándola de frente.
—Que eres una buena bibliotecaria. Callada. Que no te metes con nadie y que dedicas tu vida a los libros. Le dije que nunca he visto ni oído nada que me haga pensar que no eres leal a la Revolución.