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PILAR
La mañana se abrió paso en la ciudad poco a poco. Los sonidos de la calle, de sus vecinos levantándose de la cama, la despertaron antes del amanecer.
Pilar estaba tumbada bocarriba, con los ojos cerrados, y dejó que la melodía matutina la despertara por completo, paso a paso, grito a grito, portazo a portazo.
Los ruidos eran el saludo de cada día, brindándole con cada nota algo en que pensar, algo que la distrajera de que, inevitablemente, cuando abriera los ojos, su marido no estaría a su lado en la cama.
Pilar se giró y su mirada se posó en la mesilla que habían heredado de su suegra cuando Enrique y ella se casaron.
Era un mueble bueno, una madera maciza que había vivido lo suyo ya cuando llegó a sus manos.
Encajaba a la perfección en el espacio que había junto a la cama, y ella había pasado horas los fines de semana restaurándola amorosamente hasta dejarla reluciente.
El libro de Zenaida le hacía ojitos desde la mesilla de noche, casi implorándole que lo abriera.
Tiempo para olvidar .
«Unas pocas páginas nada más», le susurraba el libro al despuntar el día.
Se había quedado leyendo mucho más de lo que debería, mucho más de lo sensato, sabiendo el día que le esperaba. Lo que había empezado como mera curiosidad por la novela se había convertido en necesidad de saber lo que iba a pasar.
Desde las primeras palabras se había sentido como si estuviera charlando con una amiga.
Había tenido que adaptarse al inglés, eso sí.
Prefería leer en español, las palabras le resultaban más sencillas, pasaba las páginas más rápido.
Tiempo para olvidar la había obligado a saborear las palabras, traduciéndolas a medida que leía, de forma que la lectura había sido más lenta de lo habitual.
Casi lo prefería así para quedarse más rato dentro del libro, porque no había tardado en comprender que el vacío cuando lo terminara iba a ser enorme.
¿Por qué habría escrito Eva la novela en inglés? Tenía la curiosidad desde que cogió el libro. La autora ya era Eva a secas para ella, puesto que se había forjado una intimidad entre las dos nada más empezar la lectura.
Había algo sincero en las palabras escritas, algo que resonaba en lo más hondo de su ser.
Pilar no podía evitar sentir afinidad con Eva cuando hablaba de cómo era la experiencia de una mujer que viajaba sola a un país extranjero con la responsabilidad de representar no solo a su profesión y su género, sino también a su país.
Puede que ella no se encontrara ante la oportunidad de viajar, pero desde que se llevaron a Enrique, no podía quitarse de encima la sensación de cambio, de transformación, buscado o no.
A ella la habían apartado de la vida que había construido con su marido, expulsada del piso que habitaba físicamente mientras su alma residía en otra parte, en ese lugar desconocido en el que se encontraba Enrique.
Los primeros días después de que se lo llevaran, Pilar había pasado el duelo. Había llorado, rezado, hablado con todos sus amigos y conocidos, y hasta pedido a todas las personas que se le habían ocurrido el favor de que intentaran rescatarlo.
En vano.
Lo que hubiera hecho el régimen con Enrique estaba totalmente fuera de su alcance. No sabía dónde podrían haberlo metido.
Durante las primeras semanas solo quería morirse.
Casi no comía, no dormía, se consumía poco a poco, hasta que un día, transcurrido un mes, no reconocía a la mujer que veía en el espejo, y mucho menos a la mujer de la que se había enamorado Enrique. Desde entonces, se había limitado a existir, sin más.
La noche anterior, leyendo el libro de Eva, había sido la primera vez que había sentido emoción desde la desaparición de su marido.
Si algo la entusiasmaba eran los libros, y la forma en que Eva usaba las palabras había prendido una llama en su interior, le daba esperanzas para seguir viviendo, aunque el motor para hacerlo fuera averiguar cómo terminaba aquel misterioso libro y devolvérselo a su autora.
Pilar abrió la novela por el lugar señalado con el punto de lectura que le había hecho Enrique en su cuarto aniversario de boda. Acarició la flor prensada. Le dolía el alma de lo mucho que lo echaba de menos.
Se había quedado dormida en medio de un capítulo pese a sus ganas de seguir leyendo. Pasó unas cuantas páginas para comprobar cuántas le quedaban para terminarlo.
¿Le daría tiempo a acabarlo antes de ir a trabajar?
Cuando llegó a la última página, se le cortó el aliento.
Había un finísimo papel doblado entre los capítulos siete y ocho.
Lo sacó. La tinta oscura lo había traspasado. Lo desdobló movida por la curiosidad. La nota estaba escrita con una caligrafía elegante. Curiosamente, estaba en inglés, como la novela.
Amor mío:
No hay un momento en que no piense en ti y en cómo estarás.
Anhelo quedarme dormida porque, en esos momentos, estás aquí conmigo.
No dejo de recordar la última vez que te vi, tu rostro.
Ojalá las cosas fueran diferentes. Ojalá pudiera tenerte conmigo.
Ojalá no hubiera tenido que separarme de ti.
Pero por encima de todo, espero que seas feliz en un lugar seguro y que te quieran. Que la vida sea amable contigo.
Siempre te querré.
Eva
Pilar se limpió las lágrimas que le caían por las mejillas con el corazón acelerado mientras releía la carta.
Esa Eva tenía que ser Eva Fuentes, ¿no?
¿Por eso quería la madre de Zenaida que le devolviera el libro?
¿Sabía que en su interior había una carta de amor?
Posiblemente, Zenaida no lo sabría, pues no lo había leído.
El papel era finísimo por el tiempo transcurrido, tanto que no se notaba nada entre las páginas del libro cerrado.
Pilar no se había percatado de su existencia hasta ese momento.
El libro era una historia de amor entre una joven profesora cubana que viajaba a Estados Unidos para participar en un programa de intercambio durante el verano. ¿La carta de Eva estaría dirigida al amor que dejó en Cuba o al que dejó en Estados Unidos?
Las palabras, el anhelo que se atisbaba en ellas, le recordaban lo mucho que amaba a Enrique. Ella también lo buscaba en sueños.
¿A quién iba dirigida? ¿Y por qué necesitaba Eva que le devolvieran el libro?
Por lo menos podría empezar a indagar cuando llegara a la biblioteca.
Se levantó y se vistió rápidamente tras hacer sus abluciones diarias en piloto automático, pues tenía la mente puesta en otra cosa.
Cuando era niña, se ensimismaba por completo en las historias que inventaba, que solía compartir con sus compañeros de clase en la pequeña escuela de Cienfuegos.
A veces soñaba despierta con el futuro, con lo emocionante que sería su vida cuando pudiera irse a estudiar a La Habana, trabajar entre libros, enamorarse.
Escribía historias ficticias y aspiracionales mientras vivía el día a día, acompañada por unos amigos imaginarios muy queridos, que eran los personajes que las poblaban.
Luego creció y encontró el amor cuando Enrique entró en la biblioteca en la que trabajaba por entonces y le pidió un libro de filosofía; entonces sus pensamientos viraron hacia la vida futura que tendrían los dos juntos.
Se casaron el 9 de septiembre de 1958.
El 1 de enero de 1959, Fidel Castro derrocó a Fulgencio Batista y con ello volvieron a cambiar sus sueños, que pasaron de las esperanzas de futuro a un miedo penetrante y feroz que no la dejaba ni respirar.
Los años fueron pasando hasta que no le quedó más que un agujero en el estómago por culpa del racionamiento de alimentos y la escasez, y la preocupación por cómo iba a arreglárselas para subsistir en un mundo decidido a proporcionarles cada vez menos de todo.
Castro culpaba al embargo impuesto por Estados Unidos del hambre que pasaban los cubanos, pero sus incendiarios discursos no se correspondían con la realidad de que él comía en los clubes de campo que los ricos habían abandonado.
¿Dónde estaba el hambre de Fidel? ¿Dónde estaba el sacrificio omnipresente en los llamamientos diarios a sus compatriotas? ¿Dónde estaba su sufrimiento?
Nunca había confiado mucho en los políticos, en sus promesas vacías y su forma de tergiversarlo todo, pero incluso a ella le había sorprendido el clamoroso fracaso del asunto.
A Enrique le intrigaba Fidel Castro como a alguien que está muerto de hambre le intrigaría encontrarse un trozo de pan en el bolsillo.
Si bien él nunca se había unido a las filas de los revolucionarios como algunos de sus amigos de la Universidad de La Habana, Enrique esperaba que las cosas mejorasen y que el cambio brindara estabilidad y abordase algunos de los problemas que asolaban la isla.
Era la clase de esperanza que albergabas cuando no tenías muchas más alternativas.
La clase de esperanza de la que sacabas fuerzas durante años, un poquito cada día, porque sabías que cuando se terminara… no te quedaría nada.
Era la clase de esperanza que mantenía a Pilar en Cuba, esperando noticias de su marido, aferrándose a la creencia de que tal vez estuviera vivo, cuando mucho se temía que la realidad probablemente sería que fueran a matarlo, si es que aún no lo habían hecho.
Se levantó de la cama y se dirigió despacio a la cómoda que tenía en un rincón de la habitación.
Su vecino de abajo trabajaba de noche y dormía durante el día mientras ella se dedicaba a colocar libros, y como el suelo que los separaba era tan fino, intentaba no hacer ruido por las mañanas, igual que hacía él cuando volvía de trabajar de madrugada.
Los primeros días tras la desaparición de Enrique, los horarios se les habían solapado, pues Pilar no dormía y las horas se le pasaban mirando la puerta y rezando para que se abriera y entrara su marido, o temiendo que fueran a por ella también.
Los sonidos de la vida de ese vecino eran una de las pocas cosas que evitaban que creyera que estaba muerta.
La biblioteca estaba en silencio cuando llegó.