La historia perdida de Eva Fuentes 4 #3
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—Escuche, el grado de violencia de los robos de la zona va en aumento.

La mujer de la panadería dijo que la amenazaron con clavarle un cuchillo si no abría la caja.

No creo que sorprenda a nadie que hayamos llegado a esto.

Era cuestión de tiempo que apuñalaran a alguien.

La gente actúa de manera inesperada cuando se asusta, y una mala decisión se convierte en tragedia.

—Sí, estoy segura —lo interrumpió Margo con más confianza—. Pregúnteselo usted mismo cuando se encuentre mejor. Él se lo dirá.

Notaron un súbito revuelo en la trastienda.

Los agentes se giraron y dirigieron la atención hacia los sanitarios.

Margo se quedó a un lado con el corazón en un puño.

La atmósfera de la habitación cambió, y se produjo un silencio lúgubre al tiempo que la actividad cesaba.

Alguien soltó una palabrota.

Cuando los sanitarios se apartaron del señor Thornton, Margo sintió un nudo en el estómago y el alma se le cayó a los pies. Y supo, sin que nadie le dijera nada, que había muerto.

—El librero a quien pedí ayuda para localizar el libro ha muerto —dijo Margo, incapaz de disimular la rabia y el dolor.

Se produjo un silencio en el otro extremo de la línea.

Margo entró en una cafetería con el móvil pegado a la oreja y el corazón acelerado. No había dejado de mirar hacia atrás desde que salió de la librería, escudriñando la concurrida calle para ver si la seguía el hombre que había visto el día anterior en el metro.

No lo vio, pero tampoco la tranquilizó demasiado, puesto que no sabía a qué o a quiénes se enfrentaba, solo que eran capaces de matar.

Inspiró hondo una vez, y otra, tratando de tranquilizarse. Se había dicho que se mostraría profesional por teléfono, que no se desmoronaría, pero la cosa no estaba saliendo como ella había previsto.

—¿Cómo ha dicho? —dijo Greer, con un inconfundible tono de sorpresa.

Había empezado a preguntarse en el trayecto desde Notting Hill si su cliente no tendría algo que ver con la muerte del señor Thornton.

¿Cómo no pensarlo entre lo poco que sabía de él y la siniestra advertencia que le había hecho su amigo antes de morir?

Pero no tenía sentido. ¿Para qué tomarse la molestia de contratarla y boicotearla después matando a la única persona que podía ayudarla?

Notaba el peso del objeto que le había metido en la mano, una memoria usb.

—Lo han asesinado en su librería de Notting Hill hace un rato —espetó ella.

«Asesinado».

Le parecía irreal. Le parecía imposible. ¿Y si lo habían matado por culpa del libro, porque ella le había pedido que lo buscara…?

—¿Y qué le hace pensar que tiene algo que ver con el libro? —preguntó Greer.

La estaba poniendo a prueba. Se lo notaba en la voz, en la vacilación mezclada con la curiosidad por saber más. Estaba sorprendido, pero no desconcertado, lo cual implicaba que sabía mucho más de lo que le había contado.

—Porque cuando llegué, lo habían apuñalado. Sus últimas palabras antes de morir fueron que tuviera cuidado y me advirtió de que alguien quería el libro.

Nueva pausa en la línea.

—¿Le dijo eso exactamente? ¿Que alguien quiere el libro?

—Sí. Cuando me reuní con usted, me dijo que le preocupaba que hubiera alguien más detrás del libro. ¿Quién es? Si tiene información sobre quién podría haber matado al señor Thornton, tiene que decírselo a la policía.

No le dijo nada más, que la policía la había menospreciado o que pensaba que se trataba de un robo.

—Tengo que hablar con mi jefe.

—No. Me ha puesto en una situación peligrosa. Me debe una explicación. Creo que me están siguiendo. Ayer, después de reunirme con usted, me fijé en que un hombre con una chaqueta negra me seguía. Mi tarifa no incluye poner mi vida en peligro.

—¿Quiere más dinero entonces? ¿Y si le pagamos el doble?

Lo dijo tan tranquilo. Para darle más información, tenía que hablar antes con su jefe, y, sin embargo, parecía estar autorizado a pagarle cuarenta mil libras. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar?

—No se trata de dinero. Han matado a un hombre por culpa de este libro —susurró, furiosa.

Uno de los camareros que había en la barra la miró con incomodidad.

—Deje que hable con mi jefe —respondió Greer—. Nos pondremos en contacto con usted lo antes posible.

—No hace falta. Nada de lo que me diga me convencerá para que trabaje para ustedes. Y más después de haberme ocultado información valiosa. Después de que hayan asesinado a mi amigo.

El camarero se acercó al colega que estaba trabajando en la máquina de los cafés sin dejar de mirar a Margo, que hablaba disimuladamente junto a la puerta de la cafetería.

—Yo no estaría tan segura —repuso él—. La situación que rodea al libro es complicada.

Oyó un zumbido en la línea, la notificación de un mensaje.

—Le he enviado una foto, señora Reynolds. Creo que va a querer saber más sobre este asunto antes de decidir dejarlo.

—Yo…

Greer colgó.

Si creía que iba a seguir buscando el libro después de lo que había pasado…

Le había enviado una foto.

Margo pinchó y la imagen llenó la pantalla del móvil.

Era una foto de una calle de Londres, la reconoció al instante, y en la esquina, el toldo de una tienda que conocía bien.

Un hombre salía de la librería. Era alto y fuerte, y la foto borrosa lo había pillado en movimiento.

Soltó una palabrota.

Lo reconoció al instante.